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miércoles, 3 de febrero de 2010

La base impositiva del amor...



Presupuestable y accesoria. Desgravable y caritativa... otra cosa no puedes ser. Todo se volvía en contra de su amor libre: no era rentable. Una mujer libre, anárquica e ingobernable como ella no lo era. Jamás pagaba por unas migajas de ser humano y eso la convertía en un ser desgraciado, de pura inteligencia. Deseó ser inconsciente, poco inteligente y conformable para poder ser feliz por un largo tiempo. Sumergirse en la niebla de la ignorancia para que le devolvieran sus lágrimas derramadas por un Bagdad bombardeado. ¿Quién le devolvería sus lagrimas en América del Sur y África? Llanto desconsolado por un amor que no existe, repetida la búsqueda exhaustivamente, repetida la caída en la decepción una y quinientas veces. Rayada, como un viejo disco de vinilo, llorando de nuevo por las bombas en los colegios de Gaza que matan niños.
Poco acostumbrada a un país de camareros y obreros de la construcción en que se había convertido el planeta Tierra, engrosó la cola del desamor que borró de un golpe certero cualquier atisbo de ilusión de su rostro. De ahí en adelante paseó sombríamente por la calle, para comprar comida y poco más, superviviente de un mundo que treinta años atrás la saludaba con la inconsistencia de lo mucho que había por inventar. Hoy, el lodo la saludaba sin sonrisas ante lo precario de comprar un pan y nuevamente se sintió sin valor añadido, sin plusvalía posible que generar, en un mundo hipotecado, al que la gente llegaría jubilada más tarde, por la gracia del amor con base impositiva.
El libro le vomitó todas sus palabras en la cara y lo cerró de golpe, asustada por lo abrupto del nacimiento de éste al mundo real y se dejó arrastrar en un mundo en el que hasta las palabras, cual conjura de Galdós,se confabulaban contra ella.
Aparcó su victimismo, y desató sus cabellos que acudieron en una catarata de rizos a cubrirle la cara, sin derramar ni una sola lágrima más, cumpliendo el juramento que hizo una vez en la plaza de la Esperanza de Agadir...
La ventanilla del tren la devolvió a la realidad de un paisaje volcánico, pensó que se parecía a Japón y le recordó también a su infancia. Lanzarote y Marrakesh, tantas coincidencias en su vida, en su corazón. Su propia imagen reflejada en la ventanilla la sacó del ensimismamiento y las voces hablando en árabe le dieron una noción exacta de dónde se encontraba. Ajustó su pañuelo en la cabeza y hundió su cara tras las gafas de sol. Consciente de estar sola en un mundo hostil que no reconoce más talento que la estafa, la trama y la pérdida siempre del mismo lado, se defendió con lo único que le restaba, que no era poco, y se sintió acariciada de nuevo por su amada soledad.

1 comentario:

  1. Precioso el texto y preciosa tu nueva foto. La Avenida de Venezuela un desastre tras las lluvias, pero nuestro "Tiffanys" intacto esperando que nos vayamos a echar un desayuno digno de Farah y sus amigas.

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