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jueves, 30 de diciembre de 2010

De la lobezna Habiba tiritando.

Habiba estaba extraña. Había pasado dos días vomitando pero a Farah no le extrañó pues ella misma había vomitado los dos días por la mañana. Fueron a la veterinaria y dijeron que estaba bien. No tenía fiebre, el tratamiento fue dieta y un antiácido. Por la noche a la hora de dormir Habiba tiritaba a su lado, en la cama, y sacaba la lengua en evidente signo de calor interno. Al final, hecho el efecto el antiácido, parece, o la oración contra los hechizos que Farah había rezado con su mano derecha puesta en la barriga de la loba, se durmieron las dos. Al despertar Habiba parecía recuperada y comió arroz de su dieta.

Farah amaba a aquella loba feroz pequeñita, compañera de muchos sucesos y vivencias. Era una loba políglota y ella podía hablarle en portugués, italiano, árabe y español. Su mirada era muy dulce y le hacía recordar a Farah a su propia adolescencia, ella tenía la misma mirada.

El tiempo y el roce con humanos habían hecho a Farah más diplomática y ahora sabía ocultar sus ojos, no tras unas gafas negras como su amiga Materia, sino mirando a la gente y quemando sus sentidos hasta que estos desaparecían de su ángulo visual.

La mirada de Farah era realmente desconcertante, así como su propio carácter y eso hacía a la gente apartarse, dejarla con su espacio libre so pena de llevar fuertes llamaradas de aquellos ojos verdes, incendiados por el rojo de la alheña de su pelo.

Decidió que al día siguiente celebrarían un ritual de la Henna, ella y Habiba, que la usaba desde que era una cachorrita. Pintarían su pelo las dos, y Farah pintaría sus manos para recibir el Nuevo Año, Los pies se los pintaría sólo cuando llegase su mayor bien, cosa que ella esperaba desde hacía cuarenta y cinco años. Así llenas de planes y con una sensación de aventura que nunca las abandonaba, ni a la loba ni a ella, emprendieron el día que presentaba un cielo del desierto, lleno de miles de nubes pequeñas y redondas, colocadas en perfecta sincronía. Aún no había salido el sol...

Farah en pos de su mayor bien.


Allá estaba Farah, esperando a que aquel hombre-de las medicinas se dignase un día a intimar con ella. Se mantenía en un tono formal, muy agradable que la hacía temblar. Inmediatamente después de hablar con él, mientras compraba un medicamento para la loba Habiba, corrió al mercado para comprar unas cosas de comer y subió veloz a su casa para escuchar “Tu si´ ´na cosa grande” en la voz de Ornella Vanoni, con violines y todo...

La desfachatez del hombre tatuado no se le había grabado en su piel y se había aprovechado de él, tanto como él de ella. Con la misma lo despachó, así mismo como hacen ellos, los hombres, con un beso y un portazo. ¡Que sabría él...!

Calzó sus botas de montaña, de gruesos tacones de goma para la fina lluvia que caía, y se decidió a visitar a una amiga para que le dejase ver sus mensajes en Internet. ¡Sorpresa! Recibió una felicitación del Año Nuevo cristiano, de un policía guapísimo, que le decía que “deseaba verla muy pronto y que mientras eso no sucediese tuviera un feliz Año Nuevo”

. No sabía él cuán feliz era, sería y había sido. Los humanos no profundizan, los pocos de ellos capacitados para hacerlo, y cuando lo hacen tienen un cerebro privilegiado, sonrisa de ángel y voz masculina, como el hombre-de las medicinas. Para Farah era un misterio si era casado, o tenía alguna relación amorosa. Siempre se mantenían en lo formal pero con una sonrisa iluminando el rostro de los dos. Él sólo hablaba de “sus compañeros de piso”, y ese día le dijo que tenía un gato nuevo...

No sabía él, que él mismo era un gato, precioso, de los de pelo gris y verde, con grandes ojos y pestañas tan largas que una se perdía en ellas, a punto de tener un síndrome vascular. ¿Realmente, ellos no sabían...?

miércoles, 29 de diciembre de 2010

De Farah, la anciana tirana y otros ciudadanos que pasaban por su desconcertante mirada.


Anochecía y Farah observó como uno de los hijos de su vecina, una anciana que caminaba muy mal y lentamente, regaba la puerta de la casa con desinfectante y agua. Pensó que la obsesión por la puerta de la casa impecable, sin cacas de perro y sin meados de alimañas, era una cosa patológica impuesta por las dos ancianas que vivían juntas. Hacía meses que la más joven había dejado de limpiar y habían contratado una mujer de pelo oxigenado que hacía las tareas domésticas, la vieja joven solo hacia las compras. Ella la había tropezado en el mercado y un día Farah, curiosa por oír el timbre de su voz para que le revelase todos sus secretos, le habló del extracto de tomate. Ella respondió con un tono de voz muy bajo y cascado, víctima en apariencia, pero se le adivinaban grandes dosis de tiranía.
Un rato después vio como se abría la puerta y salía el otro hijo con la más anciana de las dos, a hacerla caminar. Seguramente vivía postrada en cama y por eso se le veía aquella cara de desalmada y era obvio que era ella quién exigía que se limpiase y desinfectase todo antes de posar su majestuoso pie en la calle. Farah imaginó que debería ser como la abuela de Cándida Eréndira, aquel personaje barroco y malvado de Gabriel García Márquez. Todos debían acatar sus órdenes y nadie osaba incumplir sus planes.
Observó como el hijo le daba el brazo a la vieja desalmada y ella emprendía un tortuoso caminar, como si un viñedo se hubiera puesto en marcha, y le emocionó el amor tirano que empujaba a los hijos, hombres viejos ya, a convertirse en padres de la vieja.
Meditó sobre su propia vejez y pensó quién la tomaría del brazo para obligarla a caminar, una vez convertida en tronco de ficus.

Farah defraudada, desconfiando...


Llegada aquella hora, Farah ya no sabía que pensar de aquel hombre tatuado. Había llamado el día anterior diciendo que vendría a la isla y que si podía dormir con ella esa noche. Ella respondió que lo deseaba más que ninguna otra cosa.

