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domingo, 30 de enero de 2011

De Farah, por fin en su propia piel.


Al final, había hipado mentalmente un par de veces para salir del amor de los mequetrefes y luego se enfundó su propia piel, retirando las de Antígona y Penélope, no sin antes agradecerles lo mucho que la habían ayudado.

Se sintió bien de nuevo al volverse a sentir a si misma, saboreando la mujer libre, autónoma y decidida que era, y en silencio lo agradeció a su padre, caído en la batalla contra aquella máquina que lo muele todo, que es la vida.

Perdió las ganas de enfrentarse en guerras contra jequesas y bolsos habladores para ganar en independencia, creatividad y diligencia, lo cual devino en una gran sucesión de cosas que se pusieron en marcha, una vez hubo sabido que jamás se conformaría con el amor imberbe de aquellos mequetrefes. Sabía que se lo pondrían difícil, todos los saboteadores habituales, pero esta vez era diferente, ya podía ponerles cara, voz y hasta nombre. Abandonó a cada mamarracho que había tenido de amante y por cada uno que abandonaba le salía una escama nueva en la piel, de un color multicolor como un arco iris. Se estaba convirtiendo en una bella ofidia adulta, capaz de amar con tal intensidad que la llevaría a las más altas cimas de la sabiduría y la comprensión. Nunca más necesitó recurrir a los horóscopos, y ellos al verla lloraban por haberse quedado en el paro.

Realmente se sentía bien en su nueva piel. Se sentía aliviada de abandonar tragedias que deberían vivir los que las causaban y ella se desembarazó del peso grave del amor, para vivir como siempre había vivido: absolutamente libre y desapegada de los afectos engañosos, que no la dejaban explorar el mundo como a ella le gustaba, sin interferencias. Tomó su espada, su cola de crin de caballo y se alzó, dando el famoso grito que hace huir a los muertos para devolverlos a sus tumbas definitivamente. Pensó en su vestido rojo, de cosmonauta, hecho con hilo de cobre y plata, y deseó vestirlo para enfrentar, una vez más la nimiedad de la guerra diaria, que la entristecía sobremanera. Sólo la consolaba el recuerdo de haber sido muy amada, de haber tenido varias oportunidades de saciar su sed de compañía, una sed que a veces la había hecho abrir la boca a la orilla del océano, para beberlo de un golpe. Pero comprobó que cuando uno sacia su sed de esta manera, también traga piedras y algas del fondo, amén de troncos arrastrados por las corrientes y algún cadáver de ahogado, que ha bailado la danza de la muerte durante meses en el fondo.

Se dispuso a enfrentar un nuevo día, animada por sus nuevas herramientas, ¡que ocurrencia! una cola de crin de caballo... Y se sintió animada por la presencia de su espada, un florín curvado a la manera otomana con el que degollaría a cuanto mequetrefe se acercara a su vida...

sábado, 29 de enero de 2011

Aviones...


Aviones, cruzan el desierto urbano de Occidente.



Camino por avenidas calientes con


olores digestivos.



Árboles macaronésicos dan sombra a árabes pos-

modernos.



Muchachas virginales a la espera de ser

"informadas"...



Muchachas viejas, trabajadoras que comparten la

risa con miedo del horario.




Noticias animan el desierto nordestino.



Sirenas aúllan tu nombre.




Motores rockeros se agregan al tumulto.




Policías de paisano juegan un amistoso contra



inmigrantes ilegales.




Pierden los inmigrantes por palos y puñaladas,


Lunas "jilal" y "jalal", y alcoholismo de indio de 



las reservas.




Poema e Ilustración de Farah Azcona Cubas,


escrito en Maceió-Alagoas, Brasil, 1999.

viernes, 28 de enero de 2011

De Farah, hilando para sortear el destino.

Retornó a su oficio de aguja e hilo y cosió el lienzo de su diván. Pensaba, así, eludir la borrasca de la muchedumbre que se cernía sobre los dictadores árabes, pero una vez más era tarde: ya se había manifestado a favor de la turba que gritaba Libertad hablando con su amiga Maruja.

Agotada por la velada de la noche anterior, un cúmulo de groserías, vampiros antiguos muy ajados y muy poca música, había sorteado como había podido el devenir de la noche y despertó con un dolor de cabeza terrible. La pesadumbre de haber perdido su autonomía en pos de un hombre que la ignoraba, la irritaba sobremanera.

Pasó la mañana de un humor de fascistas y se desquitó en la peluquería de sus amigas, donde la pusieron al teléfono para que espantase definitivamente a uno de esos comerciales acosadores.

Una vez hubo cosido el lienzo, negro, verde, rojo y blanco, un diseño oriental que perpetraba los colores de Afganistán en silencio, se sintió transformada en Penélope, capaz de resistir la hipocresía y el agravio de la multitud, en espera del regreso de su amado Ulises, a quién no podía poner rostro dado el largo tiempo que habían permanecido separados. Aún así el amor le brotaba de lo más hondo de las tripas y temió que anidara en su vientre la serpiente de los celos o la del desamor.

