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jueves, 11 de junio de 2009

FARAH Y EL NIÑO MALO


Que malvado parece este niño, pensó Farah contemplando al muchacho que yacía en su sofá desnudo. Ella arrodillada ante él conversando, y desnudándose también, pronta para el amor malvado de diez minutos que él propuso. El despertar a la vida adulta de su lobezna Habiba, en forma de menstruación, la tenía sumida en un mar de sensaciones, por lo profundo de su calado. Recordó cuando ella abruptamente despertó a la madurez, siendo una niña salvaje como aquella cachorra que se había convertido en su hermana, al cabo de tanto camino andado y de tanta gente que se había quedado atrás. Contempló el pelo negro precioso del niño malvado y admiró su desnudez, viril de más para ser un muchacho tan joven. El niño apuró su amor salvajemente sin tenerla en cuenta, como los hombres árabes y de pronto se sintió en casa. No hay tanta diferencia, pensó ella eternamente insatisfecha en su amor sin saciar, entre los hombres de aquí y de allá… De repente se sintió Habina, la diabla del cine egipcio en blanco y negro, que devoraba hombres y sintió miedo de si misma. Pobre muchacho, masculló su cerebro, no sabe ser malvado. Habina en eso era una maestra: sabía atraer a sus redes a los hombres más guapos y destruirlos. Se sintió pequeñísima en su impotencia comparándose en silencio con la malvada de pelo ondulado que cantaba para hipnotizar a los hombres, mientras acariciaba el vello del pecho del muchacho. Se recreó, cerrando los ojos en el perfume de sus muslos y los abrazó como si fueran autónomos, como si el malvado hombre niño se desmembrara en sus brazos. Él se desembarazó de su abrazo y levantándose buscó su ropa desperdigada por la sala. Un escueto “Me voy a vestir”, fue el anuncio de que la maldad había conseguido una vez más burlar al amor. Apresurado calzó sus ropas y se despidió de ella con una mirada, sin un patético “hasta luego” ni una mentira gigante como “ya te llamaré”. Siguió narcotizada por el perfume de sus muslos y su pecho incluso cuando él ya se había marchado. Se sintió feliz de comandar su vida de nuevo y de ser completamente suya, sin mentiras ni falsas promesas de posteriores encuentros. Encendió un cigarrillo y se dirigió a contemplar la vida pasar debajo de su castillo. Aquel que había construido con unos ladrillos de arena y que se derrumbaba ante cualquier muchacho malvado y perfumado de sí mismo. No sintió pena por lo desgraciado del encuentro, y muy al contrario se sintió recargada por lo poco de humano que había visto en la mirada malvada del niño hombre muchacho. Aún existía un resquicio para que la esperanza brotara en su alma cansada, Parecía que había vivido tres mil años por lo crudo de la realidad y su decisión desde que era una niña de vivir sin mentiras. Su corazón, limpio de cualquier mal le daba la serenidad que necesitaba para acostarse y levantarse a la mañana siguiente con aquel perfume entumeciéndole el sentido. Andaría por las calles, dispuesta a cumplir su destino desconocido en una marcha triunfal animada por lo inocente de aquella mirada, y seguiría construyendo su amor de pedazos desmembrados de uno y otro, ante la imposibilidad de aunarlos y darles vida como había hecho Ísis con su amado Osíris

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