Pasaron las horas y ella se entretuvo en estar lista para él. Arregló la casa y se duchó, perfumó y vistió con una ropa elegida especialmente para esa noche. Casi llegada la hora de su avión recibió un mensaje anunciando un retraso y la cancelación del vuelo. Farah no sabía que responder. En un instante pensó en que le tomaba el pelo, que todo había sido un fraude y mil y una conjeturas en el aire se deshicieron viendo un film en la televisión. Farah detestaba las historias con final, y por una vez tuvo suerte.

Siguió el rosario de mensajes cortos entre ella y el hombre tatuado, para entrar Farah en un abismo de desilusión ante la ausencia del hombre. Así pasó dos tristes días, fingiendo muy bien que se encontraba perfectamente y deseando quedarse sola, para lamer sus heridas de loba.

No quería pensar más en él, pero inevitablemente se preguntaba como había desaparecido desde la mañana, la hora en que respondió su último mensaje.

Comenzó a contemplar la idea de un fraude más, ahora que sabía que se vengaba en silencio, a través de los abrazos masculinos que no fueran los de su primer amor. Recordó el film de la noche anterior, que nadaba entre brumas en su mente. Recordó el final, en el que la muchacha lloraba al encontrar a su amado tres años después de buscarlo por todo el país, acabada la primera guerra mundial, enloquecido, con amnesia y preguntándole sin reconocerla ¿Por que lloras mujer?

martes, 28 de diciembre de 2010

De Farah, Fausto y como comenzó el amargo peregrinaje.


Farah regresó de París-oise en 1985. Recordaba el tren, autobús fronterizo y la compañía de un viejo truhán. Él había sido el responsable de que Farah acabase desnuda, mirando por la ventana en Fontainebleau, llorando amargamente por la ausencia del sol y la lejanía de su amado mar. El polen de Afganistán y el hashísh rojo del Líbano la ayudaban a olvidar que solo tenía dieciocho años, mientras seguía llorando sin cesar, apoyada en aquella ventana que le mostraba la tristeza de la vida europea. El viejo desaparecía por horas dejándola en soledad, para luego aparecer como un tétrico malabarista con sus manos llenas de billetes de cien francos, grandes y de un papel extraño. También traía nuevas dosis de narcótico para tenerla sedada, a su merced.

Huyó de él y de su repugnante abrazo. El viejo usurero había insistido en darle un gran fajo de aquellos billetes de cien, que para ella no significaban nada sin su familia, sin sol y sin mar. La única agua que había visto era la de color marrón del Sena, a su paso por la Isla de la Justicia.
Llegó a su pueblo en plena fiesta del invierno y se alegró mucho de bañarse en el mar en compañía de sus amigas. Rondaba, a una de ellas llamada Rosa, un muchacho de unos veinticinco años que miraba a Farah con desparpajo y unos ojos color verde amarillento. Ella le rechazó al verle los ojos pintados con khool negro. Lo consideró homosexual y se apartó de su mirada que ahora la desconcertaba.
Estando en casa de su madre sonó el teléfono, un aparato antiguo en forma de góndola de color rojo, y era su amiga Rosa. La llamaba para decirle que aquel joven de ojos pintados quería invitarla a fumar unos cigarros, puesto que deseaba conocerla y no entendía su rechazo. Meses después ella le contó lo de sus ojos pintados y rieron juntos de la ocurrencia de ella al considerarlo homosexual por ello.
Recordaría siempre aquella tarde, transcurrida al sol, en su habitación de niña de la casa de su madre. El humo espeso y azul del hashísh, atravesando la luz radiante de África que entraba sin pedir licencia por la ventana. Su amiga Rosa se fue, una vez acabado el último cigarro y visto que no se iban a matar. Cuando se quedaron solos hablaron y se fundieron en un beso con sabor a bebé. Desde ese día fueron inseparables. Farah recordaba su piel salada por el agua del mar y su fuerza al abrazarla. Tenía la virtud de alejar la tristeza de su vida y abandonaron juntos la casa de su madre, para vivir en el camino, vagabundos del amor, la noche a la lumbre de una fogata amándose y el día ella siempre inventando locuras, que a él le hacían reír a carcajadas. Juntos olvidaron aquella amargura de Europa de la que venían los dos.
Conocieron a unos muchachos que tenía un velero. Todo muy Zen, muy exótico, pero Farah desconfió de todo, mucho más después de vivir con el viejo usurero. Al final eran unos narcotraficantes que venían al norte de África para tomar los vientos Alisios, dirigirse rumbo a América navegando, en pos de la sustancia que traficaban para luego llevarla a Europa y forrarse. Vivían rodeados de ropa de surf, gafas de sol carísimas, las chicas con ropas de seda de India y bisutería de Nepal.
Fausto y Farah quedaron solos en el barco por más de quince días. Ella sentía algo extraño latir en el aire, su relación ya no era la misma. Los narcos habían seducido a su novio para tomar droga e inmediatamente, él cambió. Se volvió un hombre taciturno y cerrado a la comunicación con ella. Farah le abandonó para volver a casa de su madre, derrotada y desvencijada por el amor manchado.
A los pocos días tocaron a la puerta y era él. Farah le invitó a pasar y le llevó directamente a la bañera, que llenaron con agua hasta los topes para sumergirse en ella y llorar abrazados por aquel amor tan fuerte que sentían los dos.
Farah tenía una nueva amiga y le gustaba estar con ella. Quedaron en ir a la playa y Fausto les dijo que se reunirían allí. Ella un poco extrañada, pero vuelta la confianza a circular entre ellos, no pensó en nada malo. Pasaban las horas en la playa y Fausto no llegaba, el sonido de las olas retumbaba en el cerebro de Farah. Ella escuchaba a su amiga parlotear, mientras pensaba dónde estaría él... Se hizo la noche y nunca más Farah vio a Fausto. Comenzó así un amargo peregrinar entre los brazos de hombres que sabían a mentira, intentando mantener vivo el recuerdo de Fausto, en el abrazo venenoso de todos ellos.

domingo, 26 de diciembre de 2010

El padre, La URSS y el desencanto.