Saltó de júbilo al comprobar en la televisión panorámica de su madre la llegada del Año Nuevo chino que prometía iluminar, con una sonrisa de gato fumador, la perspectiva de la corrupción de las fuerzas del orden de Rusia, que perpetraban en pleno aeropuerto de Moscú la más insospechadas tropelías contra los viajeros del Cáucaso y otras regiones remotas de Asia. Todo quedaría en promesas, pensó Farah mientras saboreaba una bebida de guaraná; ya estaba acostumbrada a la desidia instalada en los humanos. En el fondo prefería la tozudez de pavos y gallinas que revoloteaban en su jardín, a falta de un paisaje desértico que la consolase.

Pensó en la soledad infinita, compañera de cerros y marismas, mientras ansiaba la llegada de su amado Ulises, fiel compañero, que la ayudaría en la ascensión de una roca de 2.700 metros, llenando la cañada de risas, besos y algún furtivo amasijo de carnes entre las arenas y piedras de la meseta anterior a la maravillosa montaña, en cuya cima jamás se separarían, firmando en el silencio del cielo su unión milenaria.

miércoles, 26 de enero de 2011

Farah, los esclavos y la Luna.

Observó como las nubes de tormenta pasaban veloces, dejando ver un pequeño fulgor de la Luna que se retiraba para vencerla el Sol en su batalla diaria. Otro día comenzaría y los humanos, humanóides y demás antropomorfos que se creen humanos, irían a cumplir su función de esclavo de los poderosos. Recordó como un hombre hacía de bestia arrastrando tras de si un carro lleno hasta los topes de mercancías, en el Comercio de Maceió y al expresar su sorpresa, su amiga Claudinha le explicó que estaba incluso contento. Comenzó a recordar en la conversación mantenida, no sabía ya si meses o años antes, con Malika cuando ella le dijo que había seres que sintiéndose humanos, no lo son. Ella los llamó extraterrestres pero Farah pensó rápidamente en los antropomorfos, aquellos antecesores del hombre que estaban a caballo entre los dos estados. En Agadir observó atentamente al jardinero de su mansión de rica europea, que costaba dos tristes monedas para ella, y lo vio esconderse a la hora del almuerzo. Seguramente comería un “Kadillo”, nombre marroquí para los bocadillos, de atún en conserva con huevo duro, viviendo en una ciudad que tiene uno de los puertos pesqueros más importantes del país.

Recordó dulcemente el discurso del hombre que observa los pájaros, su feroz combate contra el Estado y la sociedad establecida que le habían hecho amarle desde el primer minuto que lo conoció. Hablaron de Trosky y de Bakunin, del plan de este último para infiltrase en el Capitalismo y reventarlo desde dentro.

Pensó en la tristeza de otro día más conviviendo con este sufrimiento causado por un sistema que usa el crimen, la especulación y el miedo como armas de sometimiento. En las muchachas cansadas al final de un día agotador de pie doblando camisetas de un tal Benneton. Los repartidores de mercancías, sometidos a la indomable presión de conducir un carruaje a gasolina, el oro líquido de los ricos, aquellos ricos tan civilizados y democráticos que habían matado a cinco millones de niños iraquíes durante el bloqueo a Saddam Husseín, por existir la norma de que las amoxyclinas eran susceptibles de convertirse en armas químicas.

Mientras, en Amazónia y en la tundra de Mongolia los mismos seres vivirían libres y respirando un aire tóxico que los millonarios empresarios les mandaban de regalo, para ver si morían de una vez y se cumplía el sueño de Winston Churchil de “acabar con el problema indígena”.

Se dispuso a lavar su cabello y sentir el agua correr por su cuerpo, para así poder superar el asco que sentía al ser humana y no poder hacer nada por evitar toda aquella barbarie.

martes, 25 de enero de 2011

Farah, Muhammad y el automóvil.

Farah llevaba pensando varios días en que Muhammad llevaba mucho tiempo sin ir a clase. Esa noche, a la hora cierta, él llegó con su barba rubia de vikingo del norte de África, y la saludó. Preguntó algunas cosas de la clase, exámenes y demás detalles nimios, comparados con la intensidad de la mirada de ambos, como midiéndose. Ella le dijo que le daría su dirección de correo y así podrían hablar con calma sobre lo que le hiciese falta.

Al iniciarse la hora de clase se estableció un debate sobre el film de Roberto Benigni, “La vita é bella”, y Farah, como siempre la primera, de manera vehemente expresó cuantos claroscuros hay en los humanos y como la historia que narra queda suspendida entre los ladridos de los nazis y lo buenos-buenísimos que son los judíos y demás condenados al campo de concentración en el que transcurre la trama. Muhammad dijo que estaba de acuerdo con Farah en su visión e interpretación del argumento y la miró directamente a los ojos al decirlo. Acabó la clase y su compañera le contó que él esperó a que las dos se separaran, para acercarse en medio de la muchedumbre y hablar con Farah. Le dijo que le enviaría un correo y así ella tendría también su dirección. Se despidieron en árabe, con la sonrisa de él escuchándose por encima de las conversaciones anodinas que se tenían los demás alumnos en la puerta, feliz por escuchar hablar en la lengua de su madre.

