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miércoles, 22 de diciembre de 2010

De Farah y los seres difíciles de conmover.




Farah llevaba triste varios días. 

Desde que el niño-forzudo la acosara con llamadas y mensajes, que ella casi nunca respondía, se había sentido mal.
La Luna llena de
Ashura tampoco ayudaba en nada. 
Había llamado a toda bruja que conociera para consultar de su mal, y relató su tristeza por el hilo telefónico a África, América y Europa.
 Todas respondieron lo mismo: su altivez, su ser indomable la convertían en el blanco de todas las iras, envidias y demás ponzoñas humanas.
Si ella fuera una mujer capaz de conmover a cerdos y peces- habían respondido desde China- podría llevar adelante la Revolución que ansiaba, pero estos desgraciadamente, son los seres más difíciles de conmover.


Añadió a la lista de seres difícilmente conmovibles, al niño-forzudo, por fingir que la amaba y pensar que ella no podría darse cuenta de su engaño. Recordaba con amargura cada una de sus sonrisas, y sus extrañas miradas de soslayo, mientras la amaba con desgana sobre su cama.


Farah lloró desde el interior de sus huesos, tejidos y venas. Todos sus órganos se rebelaban ante tal desfachatez y su cara se ensombreció levemente. Lo justo para no mostrarle a él su desdicha. 

En cuanto se desembarazó del muchacho-forzudo trazó una línea invisible de separación entre ambos que reforzó con metal acrisolado en el fuego de los genios.
Los genios respondieron inmediatamente. Destruyeron su máquina de escribir y la poseyó una furia que la impulsó violentamente a limpiar toda la casa, bañarse después y preparar la reforma interna de su corazón.


Ella sentía toda aquella traición ridícula, por innecesaria, al ser ella una mujer liberada que no deseaba tomar esposo, y sí entretenerse con los muchachos de la ciudad post-colonial…
Los hombres no admitían este juego cuando venía de una mujer, y mucho menos de una mujer fiera como ella, acariciado trofeo de la masculinidad desde tiempos ancestrales.


Empezó a ataviarse, como la princesa Tin Hinan, moldeó sus cabellos, los trenzó y prendió de ellos tintineantes monedas plateadas que resonarían al cabalgar cualquier tipo de montura. Preparó alheña negra para pintar su rostro, manos y pies, disponiéndose para la guerra. Se perfumó con
fasukh en la noche de Luna llena, cual amazona de la Grecia clásica…
Cerró la fíbula de su capa y se marchó.

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