Su madre le había contado, años después, que su padre lloró al verla salir vestida como una europea, la primera vez. Los vecinos murmuraron durante más de veinte años. Ellos la habían criado en el desafío, la escuela, la lectura y los mapas de todo el planeta. En 1978, siendo Farah apenas una niña de ocho años, se reanudaron las relaciones diplomáticas entre su país y la Unión Soviética. Farah decidida por la alegría de su padre, conocedora de sus pasiones, por la lectura diaria del periódico de la tarde en su compañía, escribió a la nueva embajada. Una carta de niña política, con letra infantil.
El tiempo transcurría muy lento en aquellos años plomizos de color gris, solo animados por el domingo cuando iban a la iglesia comunista. Fomentaban allí la Teología Liberadora de los años 70 y Farah participaba en muchas de las actividades, leía en público, cantaba en el coro y era tenida por uno de los baluartes de aquella pequeña comunidad casi anarquista.
Andando los meses llegó una carta, un sobre grande, rojo y blanco, dirigido a Farah. Lo abrió llena de sorpresa y vio muchos mapas, prospectos de turismo en la URSS, y folletos de Aeroflot. Les acompañaba una carta del embajador que le agradecía su interés por ellos y le invitaba a conocer su gran país. Sus padres se miraban, entre admirados y asustados del hacer de aquella niña. Farah nunca volvió a ser la misma, sentía que el embajador le había concedido una carta de ciudadana y en el correr de los tiempos eso fue lo que la hizo llegar tan lejos.
Pasaron unos años más, lentos con caparazón y Farah decidió abandonar la enseñanza estatal para dedicarse a pintar y conocer el mundo. Sus padres gritaron y amenazaron pero ella insistía en ir a vivir a la Ciudad capital. En esos días abandonó el vestido tradicional y empezó a usar jeans y otras cosas, ante la desaprobación furiosa de su padre. Ella resistía y continuaba buscando ropas aún más arriesgadas, que la hicieran parecerse a aquellas mujeres soviéticas que podían viajar a la Luna en una nave espacial o trabajar en la industria pesada vistiendo un mono.
Su madre fue convenciendo a la familia de que si Farah no hacía lo que deseaba sería desgraciada toda la vida ya que ella veía un gran potencial en la niña y veía que era muy particular. Al final su padre transigió y Farah preparó su pequeño equipaje de niña-mujer. Se fue al aeropuerto y viajó en compañía de otras dos amigas. Su madre le contó que su padre había llorado mucho para acabar diciéndole: ¿Por que Dios no la hizo así desde que nació? Y su madre respondió con otra pregunta. ¿Así como? ¿Comunista?

sábado, 25 de diciembre de 2010

Farah esperando.

Verano del 2000, Agadir.


Y yo esperando. A que tengas cobertura o enciendas tu teléfono.

Para anunciarte mi llegada y que, como siempre, me des malas noticias, o me digas mentiras o de nuevo estés borracho. Aún así te quiero y lamento que no hayas estado aquí, de nuevo, para evitarme tantos sinsabores e indiscreciones.

Contemplo a los niños jugando en la Plaza de la Esperanza, en Agadir. Esperanza de que me ames, y no sea por vivir en mi casa, para que todo te sea más fácil. Comprendo lo difícil que es estar en tu piel, amor, pero tu felicidad es responsabilidad tuya.

Veo en el horizonte la silueta de la vieja fortaleza de la ciudad, mientras pienso que tu amor me ha quitado la respiración, y no se que decir. Tampoco se que hacer con este amor loco e improbable. Te he comparado con un mundo del que no formas parte, ahora lo sé, conociendo tu ciudad. Tampoco formo parte de aquel mundo, ahora que te amo. La gente se extraña de mi fe y no se que decirles, pues están todos embriagados por el vino de Iblis...

Quieren agredirme porque soy diferente y lo muestro. Los vecinos me compadecen por mis nervios y murmuran a mis espaldas.

Recuerdo a mis amigas y siento su falta. Mi madre continúa teniendo el “poder” de limitar mi vida, aún en la distancia. Todo un juego de lágrimas, amenizado por el “Banco de Casablanca”, para no ser feliz nunca, para menospreciar tu amor y compararte con ideales extranjeros, inalcanzables. Para que salgas siempre perdiendo y yo por efecto dominó, también.

Entonces me sumergiré en el vapor del alcohol y el humo del hashish, esperando a que cualquier borracho del bar me desprecie, me insulte y hasta me amenace y me pegue.

La vida desagradable, vulgar no la perdono, sería una vileza. Toda su fuerza la he condensado en una piedra y la he tirado a la calle. Todas las envidias, maledicencias, malas miradas y humillaciones. Las he arrojado a un callejón inmundo del mercado de Talborjt, mi barrio querido a pesar de los ladrones, drogadictos y todos los que llegan para solucionar su miseria sin solución, a bordo de autobuses destartalados llenos de polvo del desierto, ventanas desdentadas con sucias cortinas negras, teñidas de rojo por el polvo del Harmataán.

El sentido global avanza, sin cultura, arrollándolo todo en una cruzada del Mundo Capitalista. Sin respetar al pueblo, planeando enfermedades globales, sin solución. La muerte es, pues, un viaje a otra dimensión más digna, Sin la esclavitud del dinero, ahora que vivir significa dinero.

Las comunidades religiosas de toda índole me han rechazado, y he inventado una nueva, de un dios natural que habla con los pastores, agricultores, pescadores y con todas las gentes simples que solo quieren vivir. Vivir, amar, viajar, leer y tomar café, té y agua. Comer macarrones, judías negras con arroz y cous-cous, en un mundo imposible, lleno de música histérica y personas amorales, maleducadas sin ética ni principios.

Y yo me pregunto en mi soledad, debatiéndome en mi mini-casa árabe de Talborjt, si esto será la felicidad. Si ésta consistirá en tener todos los recibos pagados y no tenerte a mi lado, amor. Aflora en mí la violencia, el dolor y el llanto de todos los niños maltratados del mundo que solo tenemos de amigo a Jean Genet. Observo como los musulmanes rechazan el mundo de las minifaldas y bermudas por diabólico, suspirando en secreto por tenerlas y ser como ellos. Para por fin ser modernos y ser aceptados.