Farah se entretuvo haciendo un cigarrillo con su compañera y fumaron caminando. Farah observó como Muhammad se alejaba en su automóvil mirándola fijamente desde la ventanilla cerrada...


domingo, 23 de enero de 2011

De como Farah vistió las ropas negras, cual Antígona.


Una vez muerto su padre, y antes su hermano y su marido, Farah vistió unas ropas negras, ásperas, hechas astillas, casi de madera. Su llanto traspasó de un continente al otro, y así lloró en Europa, América y África. En su periplo desde Agadir a Tánger, dónde está la morada de Calíope, lloró ininterrumpidamente por treinta días y ni la mismísima visión de Yasir Arafat, pasando velozmente con su coche negro a su lado, pudieron consolarla.

Atravesó la cordillera del Atlas desconsolada, atisbando desde su ventanilla el abismo, interrumpida la marcha por la limousine con antena parabólica del rey Muhammad VI.

En Agadir le habían contado que éste deseaba construirse un nuevo palacio, dado que en el actual se escuchaban fantasmas que atormentaban el sueño real. Allí pudo contemplar la nube de soplones, que conforman la telaraña que protege a la monarquía jerifiana de sus súbditos, más que hartos de pasar hambre y miserias.

Paseó en torno al puerto, atisbando la vieja Kasbah y la ciudad antigua, sepultada por un terremoto en 1960 debajo de un barranco, que quedaban al oeste del barrio de Talborjt, su barrio favorito.

Se cansó de ser vigilada por los gendarmes reales, policía turística, soplones, las viejas y los jóvenes de la ciudad, y emprendió la huida ya que no la dejaban llorar en paz.

Continuó llorando mientras atravesaba el Estrecho de Gibraltar. Siguió llorando en el avión hasta Madrid, para luego llorar once horas en la travesía transatlántica hasta Sâo Paulo. Cada vez estaba más delgada, y después de sentirse completamente sola en el mundo, en la Plaza de la Esperanza de Agadir, sólo deseó morir, asunto que casi consigue con la muerte de su padre.

Pasó dos meses internada en un hospital, por los nenúfares que le habían salido en los pulmones enviados por Boris Vián. Soñó, mientras estaba muy grave, que volvía a viajar, ésta vez en un avión rojo, alemán, y se vio a si misma empuñando el pasamanos de la escalerilla de la aeronave, mientras observaba el sol dorado del atardecer que iluminaba su cabello en llamaradas de henna.

Al despertar y ver que solo había sido un sueño, lloró amargamente, odiando con todas las fuerzas de su alma aquella tierra maldita que la había visto nacer. Un lugar en el que había comprobado lo crueles y maledicientes que pueden llegar a ser los humanos.

A lo lejos escuchó la voz de su madre llamándola, y volvió al planeta Tierra, para comprobar cuantas personas la querían y deseaban tenerla a su lado. Recordó un sueño que había tenido antes de que la Batalla comenzara. Se vio a si misma cabalgando un caballo, en medio de su ciudad, que al mismo tiempo era Afganistán. Huía perseguida por unos bandidos, también a caballo y empezó a bajar una montaña muy, pero que muy grande...

sábado, 22 de enero de 2011

PRESENTACIÓN DE LOS LIBROS "ENCAJES" Y "MARFEA"




Presentación de los libros "Encajes" y "Marfea" de Jesús Azcona Cubas. En Librería de Mujeres de Canarias C/ Sabino Berthelot, 42. Santa Cruz de Tenerife.El día 24 de Febrero 2011 a las 19.00 h.

domingo, 16 de enero de 2011

Farah, El Greco y el amor de los nómadas.

La usura de la tal María casi le había estropeado su encuentro con El Greco, aquel intelectual de figura alargada y maravilloso desaliño. Aún flotaba en su oído el argentino sonido de la risa del hombre, ¡por fin un hombre!, cuando tuvo que interrumpir su sábado, que creía placenteramente dedicado a sus conversaciones telefónicas con sus más íntimos. En vez de la gratificante jornada, tuvo que andar tras miserables veinte monedas, y la desfachatez de la tal María la abismó, cuando ni siquiera se ofreció para alcanzarle los traicioneros veinte denarios a su casa, teniendo ella un automóvil que pagaba con su mísera nómina de agente del Estado.

Cual Raskolnikova femenina, personaje pérfido y asesino de Dostoievsky en su cumbre “Crimen y castigo”, había pasado su día, de lesbiana encubierta, en la playa con la amiga chabacana, teniendo Farah que andar como una posesa de teléfono en teléfono, para recuperar su salario secuestrado.

Al caer la noche, cuando hubo aclarado a las dos usureras su punto de vista con respecto a los honorarios de su trabajo de cartomante, se refugió en el piano de Albéniz y recordó, volviendo a su sueño alcanzado la noche antes, de recuperar para su vida el amor de los nómadas.

