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sábado, 13 de diciembre de 2008

ALI SHARIATI

A nivel conceptual, el problema se plantea en dos dimensiones básicas: la traducción y las referencias culturales y de civilización. La cuestión de la traducción, que podría parecernos menor en otro contexto, es importante cuando los términos que se deben utilizar no sólo tienen campos semánticos no totalmente coincidentes con el de su traducción, sino que además se le añade la dificultad que plantea la lengua árabe y su sistema de formación de palabras-significados, a partir de raíces madre, que hace que los campos semánticos de estos términos están relacionados. Un ejemplo de este problema lo tenemos en una palabra muy usada por los media occidentales: yihad, que proviene de la raíz y-h-d que significa esfuerzo y que también ha generado el término iytihad, que normalmente se traduce como “interpretación” y también como “elaboración de un dictamen por estudio de fuentes” [4] . Yihad significa mucho más que “guerra santa”; es el esfuerzo que se hace para la difusión y defensa del Islam dentro y fuera de la comunidad de creyentes, y también es el esfuerzo para la mejora personal dentro de la religión, etc [5] . Se puede ver, pues, que traducir yihad sólo por “guerra santa” supone una desfiguración del significado, de la misma forma que también se debe incluir en este campo abierto de la y-h-d y verla como el esfuerzo interpretativo de la Sharia (ley islámica) para un mejor cumplimiento y adecuación. Es por este problema de traducción que la mayoría de autores utilizan normalmente la transcripción de los términos árabes y no su traducción. En mi caso, para facilitar la lectura, utilizaré tanto la transcripción como la traducción, pero se debe tener en cuenta que la referencia es el campo semántico del término árabe y no el de su traducción.
El problema de la aproximación a otra cultura y civilización es demasiado amplio para tratarlo aquí. Edward Said y Hichem Djaït han publicado dos grandes estudios sobre este tema y han analizado cómo distintas corrientes de pensamiento europeas se han acercado al Islam [6] . Es importante tener en cuenta que partimos de nuestra propia cultura y que los conceptos que usamos como referentes no se pueden trasladar directamente al análisis de una civilización diferente. Esto es más importante todavía cuando tratamos el Islam y el islamismo, pues es fácil aplicar conceptos del Cristianismo que no tienen paralelo en el mundo musulmán: por ejemplo, las referencias continúas al “fundamentalismo” o al “integrismo” para definir un fenómeno que no es comparable a estos movimientos que pertenecen al mundo cristiano. Actualmente, la mayoría de los autores prefieren hablar de “islamismo” o “Islam político” para huir de la terminología cristiana que se presta a confusión.
Este problema no se plantea solamente entre los intelectuales occidentales, sino que también puede afectar a los pensadores orientales que se han educado en la civilización de Occidente y que han adoptado su marco referencial, provocando con ello que el diálogo con los intelectuales “orientales” sea muy difícil, incluso entre los progresistas. Ali Shariati, seguramente el máximo exponente del islamismo progresista, refiriéndose a los intelectuales progresistas occidentales y occidentalizados, decía: “Debemos, como escritores y pensadores, girarnos hacia los que tienen preocupaciones parecidas a las nuestras; una historia, una situación, un destino paralelo al nuestro. En vez de Brecht, deberíamos conocer a Kateb Yasin, en vez de Jean-Paul Sartre, Omar Mowlud [...]. Conociéndoles, nos reconoceríamos, mientras que al acercarnos a los intelectuales occidentales nos alejamos de nosotros mismos y más aún al comprenderlos”, y añade. “[...] hacen al intelectual oriental ultrasensible –de hecho, sensiblería y no sensibilidad– a las cuestiones que se plantean en Europa, a las doctrinas muy progresistas en voga en Occidente y no en Oriente, alejan al pueblo y al intelectual oriental de sus propias realidades, de sus responsabilidades concretas; y, finalmente, a pesar de creer sinceramente servir e instruir, se convierten en factores de decadencia y de engaño”. Es necesario señalar que Shariati, en París a principios de los años sesenta, tuvo un contacto directo con la intelectualidad europea que en muchos aspectos se refleja en su obra, hasta el punto de que se ha hablado de él como del teórico marxista del islamismo, pero sus referentes son claramente islámicos.

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