¿Esto será todo? ¿La naturaleza no señalará el mal con algún signo? ¿Dios en su omnisciencia no habrá previsto para los solitarios otros planetas provistos de atmósfera, agua y comida? ¿La vida no se podrá apurar como un vaso de agua y así pasar a otro estado, planeta o país?

Pienso que mi sed, como decía Clarice Lispéctor, pedía inundaciones. Mi corazón, tan salvaje como el suyo, recibe el alimento del ruido urbano, del ajetreo de un café lleno de turistas que van cargados de maletas, y me siento lejos, muy lejos, en un mundo que ya no existe. El tuyo y mío, que me provoca un dolor de amor mal resuelto, tan viejo como mi alma y duele, amor, duele.

viernes, 24 de diciembre de 2010

De Farah, la Jequesa jocosa y Haquibatuhú.

La Jequesa Moudza, “platanito” en la intimidad desde que su padre el sheik la llamara así cuando nació, tenía un problema con uno de sus bolsos. Haquibatuhú era un bolso muy peculiar.

Farah conoció a la Jequesa Mouza en la televisión, y decidió interesarse en profundidad por aquella mujer que hablaba de las oportunidades que, con su talonario inflado de monedas de oro, daría a la educación de las mujeres árabes. En el vídeo la acompañaba un extraño bolso, de bigotes al estilo de los Emiratos, bolsillo lateral en forma de barriga inflada de Jeque y un forro de tela raído que sobresalía por las aberturas. Ella se acercaba al bolso cada vez que decidía entonar uno de aquellos cánticos en loor de la salvación de la pobre inculta mujer árabe. A Farah le pareció que el bolso agitaba la cremallera, como si hablase, y entonces la Jequesa Mouza se arrancaba en un discursito precioso sobre las ventajas de la educación femenina y los planes que tenía ella y su gordo marido, cincuenta y seis años más viejo que ella, para la igualdad de las mujeres.

Farah siguió observando las andanzas de la Jequesa por el mundo, y vio que su querido bolso la acompañaba dondequiera que fuese. Él era Haquibatuhú: el bolso de ella. La perseguía donde fuese y le daba igual que llegase Ramadán, la IIIª Intifada, o la fiesta del Aïd.

Por lo visto Haquibatuhú no le temía a nada, y lo peor de todo era que el mundo real no le afectaba. Allá iba él con sus bolsillos llenos de planes infalibles, pañuelitos de papel y planos económico-espirituales para el Desarrollo del Tercer Mundo Irreal.

Y allí seguía debatiendo Farah, con su nación árabe, la Única, la Verdadera, si Haquibatuhú y la Jequesa jocosa, acompañada de tan ridículo asesor, serían rentables para la Umma. Pura deformación sociológica, pensaba Farah apartando el cabello de sus ojos.

Pensó escribirle a la Jequesa, ahora que la red Tela de Araña lo hacía todo posible, y decirle si habría que hacerle algunos cambios estructurales en la base de su diseño de piel de cocodrilo, bolsillos interiores o descarada desfachatez y psicopatía.

A su natural peso, propio de un bolso, había que añadir el de su rasgado forro, más propio de un judío arrepentido de serlo, que de un buen bolso árabe que se precie. A pesar de todo el revuelo por los planes y chequeras de la Jequesa, ni ella ni su bolso la engañaban, una vez descubierto que el bolso hacía de script en los discursos. Con su aparente servicialidad conseguía entrometerse para, aparentemente, resolver las Batallas Genéticas de quienes querían tener embriones criogénicos perfectos, y así Haquibatuhú engañaba, mentía y saqueaba las vidas de todos los que se pusieron a tiro en su infame trayectoria.

Farah en pos de una piedra.


Andaba Farah en pos de una piedra, tropezando con la gente que nunca sale a caminar por la calle. Dotados de picos de estornino, taladraban sus oídos con sus conversaciones insulsas, llena la cartera de imposibles y las manos de bolsas de tiendas compulsas.
Ella andaba apresurada en pos de la piedra que había pedido en la carnicería “Halal”. En ella depositaría todos sus sinsabores antes de quemarla por entero.
Había intercambiado mensajes en el teléfono con el hombre tatuado. Él respondió que estaba en el continente, y que volvería el siguiente lunes. Atesoró su imagen en el pensamiento, y le parecieron más insulsas las conversaciones y las compras compulsivas.
Al llegar a su barrio vio pasar a la madre ex-convicta que volvía por Diciembre a visitar a los desestructurados hijos. Un americano del sur pasó con una bermuda blanca ridículamente planchada pese a ser Diciembre. Un joven, que el garaje escupió, patinaba velozmente por la calle. Una muchacha bajó rápida de un coche contagiada por el engaño globalizante.
Esa mañana había mentido al niño-forzudo mandándole otro mensaje, diciéndole que empezaba una relación amorosa y que no podía tolerar recibir cinco llamadas al día. Le agradeció tácitamente el interés, perdido por ella al detectar su juego venenoso. En el fondo estaba segura de que él recorrería en esos momentos las calles, dotado de un pico de estornino, la cartera semi-vacía de sueños y alguna bolsa capitalista en la mano...

Farah en la Batalla Final, o “Madre de todas la Batallas Criogénicas”