Pensó en la faz tenebrista de su nuevo amor, un nómada que abría mucho los ojos al escucharla hablar y relatar, en primera y tercera persona, sus aventuras como amazona guerrera por el planeta Tierra, ayudada por sus colegas de juventud. Él, un treintañero ávido de experiencias decrépitas y nómadas, la había cautivado hacía tiempo, con su chilaba a rayas y su interpretación en una velada de cabaret, a la que Farah había acudido calzada de tacón alto y uñas pintadas con esmalte rojo, en espera de conocerlo. La noche anterior, le había dicho que no la recordaba, pero ella se lo perdonó, como sería capaz de perdonarle casi cualquier cosa.

Farah atesoró la velada pasada en lo más hondo de su corazón, mientras el pedal del piano pulsaba, para latir como un corazón ejecutando “Rondeña”, y se asomó a su terraza de emperatriz para fumar un cigarrillo, esperando ver aparecer a El Greco doblando la esquina de su calle, sonriéndole en silencio, mientras ella corría a abrir su portón para dejarle entrar como un huracán a su vida...

miércoles, 12 de enero de 2011

Farah, el buen leñador y las ovejas pariendo.


En 1999 Farah atravesó uno de los periodos más difíciles de su vida. Tropezó un día con un leñador, de piel dorada, que la invitaba a su granja y subía y bajaba en su coche de montaña a buscarla a sus clases en la universidad. La gente murmuraba, no fuera a ser que tuvieran una relación en pecado y sin la ley. Llegaron a preguntarle, en el colmo de la desvergüenza, abiertamente si existía una relación amorosa entre ellos.

Farah se cansó de explicar a todos, incluida la familia del leñador, que se querían como hermanos pero que, aún deseándolo ella con locura, no había nada más allá. La juzgaron y sometieron al escarnio más grave de los que siempre había resistido, una guerrera como ella curtida en las guerras púnicas que vio atravesar los Alpes en elefante a Aníbal Barca.

Farah y el buen leñador disfrutaban de las cosas más simples como aromas de madera sumergidos en agua, aceitados por él con los más finos aromas, un cigarro contemplando la puesta de sol. Ella asistía estupefacta a la pasión del hombre por los animales que criaba y como lloró un día al descubrir que unos perros salvajes habían atacado a su ganado. Ella le consolaba riendo, viendo juntos como el gallo superviviente, que se había tirado al pozo de aguas negras para esconderse, media hora más tarde ya proclamaba con su cacareo ser el jefe del gallinero. Farah recordaba muy bien la tristeza del buen leñador al hablarle de la tierra y de la incomprensión que le circundaba, rodeado de gentes montunas, acostumbradas al maltrato y la vida sin el más mínimo refinamiento, del que él era un maestro.

La voz de Cesárea Évora cantaba en aquella triste granja, en la que se respiraba la impotencia que sentía el hombre para lidiar con todo aquello. Atesoraba en su memoria dos instantes maravillosos y llenos de luz: uno viendo al leñador embadurnar veinte kilos de queso con pimentón rojo y aceite de oliva, y el otro cuando en medio de la noche, él la despertó y asistieron juntos al parto de una oveja, de la que nacieron dos corderos preciosos.

Farah pasaba los días disfrutando de la necesaria soledad que el leñador le proporcionaba, de forma exquisita, y se sentía meditabunda, taciturna y ensimismada, debido al hashísh. Ella se sentaba a beber una cerveza detrás de otra hasta caer desmayada, en un sueño que sin alcohol no conseguía.

Decidieron viajar, pero separados. El leñador a América del norte y Farah a América del sur, después de haber visto ella como Fernanda Montenegro la llenaba de compasión en el film “Estación Central de Brasil”. Fue la última vez que se vieron durante un largo, muy largo tiempo...

Farah y la muchedumbre ciudadana.


Descansó en el timbre de la voz de María Callas, escuchando como versaba su plateada cascada por la garganta, y prestó atención a la frase “folla cittadina”. Exactamente de esa “muchedumbre ciudadana” acababa de huir, cerrando la puerta de la terraza con un estruendo.

La llamada de su amigo, al que no veía desde hacía doce años, la había llenado de alegría. Sintió como un ciclo se cerraba en su vida. Continuó laboriosa en sus artesanías, que iban desde teñir telas, pintar otras ya teñidas, y celar la marcha de los marcos de sus amados muñecos. Recordó la frase de Egipto “teje, tejedora, telas para usar y telas para honrar...”

Pasó de una música a otra, hasta aterrizar en María Callas cantando a Puccini. Su gramófono digital recorrió el piano pulsado de África, las voces infantiles del Sáhara y los trombones de Transilvania.

De vez en cuando iba a la terraza a apurar un cigarrillo, y fumó de varias clases: de tabaco puro de Brasil cultivado en Arapiraca, virginia americano y rubio inglés, saboreando cada uno de ellos mientras su espíritu revuelto se asentaba.

