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martes, 5 de enero de 2010

Farah y la invitacion


La había invitado a desaparecer con él. De sumo agrado desaparecería para siempre, para evitar lo cotidiano de los días y lo tedioso de vivir en un mundo sin optimismo.
Pero desaparecería sola, no con cualquiera que la invitase… Desde los días en que hasta la ducha tenía sentido, no recordaba nada. Entró de repente en una neblina en la que no existía nada, todo desdibujándose en jirones de vida desarrapada, sin sentido y siempre a la espera. A la espera de que el mundo cambie, de que la gente viva animada por la mentira, de nuevo. Mentira aciaga producida por los Bancos y su poderoso afán por el dinero. Nunca más se sintió del lado de los borrachos, ni de los que les faltaba un brazo. Tampoco de los que hablaban con extrañas palabras y sin sombras en el rostro.
Deseó desaparecer, una y mil veces que volviese a nacer, y aparecer en un lugar en el que las cosas tuvieran sentido. En un lugar en el que el amor de los quince años fuera posible para ella, que jamás lo había conocido… Arrebatados sus comienzos en la vida por el maltrato, que ya le parecía natural. Cualquier cosa le daba lo mismo y ya no la podía conmover nada, solo algunas palabras sueltas aquí y allá. Algún gesto, solo pocas miradas, casi ningún sonido, podían llegar ya a su alma cansada por el hastío de haber vivido mil y un años. Ni siquiera la amistad pretendida podía convencerla ya de que algo era real; todo lo veía a través de aquella niebla enfermiza, con olor nauseabundo, en que se había convertido el mundo.
Surgió de la nada, como un pez que se asoma a la superficie para, en un salto majestuoso, volver a hundirse en las profundidades del océano. Fue sólo un atisbo de libertad que duró treinta años, como las guerras antiguas, pero que la dejaron sumida para siempre en la posibilidad. Sin más argumento que ese se revolvió en su asiento y acarició las teclas del piano, deseando ser ella también melodía. Pudo sentir como la música le acariciaba el alma y gracias a eso pudo sentir que la niebla tenía, a veces, sentido. Que algunas personas habían sido fundamentales en su vida ya era una certeza para ella. Para bien o para mal se habían quedado para siempre en su piel de mil y un años: unos como cicatrices, otros como bellos recuerdos que la desesperaban por ser sólo eso, recuerdos. La necesidad de volver a la vida la llamó y ella deseaba ignorarla, adormecerse para siempre en la niebla de morir en lo pútrido, de no despertar más en aquella incertidumbre que era la vida.
Se alejó del piano cerrando la tapa y dejó de ver los dientes blancos y negros que le habían sonreído por algunos momentos, mientras Chopin le acercaba el largo invierno en que se había transformado su vida. Levantándose decidió rechazar la invitación de él para desaparecer juntos para así, permanecer fiel a sus recuerdos…

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