Era tal el peso que Haquibatuhú había impreso a la situación mundial que la gravedad de la Tierra había variado, de forma que todos los seres de género masculino orbitaban a tres palmos del suelo y habían sido obligados a peinarse con un rizo en forma de caracolillo en la frente por la jocosa Jequesa. Desde que habían tramado juntos el “Plan Internacional de Salvación de las Mujeres” la gente los veía como unos sanadores, una especie de guías serviciales que habrían de salvar a las mujeres, esposas, madres, hermanas e hijos de los que flotaban a ras de suelo.
Al ser Haquibatuhú del mundo de los genios la gente estaba hipnotizada. En parte por la credibilidad de la Jequesa ante las autoridades globales, y por la confusión que genera el medio astral al que pertenecía el bolso.
Agravaban la situación la crisis de identidad nacional que el bolso tenía, al ser marroquí, de cuero, y tener el forro descosido, a la usanza hebrea. Cuando comenzó el juicio en el Tribunal Internacional contra la Jequesa y Haquibatuhú, por su defensa a ultranza de los derechos de los embriones criogénicos se descubrió, a través de la prensa radial en forma de tela de araña y su agencia “Wifikits”, la participación de ambos en la organización y preparativos secretos de la Batalla final por la defensa de los embriones de ojos azules.
Farah había decidido, junto a su profesora Lalla Malika, infiltrarse en el emirato de Mátaru para investigar el pasado de la Jequesa y su relación con algún tipo de magia, que la hubiese llevado a poseer aquel bolso tan maligno. Descubrieron gracias a la profesora, que el padre de la Jequesa, un sheik opositor al gobierno, había llegado a un acuerdo con el Emir para casar a su hija Moudza, “platanito”, con el gordo hijo de éste y sellar así una alianza que acabase para siempre con sus diferencias y que su padre al verla llorar hebras de banana la confió a una bruja para que la cuidase y la protegiese. Entrevistaron a la bruja en un pueblo remoto a orillas del Mar Rosado, que les contó que se necesitarían muchas dosis de vacunas de “Paciencia Angelical” para superar este evento nefasto que se abalanzaba sobre la Humanidad.
Añadió la bruja que nuestro objetivo como Umma, es aprender de este Adviento apestoso de Haquibatuhú, que acaece además en la Luna llena de Ashura, famosa por ser la única en la que la comunicación entre genios, ángeles y seres humanos es posible, y con la Intifada sin concluir oficiosa ni oficialmente. Repetía sin cesar la bruja que la única manera de reconocer al sujeto llamado Haquibatuhú era su afán por crearle planos a todo el mundo, de índole económico-espiritual, que siempre fallan.
Farah colgó en su puerta una nota que decía “ Para información dirigirse al Tribunal Mundial de Pedigree de Bolsos Árabes”, antes de cerrarla de un portazo y dirigirse a toda prisa a la nave “Miftáh”, donde la esperaba la profesora Lalla Malika ataviada con el uniforme de la “Coalición de Seres Libres” sentada al timón.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

سورة الناس

قُلْ أَعُوذُ بِرَبِّ النَّاسِ
مَلِكِ النَّاسِ
إِلَٰهِ النَّاسِ
مِنْ شَرِّ الْوَسْوَاسِ الْخَنَّاسِ
الَّذِي يُوَسْوِسُ فِي صُدُورِ النَّاسِ
مِنَ الْجِنَّةِ وَالنَّاسِ

Sura 114 "De los hombres"

Di: "Me refugio en el Señor de los hombres,
el Rey de los hombres,
el Dios de los hombres,
del mal de la insinuación, del que se escabulle,
que insinúa en el ánimo de los hombres
sea genio, sea hombre".
مِ

De Farah y los seres difíciles de conmover.




Farah llevaba triste varios días. 

Desde que el niño-forzudo la acosara con llamadas y mensajes, que ella casi nunca respondía, se había sentido mal.
La Luna llena de
Ashura tampoco ayudaba en nada. 
Había llamado a toda bruja que conociera para consultar de su mal, y relató su tristeza por el hilo telefónico a África, América y Europa.
 Todas respondieron lo mismo: su altivez, su ser indomable la convertían en el blanco de todas las iras, envidias y demás ponzoñas humanas.
Si ella fuera una mujer capaz de conmover a cerdos y peces- habían respondido desde China- podría llevar adelante la Revolución que ansiaba, pero estos desgraciadamente, son los seres más difíciles de conmover.


Añadió a la lista de seres difícilmente conmovibles, al niño-forzudo, por fingir que la amaba y pensar que ella no podría darse cuenta de su engaño. Recordaba con amargura cada una de sus sonrisas, y sus extrañas miradas de soslayo, mientras la amaba con desgana sobre su cama.


Farah lloró desde el interior de sus huesos, tejidos y venas. Todos sus órganos se rebelaban ante tal desfachatez y su cara se ensombreció levemente. Lo justo para no mostrarle a él su desdicha. 

En cuanto se desembarazó del muchacho-forzudo trazó una línea invisible de separación entre ambos que reforzó con metal acrisolado en el fuego de los genios.
Los genios respondieron inmediatamente. Destruyeron su máquina de escribir y la poseyó una furia que la impulsó violentamente a limpiar toda la casa, bañarse después y preparar la reforma interna de su corazón.


Ella sentía toda aquella traición ridícula, por innecesaria, al ser ella una mujer liberada que no deseaba tomar esposo, y sí entretenerse con los muchachos de la ciudad post-colonial…
Los hombres no admitían este juego cuando venía de una mujer, y mucho menos de una mujer fiera como ella, acariciado trofeo de la masculinidad desde tiempos ancestrales.


Empezó a ataviarse, como la princesa Tin Hinan, moldeó sus cabellos, los trenzó y prendió de ellos tintineantes monedas plateadas que resonarían al cabalgar cualquier tipo de montura. Preparó alheña negra para pintar su rostro, manos y pies, disponiéndose para la guerra. Se perfumó con
fasukh en la noche de Luna llena, cual amazona de la Grecia clásica…
Cerró la fíbula de su capa y se marchó.

martes, 21 de diciembre de 2010

¿APATÍA? SOLO HAGO CASO A PATTY PRAVO



"NO, MUCHACHO, NO, TÚ NO ME METERÁS , ENTRE LAS DIEZ MUÑECAS QUE NO TE GUSTAN MÁS..."
Por lo tanto no sé que significa la apatía...¡siempre hay algo que hacer!

lunes, 20 de diciembre de 2010

Farah, de vampiros, niños y usuarios.

Tropezó con un vampiro viejo cuando salió por la mañana en dirección al banco. Lo pudo reconocer por el pulóver, gris característico, y los zapatos sociales que hacían ruido por lo gastado de la suela de los tacones. También había vampiros jóvenes, de zapatos de tenis, barba de tres días y pantalón flojo, con barriga fláccida que trabajaban de profesores de idiomas eurocéntricos.

En esos días andaba taciturna debido a todos los usuarios que se le acercaban con una excusa u otra, y sacarle el máximo rendimiento, disfrazados de amigos, amantes y de cualquier cosa imaginable.