Observó con atención la baraja de Tarot, y vio como cada una de las figuras le hablaba, en un lenguaje telepático, de unos y de otros. Necesitó refugiarse en su querida baraja por la escaramuza que había tenido esa mañana con un supuesto “derwish”, al que expulsó con cajas destempladas de su casa, al decirle éste que encerrara a su querida loba Habiba. No había opción posible. Todos los que rechazaban a la pequeña loba, la rechazaban a ella, en una prueba de fuego alocada, inventada por ella misma.

Tomó una pastilla de gas de basurero napolitano, para el dolor de cabeza, y se dispuso para la noche, mientras María Callas cantaba en alemán un asunto de una muchacha llamada María, repitiendo un saludo romano, que ella entendía a la perfección de su paso por Volúbilis, “Ave María...”

Ilustración Diego Rivera "Alameda".

martes, 11 de enero de 2011

"Con el cuero asombrado me iré, ronca al gritar que volveré..."


De Farah, Aneris y los demás chacales.

Farah huyó de Aneris, el jefe de los chacales y escondiéndose en el tronco de una palmera seca, rezó la surah 114 Al-Falaq, para alejar de sí la maldad, creada por Al Láh. Habiba, la lobezna fiel la acompañaba jadeando agazapadas las dos bajo el tronco que la providencia había transportado a la mitad del desierto. Farah había dejado atrás el pozo seco llamado “Del Amor” y buscaba, desesperada, donde abrevar sus bestias y beber ella misma, aunque fuera solo un poco de agua limosa, mezcla de arena y cal. Al enfilar la pendiente de una duna divisó las orejas de Aneris, el jefe malvado de los chacales, animal provisto por Anubis de un olfato capaz de oler las presas a miles de kilómetros en aquel océano de arena. La venían siguiendo desde que abandonase la hamada y chillaban en la noche sus nombres más ocultos, para así darle caza a ella, su rebaño de cabras y a la lobezna Habiba.

Desde que Farah había enviudado, pastoreaba su rebaño en soledad, en medio de aquella inmensidad que por la noche parecía el manto de su abuelo, bordado de millones de estrellas. La ley del desierto disponía que las viudas dispusiesen del ganado y las posesiones de su difunto marido. Así constaba en los mapas que habían trazado los “mesieú”, que habían cruzado sus tierras hacía más de tres Ramadán.

Farah lloraba todas las noches al recordar a su bello marido, sus travesías juntos por todo el país y la envidia que suscitaban al encontrarse con alguna caravana de conocidos o extraños.

Aneris, el jefe malvado de los chacales había despedazado su cuerpo, después de ser picado por tres escorpiones que murieron poco después. Así quedó sola, en compañía de la loba recién nacida, sus cabras y dos camellos. Sin hijos, rápidamente fue cortejada por varios hombres pero ella los rechazó uno por uno, mientras mecía un odre lleno de leche para hacer yogurt, escaso alimento que junto a los dátiles, y alguna cabra que ya no servía para dar leche, sacrificada en silencio, mirando a la Meca, como mandaban las leyes islámicas desde que su pueblo había llegado al Sáhara huyendo del Califa en su defensa de Fátima la hija de Muhammad.

Al igual que Fátima, la hija del amado Profeta al morir éste, le fueron arrebatados uno a uno todos sus bienes, por mucho que dijese la Ley no escrita del Sáhara, al no querer tomar un nuevo esposo. Llegada la noche encendía una lumbre para ahuyentar las alimañas y para calentarse, Farah y Habiba solas, navegando en pos de un sueño: ser libres y vivir en paz, tarea difícil desde que los hombres, sobre todo aquel profesor de la escuela coránica, bajito, calvo y con bigote, llamado Pilar, y la miríada de alumnos babosos que le rondaban siempre prestos a cumplir sus caprichos más repugnantes, habían azuzado contra ellas a Aneris, el jefe malvado de los chacales...

lunes, 10 de enero de 2011

Farah mirando a la Luna.

La loba Habiba había recuperado sus ganas de corretear, ladrar y gruñir, y se sentía feliz de poder compartir con ella la vida. La miraba con grandes ojos saltones desde la alfombra del baño, mientras esperaba a que terminase de leer sentada en su trono de marca”Roca”. Leyó a Jane Bowles que se aprovechaba de un personaje de “Camp Cataract” para hacer una declaración de libertad: “...soy una gran admiradora de los nómadas, los vagabundos, los gitanos y los marinos...Me importa un bledo el sentirme parte de una comunidad, te lo aseguro...”

Aprovechó lo leído para asir su libertad y su feroz forma de conservarla. Contempló el armario que había terminado de pintar la tarde anterior. Se había pasado la puesta de sol contemplando la Luna, en su creciente, rodeada de un halo de humedad fantasmagórica. Intentó fotografiarla con su mini-cámara pero salía muy lejana, como si huyese de Farah.

