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jueves, 5 de agosto de 2010

Farah ensimismada



El sabor del mar le devolvió a la realidad con una ola acariciando su cara. Tenía facilidad para ensimismarse, desde niña, lo que le había traído muchos disgustos a su vida. El olor a algas y piedras del fondo marino la consolaron de aquel encuentro matinal que la había puesto de mal humor.

Sintió vergüenza ajena cuando la encargada del supermercado le dijo a aquel muchacho que abriera la mochila nada más entrar. Aquello era en lo que se había convertido su amor de juventud: un remedo de hombre que robaba tomate frito para cambiar por droga. Así quiso adornar ella el brote de animalidad que sintió en aquel muchacho acorralado por la vida, que no había tenido la fortuna que Farah tenía, al enfadarse constantemente consigo misma por casi cualquier cosa. Seguramente ella, ensimismada en la similitud de las estanterías llenas de productos en casi cualquier país del mundo, no había percibido que el chico entraba.
El rehuyó su mirada desde que la atisbó a lo lejos y se escurrió en la primera esquina evitando el encuentro. Ella entró malhumorada, porque él era la prueba de los pensamientos que rondaban su cabeza en esos días.
¿Dónde estaban aquellos que habían dicho amarla tanto? ¿Dónde habrían quedado aquellas horas de abrazos íntimos y alborozado placer de estar vivos?
No pudo más que esbozar una sonrisa imperceptible, más bien hecha hacia su interior, que le dio ánimos para enfrascarse en una compra de la que olvidaría lo más urgente como habitualmente hacía. El ensimismamiento le hacía perder horas y horas en agradable compañía de si misma, en la que no escatimaba esfuerzos para intentar explicarse casi todo lo que veía, pero aquello la superó.
La conexión entre la huida enrarecida del muchacho, registrada su bolsa de tristes recuerdos, vacía, y sus pensamientos de todos aquellos días pasados la puso de mal humor. No dejaba de sentir el fraude que representa vivir en las condiciones que marca el status, la posición económica y la desgracia que esto representa para miles de humanos a diario.
Se sintió afortunada en las migajas de su vida, que le permitía ir a comprar en vez de sustraer, y que igualmente la habían hecho aparecer como sospechosa en el mismo supermercado ante un guarda de seguridad que al responder a su saludo confiado le recordó que la norma (para gente sospechosa como ella) era guardar la bolsa en la taquilla. Indignada salió sin comprar nada.
Pensó en la similitud entre la situación del muchacho y la suya propia, separadas por un delgado hilo ensimismado de dignidad, que solo ella percibía, ¿o también él cuando bajaba la vista ante su encuentro con Farah?
Ella había pensado muchísimo en este hombre años atrás, en cuanto le había decepcionado y las ilusiones entupidas que un día llegó a tener por él y su torpe clase de amor. Años de pensar en él, en silencio sin una respuesta hasta que el tiempo lo trajo de nuevo a su playa, y pudo darse cuenta de lo absurdo de su ilusión por un hombre tan cobarde, tan infantil que ni podía comprometerse consigo mismo. Después de dos breves encuentros más, su relación quedó totalmente resquebrajada, hasta el punto de tropezarse en el tren meses atrás, cruzar una breve mirada y ser condenado por ella al ángulo muerto de su ojo. Sintió que los dos murieron en aquel fugaz encuentro de sus ojos, buscados con ansia por ella en un beso del pasado.
Ninguno de los dos sería el mismo después de negarse nuevamente el uno al otro, por imposibles. Él emprendió su caída en el abismo, y ella su veloz ascenso a las cumbres del ensimismamiento que da la dignidad de hacerse mayor.

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