Recordó al niño futbolista, y su rostro dulce le habló en el silencio de Universo. Un silencio cósmico lleno de buenos augurios que solo se cumplen en secreto. El recuerdo de su sonrisa le iluminó la vida.

Los días pasados habían sido de una actividad efervescente, debido al tratamiento con las gotas “Reina Isabel II”, que le habían transmutado el nerviosismo en creatividad suma.

El Aldún se había derretido en su puerta, formando increíbles olas de algo venidero, y en las noches contemplaba la luna en su azotea con una piedra de fasukh, que quemaba para conseguir un buen marido.

Tomó un baño de plantas para después liar un cigarrillo y retirarse el pelo de la cara. De su cabello mojado pendían unas monedas, trenzadas a la moda Ròm. Pensó en cocinar y se dirigió a sus calderos, tramando una actividad en las tiendas y bazares de su barrio que la llevara a conseguir representar lo que estaba viviendo, a través del horno eléctrico.

Había terminado de leer su libro y la ciudad postcolonial la saludó, con el brillo de un nuevo descubrimiento, el mismo brillo que ella pensaba darle a sus muebles con un esmalte…

"INFINITO PARTICULAR" MARISA MONTE


Infinito Particular

Marisa Monte

Composição: Arnaldo Antunes, Marisa Monte, Carlinhos Brown
Eis o melhor e o pior de mim
O meu termômetro, o meu quilate
Vem, cara, me retrate
Não é impossível
Eu não sou difícil de ler
Faça sua parte
Eu sou daqui, eu não sou de Marte
Vem, cara, me repara
Não vê, tá na cara, sou porta bandeira de mim
Só não se perca ao entrar
No meu infinito particular
Em alguns instantes
Sou pequenina e também gigante
Vem, cara, se declara
O mundo é portátil
Pra quem não tem nada a esconder
Olha minha cara
É só mistério, não tem segredo
Vem cá, não tenha medo
A água é potável
Daqui você pode beber
Só não se perca ao entrar
No meu infinito particular

Otro día traduzco si lo creen necesario. En cuanto eso pasa buena compañía en la voz de las hadas... Farah está envuelta en una trama de vampiros y promete contárnoslo todo en breve...

viernes, 10 de diciembre de 2010

Astrid Hadad en "El Calcetin" (25 aniversario).



ASTRID HADAD ARTISTA BECARIA DEL FONDO NACIONAL PARA LA CULTURA Y LAS ARTES.
Con la participacion especial de TONGOLELE, EL HIJO DEL SANTO, DARIO.T.PIE y ALBERTO ESTRELLA.
Dirigido por Sergio Tovar Velarde

sábado, 4 de diciembre de 2010

Miguel Hernández, "El rayo que no cesa"

Un carnívoro cuchillo
de ala dulce y homicida
sostiene un vuelo y un brillo
alrededor de mi vida.

Rayo de metal crispado
fulgentemente caído,
picotea mi costado
y hace en él un triste nido.

Mi sien, florido balcón
de mis edades tempranas,
negra está, y mi corazón,
y mi corazón con canas.

Tal es la mala virtud
del rayo que me rodea,
que voy a mi juventud
como la luna a mi aldea.

Recojo con las pestañas
sal del alma y sal del ojo
y flores de telarañas
de mis tristezas recojo.

¿A dónde iré que no vaya
mi perdición a buscar?
Tu destino es de la playa
y mi vocación del mar.

Descansar de esta labor
de huracán, amor o infierno
no es posible, y el dolor
me hará a mi pesar eterno.

Pero al fin podré vencerte,
ave y rayo secular,
corazón, que de la muerte
nadie ha de hacerme dudar.

Sigue, pues, sigue cuchillo,
volando, hiriendo. Algún día
se pondrá el tiempo amarillo
sobre mi fotografía.

martes, 30 de noviembre de 2010

Janis Joplin "Take another piece of my heart

De Farah, descuartizada, o "Piece of my heart" Janis Joplin


Farah se sentía como un cuerpo descuartizado, desde el día anterior. Aquel día oscuro en el que fue imposible distinguir el día de la noche, excepto por los relámpagos. Pensaba en el amor que sentía brotar con toda la fuerza, con todas sus palabras por aquel hombre joven de sonrisa de esponja marina. Recordó a “Tiradentes”, líder de la “Inconfidencia” de Minas, Brasil. Traicionado y descuartizado por sus propios amigos.
Se sentía sin algunos pedazos, arrancados de su cuerpo cansado a sangre fría. Le había dolido mucho. Su corazón se lo había llevado el hombre joven, el más guapo del mundo. Otra parte se la había llevado su amiga, al excluirla telefónicamente con tanta frialdad que reveló la confianza deshojada y marchita, como sus flores después de la tempestad de viento.
Una parte importante se la habían llevado Angola, Brasil, Alemania, Italia e Inglaterra, tirando de su cuerpo, estirándolo hasta que se quebró en cien mil pedazos. Cada pedazo hablaba un idioma y tenía una cultura diferente.
Su movimiento de rebelión había sido “Vivir sin manuales”, aceptar la diferencia de su feminidad masculina, mostrarla al mundo desde la infancia y soportar la interpretación que, cada uno de los seres con los que había topado en su vida, había hecho de ello.
Sentíase pues, Farah, sin cuartos de los que tirar, para sacar algo más de ella. Exhausta y famélica, solo podía pensar en cosas banales, armarios, armazones de camas, sofás…
Y aún le pedían más: esfuerzos en ser amable, servicial, amante perfecta con corazón de hielo, comprensiva, y en su cabeza retumbaba como en un viejo eco la frase acuñada por el viejo filósofo hindú, “Ponte en mi lugar”.
De tanto ponerse en el lugar de los otros, Farah había empezado a encontrar el suyo propio a los cuarenta y cinco años. Dientes atornillados, robot postcolonial, piel un poco ajada por la salud quebrada por la Globalización. Se dispuso a lavar la única ventana que le restaba añadir a su decálogo de cosas banales, y predispuesta a observar con mucha atención el siguiente pedazo de carne roja, palpitante y viva que le sería arrancado, para identificar al descuartizador, amarlo y fingir que eran amigos…
El teléfono anunció la insistencia del hombre más guapo del mundo, a primera hora de la mañana. El timbre inagotable, ella sin atender la llamada apavorada, cantaba “Quiero escudriñar hasta el último rincón de tu alma, saciarme de ti, atiéndeme…”

sábado, 27 de noviembre de 2010

De Farah, con los revólveres a la cintura.