Pensó, llena de presagios, en que esa tarde empezarían de nuevo sus clases, después de las vacaciones católicas a las que había asistido impasible, cual muñeco de nieve con una zanahoria por nariz. Deseaba estar con su compañera Marina para seguir su conversación eterna, que había comenzado el mismo minuto en que se conocieron. Pensó en los rudimentos de la frase, la colocación del tiempo verbal y se recogió en si misma, cual ermitaña.

Escuchaba un disco de Silvio Rodríguez, un disco muy viejo “Mujeres”, y su mente bailó con la entrada a la guitarra de “Río”, “hoy se que no hay nada imposible, anoche supe la verdad...”

Se sintió agotada en la espera de algún vaquero que la llevase a explorar el desierto de Nevada. Renunció a si misma tres veces, y comprendió que la mañana era su aliada para pintar, escribir, cocinar y salir a correr con la loba Habiba, su fiel compañera. Esperaría la noche para dirigirse a su instituto a enfrentarse a su destino, en forma de alumno despechado e inseguro, en forma de libro odiado y manoseado, en forma de profesor sin autoridad para contener aquel raudal de vagabundos, gitanos y marinos que su alma arrastraba desde la eternidad.

domingo, 9 de enero de 2011

Farah en el sertao bahiano. Idalicy, Mariana y Amarildo

Cuando Farah llegó a aquella ciudad del sertâo de Bahía quedó muy sorprendida con la arquitectura que aprovechaba la piedra del lugar y hacía con que las casas resultaran casi invisibles, confundiéndose con la roca de la Sierra Diamantina. Sus amigos habían comprado una casa y la invitaron a pasar el carnaval para así huir de la ciudad de Salvador que se transformaría en un ruidoso tropel de gente, música, comida y detritus humanos.

La primera persona que conoció en la aldea, llegaron después de un tortuoso viaje en autobús con parada del motor en mitad de la nada, fue a una anciana negra de noventa y siete años que fumaba en cachimba y calzaba unas sandalias de goma que dejaban ver sus dedos torturados y sarmentosos de los pies. Se llamaba Idalicy. Le habían llevado medicinas desde la ciudad y varios paquetes de café de aroma extra-fuerte. Farah contempló una botella de “Emulsión Sccot” y dos paquetes de café “Melitta”, muy común en Brasil. La anciana puso agua a hervir, mientras avivaba el fuego de brasa soplando, sin parar de hablar. Farah contemplaba en silencio la cafetera del siglo XIX, época en la que aquella pequeñísima ciudad había quedado suspendida después del agotamiento de los yacimientos de diamantes de la región, allá por 1930. La vieja cogió un tizón del hogar para encender su pipa y humeó varias veces para encenderla. Sujetaba su blanco cabello, de un color níveo, con un pañuelo atado detrás del cuello. Hablaba un portugués muy antiguo y usaba verbos remotos como “torné a tomar aquella medicina...” y “vamos a tomar café sentados en la marquesa...”, nombre de un banco de madera, cuyo asiento servía de tapa a un baúl en el que la anciana guardaba el encaje de bolillo que hacía para vender.

Después del café fueron a visitar a otra vieja de la ciudad de nombre Mariana, que era la mejor cocinera de palma, una hoja de cáctus de aquella región semi-desértica del nordeste brasileño. Tenía una casa distribuida en forma extraña para Farah, para acceder a la cocina había que bajar una empinada escalera de quita y pon, y allá pasaron siendo recibidos con la sonrisa iluminada de la vieja Mariana, cuyos cabellos canos llegaban a la cintura recogidos en una trenza enorme. La tía Aniña, otra anciana del pueblo, estaba sentada en el comedor anterior al precipicio que daba a la cocina. Tía Aniña tenía los ojos desorbitados y parecía decir incoherencias, que fueron cortadas de raíz por la voz de Mariana, advirtiéndole que de no callarse la obligaría a irse...

Se dirigieron a llamar por teléfono al único lugar de toda la ciudad que lo tenía, un locutorio de aspecto vetusto regentado por un tal Amarildo. La sala principal del locutorio estaba presidida por unos póster de “Xuxa” la cantante infantil, figura adorada por Amarildo, quien ejercía también de profesor de la escuela unitaria que existía en la ciudad llamada Xique-Xique de Igatú, una pequeña aldea a la orilla del río Paraguaçú.

Había oscurecido por lo que debieron dirigirse a casa atravesando las callejuelas de piedra y tierra sin iluminar. Al día siguiente comerían una gallina del patio de Idalicy, la anciana de la cachimba, y Farah contempló el cielo cuajado de miles de millones de estrellas.

sábado, 8 de enero de 2011

Farah, el modelo descarriado de vida y las notas para la Liberación.

Farah encontró las notas que había tomado mientras mantenía una conversación de más de un mes con su amiga Felicísima. Leyó cosas olvidadas, supuestamente, sobre sus miedos infantiles, sobre el amor y como ella lo relacionaba con lo decrepito, en fin unas notas alucinantes que hablaban de si misma y del mundo.

