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lunes, 6 de abril de 2009

El principio del fin...


Amaneció en el avión chileno que me llevaba a Sâo Paulo. Lo supe porque abrí la cortinilla de la ventanilla, y el sol me cegó en su despunte. Al mismo tiempo despertaba un hombre oriental bellísimo tres asientos más allá. Es el último recuerdo ¿lúcido? que tengo desde el año 2000... Mi vida ha entrado en un abismo semejante al del avión cuando comienza la maniobra de aterrizaje descendiendo desde 11.000 metros de altura. Imposible parar, solo el aterrizaje en una pista segura me dará la realidad perdida. Construida con toques de xilófono infantil desjaretado y cuentos de Clarice Lispector. Con mapas de África y animales que no me obedezcan. Con soledad repleta de gente que revolotee en mi vida y no me de ni un minuto de sosiego. Llena de calderos humeantes y gente comiendo en mi casa. Músicas me transportan a la lejanía de un cigarrillo en Bagdad, antes ciudad de la Paz... Habéis destrozado mi vida como las estatuas de Saddam Husseín, arrancado pedazos de mi corazón, como si fueran las piernas de hierro retorcidas por la morralla enfebrecida.Ahora más que nunca mi vida es plena: vacía y llena, amada y odiada, alejada y cercana...
Ladrones y ladronas atacaban mis inexistentes posesiones, hasta mis muñecos de papel, de mi novela de cordel de esas que se hacen para la gente que no sabe leer, querían robarme. Venid a llevaros cada una de las motas de polvo que adornan mi casa vacía. Estará, así, más llena y seré más rica que en ningún momento de mi vida. Catalogádme en vuestra ansia de coleccionista, y clavádme alfileres en las alas para meterme en una vitrina de cristal. Ahí podréis disertar sobre mi vida, sin necesidad de que yo tenga ni un hálito, mis alas extendidas y resecas para siempre, en secreto marchitarán vuestras paredes y las cubrirán de maldiciones poderosas.
Entonces el avión llegó al aparcamiento y estacionándose paró los ensordecedores motores que habían destruído mis oidos durante toda la noche de vuelo transoceánico. Al disponerme a bajar y encaminarme hacia aquel guante en forma de acordeón que nos transportaría hasta el interior del aeropuerto y nos vomitaría ante la policía federal de fronteras, pensé que todo era irreal y que era imposible que en once horas estuviese a quince mil kilómetros de la casa de mi padre. Pensé en el engaño magistral que hacia que trescientas personas embarcasen en una lata que cruzaba los cielos, y bajaran creyendo que el horario había cambiado y que estábamos en otro continente, es más en otra estación: el verano en Diciembre. Cosa extraña a los europeos tan afines a Vivaldi y su tiempo ordenado en Otoño, primavera y todas las demás danzas sucesivas.
De pronto me acordé de una canción de Manu Chao que dice "Nos engañaron con lo de la primavera" y que repite en una folia "¿Que horas son mi corazón?" ¿Que hora será en Mali? y ¿que hora será en Bruselas? ¿en Moscú? ¿Existirá la hora en definitiva o será un engaño más de politicos y curas de todas las religiones, hasta de las que tienen prohibido el Clero?
Un empleado del aeropuerto me advirtió de que me pondrían una multa si continuaba fumando en aquel lugar donde estaba terminantemente prohibido, y me devolvió a ¿la realidad?... era mi turno para pasar la frontera, y me pregunté si sería real la frontera, si existirían límites para los monos dorados o los colibríes y tucanes. Quedó demostrado que no existía nada cuando en el coche de mi amiga me dirigía hacia su ciudad, distante cuatro horas por una autopista que parecía el norte de Italia con sus vacas y todo, escuchando una música árabe y leí en un cartel que estaba abandonando la ciudad de Sâo Paulo. Desde ese día la realidad se ha evaporado y no encuentro mi cerebro más que para hacer pis por la noche sin abrir los ojos mientras me dirijo al baño. Intento ver sin luces, para ser un animal salvaje y no lo consigo, pero lo intento...

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