Pensó en aquel hombre joven, guapo y normal.
Nada llamaba la atención en él. Trabajo normal, vida normal, rostro viril y sonrisa esponjosa.
Sintió miedo de lo que se avecinaba.
 Una y cien veces, la misma historia repetida, siempre la misma historia en su vida, desde que se enamoró la primera vez.
Tanto se repitió que creyó ser una mejicana con dos revólveres a la cintura, retando al mundo con una botella de tequila: ¡Quien no beba se las tendrá que ver con mis pistolones!

Se convirtió así en una mujer alcohólica, desagradable, machista y cabruna. Todo lo que rechazaba en ellos se le pegó como en un hechizo.

Cada vez que le gustaba un hombre procuraba ser lo bastante desagradable para que saliera huyendo, librándose de esta manera de la decepción venidera.
Cuando uno de ellos se topaba de frente con aquella locomotora en marcha que era su alma, se espantaba y no lo veía nunca más. En muy contadas ocasiones alguno se había quedado junto a ella, y a sus revólveres cargados…

No habían salido bien parados. Su pesada losa infantil acababa por salir en un momento u otro. A veces pensaba que hacía todo lo posible, aún amándolos con locura, para quedarse sola y seguir aquella senda que le había marcado Valentina Tereshkova, la mujer cosmonauta soviética.

 Llegar a la Luna, orbitar en silencio en el espacio, dando vueltas sin parar, escuchando el piano napolitano, con melodías de cabaret decadente. Pensó en quién sería el cobarde, si ellos al verla echar humo desde su alma metálica de superviviente, o ella en su afán por sabotear cualquier vínculo emocional.
Se arrulló en el violín y la pianola para disfrutar de su duda. Eso significaba que aquel hombre joven, normal, trabajador y bellísimo la había puesto en jaque-mate, de nuevo.
Le alegró sentirse viva y por primera vez en su vida no tuvo prisa por espantarlo. Quizás porque lo sabía inaccesible y distante. Se empeño en aquel imposible, y deseó con todas sus fuerzas que no le telefoneara más, anhelando que la llamara…

viernes, 26 de noviembre de 2010

De la sencilla Sufiÿa, la glotona Liberty, o "Como dejar de ser de piedra"


La sentencia había sido pronunciada:
“Los moros son malos”. Lo había dicho aquella reina de piedra con una antorcha en la mano. No se sabe muy bien, aún hoy, que quiere decir esta antorcha…
Solo se sabe que aquella reina había emitido ya miles de sentencias en sus menos de cien años de vida, todas terribles. Al menos cinco guerras había desencadenado en su afán de gobernar desde su injusto nombre: Libertad.
Nadie podía entender como llamándose así era tan despiadada, y tampoco entendía nadie como no se había tratado su “bulimia nacionalista” que le producía una erupción de barras y estrellas.
Su homóloga española, llamada Sabiduría, aunque nadie en su país conociese la esencia de su verdadero nombre árabe, era quien menos podía entenderla, en ese afán de arqueóloga, por desentrañar las voces de estatuas de piedra. En un arranque de bondad infinita, Sabiduría se dedicó a tener nietos y más nietos.
Sabiduría llamó a Liberty por teléfono, e-mail y paloma mensajera, sin saber aislada en su extrema sabiduría que era de piedra inconmovible y sólo hablaba con los demás a través de los agentes secretos y del ejército.
El mensaje decía, más o menos, que no se preocupara tanto por unos metritos de tela azul o del tamaño de la barba de ciertos moros, pues eso podría reavivar su urticaria en forma de barras y estrellas… Mejor sería tener unos nietecitos para su mamá la reina Gibraltar, que andaba empecinada mareando a toda la corte con el olor de sus “colonias”, pura “chochez. Unas “colonias “ de olor dulzón como la sangre, que producían alergia a todo aquel que se acercase, ya fuera noble o plebeyo.
Sufiÿa, como era tan sabia, conocía el significado del nombre de la abuela y la madre de Liberty, es más, sabía que eran nombres de origen árabe, como el suyo propio.
Así ante lo infructuoso de la mensajería –mail, Sabiduría se dirigió rumbo a Manhatan, lugar de residencia de Liberty desde el cual había contemplado el hundimiento de sus Torres más altas. Allí vivía desde que fue expulsada por Francia, con la excusa de un regalo…
Allí estaba, presidiendo la bahía justo a la entrada, cuando su amiga llegó. La saludó agitando el Tratado que habían firmado para lo de las drogas, allá por el 1934, pero ¡sorpresa! Ni Liberty se inmutó ni Sufiÿa recordó que era de piedra.
Sabiduría la amenazó con una “Marcha Verde” de flamencas armadas de panderetas que invadirían el peñón de su madre, Doña Gibraltar y entonces, Liberty torciendo la expresión la miró al estilo Mcarthy y le espetó con burla:
¡Ten cuidado no te vaya a salir mal lo del Sáhara! Añadiendo con sorna ¡Listita!
Sabiduría, abochornada casi pierde la peineta heredada de su rara suegra Doña Maria de la Fotosíntesis, gritó:
¡No, lo del Sáhara no!
¿Ya te has olvidado que permití que tu madre reparase su “Incansable” submarino en mis ex aguas aún después de lo de Utrecht? ¡Malagradecida! Dijo mascullando por lo bajo, tapándose la boca con su nieta, a la que habían dado su mismo nombre.
¿No te dejó mi alegre nación “plus Ultra” despegar en tus devaneos aéreos con aquel “Golfo”?
¿No te regalamos Cuba, Filipinas y Puerto Rico? Pensé que te habías tratado la bulimia nacionalista con aquel brujo que te recomendé, el del bigote, Don Jose Mari, con lo bueno y certero que es…
Deberías madurar- dijo Sabiduría arreglándose su vestido- usar tu majestuosa placidez y tener unos nietecitos. ¡Desaprensiva y mala hija! ¿No te da pena tu pobre madre?
A ella no le interesan más que sus palacios y sus millones de ester-linas, respondió Liberty, ¡nunca me ha querido realmente! ¿No recuerdas cuanto sufrí para que me diera la independencia? Por eso exploto furiosa cada cuatro de Julio… dijo sollozando.
Bueno, sosiégate “Libe” todas hemos sufrido mucho en estos doscientos años. ¡Mira tu prima Israel que sufrida y callada! Ni lo de los ghetos ha podido con su entereza, que elegancia y donaire nacional...De vez en cuando se calma matando unos cuantos escolares, pero no tiene ni punto de comparación con lo tuyo… ¿Qué rara eres! Tienes que aprender a ser sencilla y discreta como yo.