Releyó “el modelo descarriado de vida” que ella había fabricado en la adolescencia, para sobrevivir en un mundo caduco que ya no ayudaba a avanzar a nadie. Acabada la Dictadura militar, Farah percibió que existía un vacío de poder y que todo tipo de códigos morales y normas civiles habían muerto con el dictador. Comenzó así un periplo infantil, que la llevó a descubrir personas mágicas, que siempre habían vivido en libertad y no en aquel pequeño establo que los militares, policías y su legión de chivatos habían tejido para sofocar cualquier atisbo de vida en aquel país desolado. Empezó a mudar su forma de vestir y de arreglarse, y esto suscitaba el escándalo de vecinos y demás ciudadanos, acostumbrados al modelo único propuesto por la pequeña gestapo que era la sociedad.

Su madre lloraba mucho al verse sometida al escarnio público por el comportamiento de Farah y sus amigos subversivos. Su padre asentía en silencio a todos sus movimientos, viendo en la niña-mujer reflejarse todos sus sueños de libertad y de conquista del mundo.

Tropezó con una banda de amigas que la invitaron a fumar hashísh y a beber grandes dosis de alcohol, que combinaban con el comportamiento más antisocial y destructor que se había visto jamás en aquella pequeña ciudad provinciana del norte de África.

Los muchachos de su edad la temían y la veían como un bicho extraño, un pingüino lejos de la Antártida, que con un graznido de trompeta obturada, recitaba los bienes de la hoz y el martillo, portando insignias con la efigie de Lénin y otros diseños constructivistas.

Sus amigas mas ñoñas huyeron de su compañía, al convertirse en un ser imprevisible que las dejaba en ridículo, ante sus comportamientos convencionales y aquella ansia que todas parecían tener por enamorarse y tener un muchacho imberbe a su lado. Ella marchaba en un desfile casi militar, de nuevo orden, desafiando al mundo con una camiseta y unas medias panty-cristal que dejaban ver su ropa interior, y los hombres la sorprendían leyendo “Novedades de Moscú”, un periódico cubano que traducía al español todas las novedades de la capital del Imperio de los Trabajadores.

Iba a la playa más concurrida de la ciudad y se bañaba totalmente desnuda, para descubrir que tres toallas más allá estaban los vecinos de su edad, riéndose a carcajadas de su cuerpo delgado, huesudo, con un pecho pequeño y poco atractivo. Se sentía cada vez más sola, decepcionada y una rebeldía feroz empezó a sustituir aquella voz angelical que cantaba con voz de solista en el coro de la iglesia de su barrio.

Echó a andar, a pasear su figura triste y deprimida por todos los rincones del planeta Tierra, y allá donde llegaba, esa misma sombra oscurecía todo, para que su brillo pudiera hacerse manifiesto. Todos querían apoderarse de aquel fulgor incandescente de la inocencia de Farah...


viernes, 7 de enero de 2011

Farah, los presagios y el pasado


Farah se había levantado esa mañana de un humor extraño. No sabía como explicar la naturaleza de su estado de ánimo, que danzaba en la fina línea entre los presagios acerca del futuro y el trauma del pasado. El pasado atufaba a carne humana quemada, orquesta de swing prohibida en el Berlín de 1938, oliendo a miedo de los que estuvieron en fila desnudos, en el frío invernal, para morir, y atmósfera gris-uniforme de dictadura. El futuro se presentaba aterrador aquella mañana.

Pensó con dulzura en el precioso muchacho, que pasaba unos días en casa de las viejas tiranas de enfrente, e identificó al hombre incipiente como autor de todos sus presagios. Se refugió en el pasado, apestando a canibalismo, para superar cualquier tipo de ilusión por un extraño que no iría a ver más de cinco días en su vida y desterró la idea del torso hirsuto del dulce hombre-muchacho, seguramente algún familiar de las ancianas involucrado en su tiranía.

El día anterior había estudiado su forma de comportarse con Betty-Boop, su amiga-muchacha, y llegaron a la conclusión de que el comportamiento del joven era un poco extraño. Tres días sin salir de aquella casa repleta de carne vieja, solo unas furtivas visitas a la terraza, en ropa interior, para apurar unos cigarrillos que parecían casi prohibidos. Él se había visto sorprendido por la aparición de Farah en la terraza, su mirada directa y su desparpajo a la hora de mostrarse, exactamente iguales los dos. Farah, se mostraba siempre vestida desde que fue sorprendida, unos días después de mudarse, en bragas, siendo escudriñada por una especie de chino latinoamericano desde la acera de enfrente, mientras ella hablaba con Riccardo. El dulce hombre-muchacho se mostraba sin ningún pudor en calzoncillos blancos, mostrando unos muslos fuertes y virginales, mientras fumaba uno de sus tres cigarrillos diarios.

