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martes, 30 de noviembre de 2010

De Farah, descuartizada, o "Piece of my heart" Janis Joplin


Farah se sentía como un cuerpo descuartizado, desde el día anterior. Aquel día oscuro en el que fue imposible distinguir el día de la noche, excepto por los relámpagos. Pensaba en el amor que sentía brotar con toda la fuerza, con todas sus palabras por aquel hombre joven de sonrisa de esponja marina. Recordó a “Tiradentes”, líder de la “Inconfidencia” de Minas, Brasil. Traicionado y descuartizado por sus propios amigos.
Se sentía sin algunos pedazos, arrancados de su cuerpo cansado a sangre fría. Le había dolido mucho. Su corazón se lo había llevado el hombre joven, el más guapo del mundo. Otra parte se la había llevado su amiga, al excluirla telefónicamente con tanta frialdad que reveló la confianza deshojada y marchita, como sus flores después de la tempestad de viento.
Una parte importante se la habían llevado Angola, Brasil, Alemania, Italia e Inglaterra, tirando de su cuerpo, estirándolo hasta que se quebró en cien mil pedazos. Cada pedazo hablaba un idioma y tenía una cultura diferente.
Su movimiento de rebelión había sido “Vivir sin manuales”, aceptar la diferencia de su feminidad masculina, mostrarla al mundo desde la infancia y soportar la interpretación que, cada uno de los seres con los que había topado en su vida, había hecho de ello.
Sentíase pues, Farah, sin cuartos de los que tirar, para sacar algo más de ella. Exhausta y famélica, solo podía pensar en cosas banales, armarios, armazones de camas, sofás…
Y aún le pedían más: esfuerzos en ser amable, servicial, amante perfecta con corazón de hielo, comprensiva, y en su cabeza retumbaba como en un viejo eco la frase acuñada por el viejo filósofo hindú, “Ponte en mi lugar”.
De tanto ponerse en el lugar de los otros, Farah había empezado a encontrar el suyo propio a los cuarenta y cinco años. Dientes atornillados, robot postcolonial, piel un poco ajada por la salud quebrada por la Globalización. Se dispuso a lavar la única ventana que le restaba añadir a su decálogo de cosas banales, y predispuesta a observar con mucha atención el siguiente pedazo de carne roja, palpitante y viva que le sería arrancado, para identificar al descuartizador, amarlo y fingir que eran amigos…
El teléfono anunció la insistencia del hombre más guapo del mundo, a primera hora de la mañana. El timbre inagotable, ella sin atender la llamada apavorada, cantaba “Quiero escudriñar hasta el último rincón de tu alma, saciarme de ti, atiéndeme…”

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