Dicho esto, Liberty dejó de ser de piedra como por arte de magia, y agradecida, se deshacía en pequeños pedazos de puro elogio hacia el psicoanálisis terapéutico de su amiga Sufiÿa. Parecía que por fin había sanado para siempre su desagradable bulimia que le había hecho deglutir, una tras otra, a Nicaragua, Panamá, Chile, Brasil y hasta la huesuda México…

Rachid Taha - Bonjour (avec Gaetan Roussel)

Aisha Tashinwit عائشة تاشنويت

Farah Azcona "La Expedición"




"La Expedición" en la Libreria de las Mujeres hasta el 4 Diciembre





lunes, 22 de noviembre de 2010

Eros Volusia






Eros Volusia, bailarina brasileña que nació en 1910 estudió danza clásica y evolucionó para bailar música folclórica llevándola a los teatros mas importantes. Su carrera se extiende a Hollywood. Investigó danzas indígenas de Amazonia y el Nordeste brasileño para coreografiarlas y mostrarlas en Rio de Janeiro.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Dina...

Piel de asno...


Se cubrió con la piel de asno y huyó. Quería llegar lo más lejos posible de aquella maldad, abandonarla para siempre. Deseó tener un hada protectora que le hiciera vestidos de campanillas, así como un carromato con el techo pintado de estrellas.
Sólo esperaba que lejos del reino de lo soez, ruín y asquerosamente oculto, pudiera ser feliz. Entre sus recuerdos y lavando cacerolas sucias. Sola.
Farah recordó al único hombre que le gustaba, aquel pirata que se entretenía observando las aves y plantando marihuana, y deseó que acudiera a su encuentro. Quizas para saborear la derrota y volver a su mundo de varitas mágicas y hadas.El pirata de cabello largo la miraba con extrañeza, no podía comprender como una mujer como ella no le exigía nada más que aquellos breves y furtivos encuentros. A lo mejor no conocía la historia del principe de China, Chou, que se fingió loco durante más de diez años para sobrevivir a la tiranía.
Ella sabía que volvería un día, con aquella sonrisa, pero también esperaba que la olvidase y no volviese nunca más, para sentirse liberada de aquel pacto negro que la condenaba a ser "Piel de asno", la princesa de Perrault.
Deseó tener listo el carromato, con preciosas almohadas de telas de Damasco y cortinas de seda. Ya casi oia el tintineo de las campanillas, que recorrían todo el carro, resonando argentinas en el cabalgar. Ansió que su hada madrina fuera pobre y le diera dos asnos jóvenes para tirar de su carro y así abandonar el Reino de la Maldad, alejándose hacia Oriente, en pos de sus ancestrales visiones.
Reflexionó sobre los sucesos de su vida, bastante agitada ultimamente, y creyó atisbar una recuperación de su antiguo yo. Le resultaba extraño ser de nuevo combativa, como la princesa Tin Hinan,la que huyó de la Atlántida con su osamenta de dos metros de altura, y acarició su deseo de atravesar el desierto cabalgando un alto dromedario. Sintió como el aire cálido del Sáhara le quemaba el rostro y la arena entraba por los pliegues de su turbante. Casi sentía los espinos de Argán rozando su piel mientras atravesaba a toda velocidad el mar de arena.
Despertó de su ensoñación para comprobar que continuaba con la piel de asno, oscura, que tapaba todo su cuerpo y la convertía en una figura gris que deambulaba como un autómata en pos de su pan y de abrir con la llave que sacaba de su bolso interminablemente, como en una espiral cruel de la que no podía escapar.

martes, 2 de noviembre de 2010

Exposición

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El mundo Rôm, es el hilo conductor de las vidas de los dos artistas que muestran hoy su trabajo en “La librería de las mujeres”. Rôm es como se autodenominan los gitanos del mundo, venidos desde Rajasthán, India y que atravesando África del norte, saltaron a Istambul, establecieron sus campamentos en Europa del este, llegando hasta España. Han sido los encargados de transportar los instrumentos musicales desde Oriente a Europa y por ello grandes artistas, vinculados a la música, el circo y la danza. Emigraron a América donde han llevado su peculiar cultura, mezclándose con todos cuantos han encontrado a su paso. Cally Tavío lleva en su mente la idea de gitanas que “Giran”a la lumbre de la hoguera y Jesús Azcona las ha incorporado a su imaginario a través de su “Expedición” por el mundo. Dos Rôm por convicción que intentan hacer de su arte una aportación más a la cultura romaní sin invadirlo, simplemente mostrándola. Tavío ha incorporado el óleo con un efecto colorido, el grabado de simples trazos, al dibujo digital con un resultado casi impresionista. Jesús Azcona ha incorporado las ilustraciones de su infancia a su investigación del color, y ha desembarcado en el collage de la mano de la publicidad, coleccionada con mimo para insertarla en la vida de sus “muñecos”. Una última reflexión sobre el autorretrato que proponen los dos artistas unidos por una música invisible, la visión de los demás a través de uno mismo y la unión de todos los seres humanos en la celebración que significa el arte para ellos.

La librería de las Mujeres" C/ Sabino Berteloth, nº 42. Será el próximo Jueves dia 4 de Noviembre a las 8.30 de la noche y estará colgada en la libreria aproximadamente un mes.