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jueves, 30 de diciembre de 2010

Farah en pos de su mayor bien.


Allá estaba Farah, esperando a que aquel hombre-de las medicinas se dignase un día a intimar con ella. Se mantenía en un tono formal, muy agradable que la hacía temblar. Inmediatamente después de hablar con él, mientras compraba un medicamento para la loba Habiba, corrió al mercado para comprar unas cosas de comer y subió veloz a su casa para escuchar “Tu si´ ´na cosa grande” en la voz de Ornella Vanoni, con violines y todo...

La desfachatez del hombre tatuado no se le había grabado en su piel y se había aprovechado de él, tanto como él de ella. Con la misma lo despachó, así mismo como hacen ellos, los hombres, con un beso y un portazo. ¡Que sabría él...!

Calzó sus botas de montaña, de gruesos tacones de goma para la fina lluvia que caía, y se decidió a visitar a una amiga para que le dejase ver sus mensajes en Internet. ¡Sorpresa! Recibió una felicitación del Año Nuevo cristiano, de un policía guapísimo, que le decía que “deseaba verla muy pronto y que mientras eso no sucediese tuviera un feliz Año Nuevo”

. No sabía él cuán feliz era, sería y había sido. Los humanos no profundizan, los pocos de ellos capacitados para hacerlo, y cuando lo hacen tienen un cerebro privilegiado, sonrisa de ángel y voz masculina, como el hombre-de las medicinas. Para Farah era un misterio si era casado, o tenía alguna relación amorosa. Siempre se mantenían en lo formal pero con una sonrisa iluminando el rostro de los dos. Él sólo hablaba de “sus compañeros de piso”, y ese día le dijo que tenía un gato nuevo...

No sabía él, que él mismo era un gato, precioso, de los de pelo gris y verde, con grandes ojos y pestañas tan largas que una se perdía en ellas, a punto de tener un síndrome vascular. ¿Realmente, ellos no sabían...?

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