Pensó en Riccardo, su pasado más inmediato y en el reencuentro tres años después. Se había sentido tan decepcionada con su actitud al encontrarla, de nuevo, en la casa que habían compartido. La mente se le llenó de pensamientos antropófagos, y deseó tragarse a Riccardo entero, para que nunca más defraudase a ninguna mujer. Un hombre extraño, aquel Riccardo que aún calzaba las mismas sandalias de tres años atrás, cuando ella lo despidió de su casa. Le pareció que con él, el tiempo se detenía para siempre, en una extraña capacidad que el hombre poseía para engañar a las mujeres, ocultando así su propia inseguridad masculina y su poco savoir-faire en materia femenina. Hubo de despedirlo de manera tajante, para que no hubiese ninguna duda sobre la actitud de Farah para con él, y nuevamente le abrió la puerta para que saliese de su vida, ésta vez para siempre.

miércoles, 5 de enero de 2011

Amber, la vieja nerviosa, y Farah.


Amber era una mujer que rondaba los sesenta años. Enjuta y de pellejo fláccido, manos hinchadas de fregar y voz cascada. Su conversación revelaba que era una mujer inculta, supersticiosa y malpensada. Amber andaba todo el día detrás de otra vieja del barrio, que daba de comer a los gatos callejeros. La vieja arrastraba tras de si a una perra más vieja que ella, si cabe. Usaba faldas negras bajas, y su aspecto le hacía recordar ciertos grabados que muestran a ancianas Rôm.

Amber estaba nerviosa y deseosa de que el viejo del estanco de los periódicos le hiciera caso. Pasaba todo el día allí dándole cháchara y el viejo se revolvía de disgusto pero halagado al mismo tiempo, muy masculino todo. Cuando el viejo o la mujer del viejo la echaban con cajas destempladas ella rondaba la calle de arriba a abajo haciéndose la que “pasaba por allí”. Sus nervios llegaban a tal punto que atisbaba la puerta del estanco, para ver si era su amado el que estaba trabajando o su mujer, que la espantaba en un segundo.

El quehacer frenético de Amber le recordó a Farah al suyo propio en pos de los hombres. De repente se sintió enjuta y de piel fláccida, y recordó como atisbaba en su ventana cuando algún hombre le decía que la visitaría. Sentía pena de Amber y de que se pusiera en ridículo por aquel viejo maloliente. Ella seguramente haría lo mismo con aquellos hombres que ella encontraba tan atractivos. En el fondo sólo serían unos proyectos de viejo maloliente, que acabarían como el viejo del estanco. Por suerte a Farah aún no se le había presentado ninguna esposa ultrajada a espantarla y amedrentarla...Pensó en su ogro tatuado y lo felices que se habían hecho mutuamente. Pensó también en sus mentiras y su forma mal resuelta de inventarlas. Lo del cumpleaños de la nieta ya había sido el colmo. Mientras lo decía ella le miró lanzándole un pensamiento de “se que estas mintiendo” y puso una expresión en su cara de desinterés por la conversación y por él mismo, que captó de inmediato. Nada de aquello era necesario y no aparecía un sólo hombre que pensara lo mismo que ella al respecto. Miró el reloj y apuró su bebida de jengibre con hierba limón, mientras enrollaba un cigarrillo...

lunes, 3 de enero de 2011

Farah y el consejo de las Gitanas


Atesoró en su corazón el consejo de las viejas y recordó que le dijeron que la persona que ella amaba nunca era la misma que la amaba a ella. Escuchó la triste melodía de Transilvania y se contentó con el gruñir de su loba, enferma pero aún con ganas de batalla, exactamente igual a ella.

Recordó con amargura los días pasados, las fantasías del amor imposible, según las viejas gitanas, y la seriedad de Atenea cerró sus labios.

Vistió su mono de pintura, silenciosa, pétreos sus labios y acabó de lacar la vieja silla de la cocina. Seguiría por la mesa y luego el armario, Recordó la palabra armario en árabe y se contentó con su música, de ángeles para ella: “Jisán Al-Malabis”. Deseó que fuera, al pintarlo, un armario mágico y que guardara para ella el tesoro más preciado. Seguramente lo sería.

Conservó en su mente la imagen de la Plaza de la Revolución, en Bucarest, húmeda y de un color gris verdoso, azulado según los días.

Volvió a pensar en la viejas adivinadoras y en como ellas sabían de antemano todo lo que sucedería en su vida, si estaría enferma, si un espíritu la rondaba, pero con respecto al amor siempre había ausencia de palabras. Empezaban a hablarle de lo feliz que era ella consigo misma, para acabar diciéndole que no veían ningún hombre en su vida.

Deseó dibujar en su mano un ojo grande con tinta azul, para lograr verlo, después de bañarse con hierbas y flores, trenzar su cabello, después encender una vela finita y pequeña que flotara en el río.

Recordó los músicos, el piano, el violín, el címbalo y la endiablada forma de bailar de una muchacha joven, que palmoteaba sus piernas, manos y tobillos al ritmo frenético de una danza... Recordó las palabras del guapo saxofonista, que le había dicho mientras ella leía las cartas para él en la mesa de su cocina: “una verdadera chica Rôm”.

domingo, 2 de enero de 2011

"Vengo" Flamenco sufí

Palya Bea - Transylvania , 2006 Tony Gatlif

"Vengo", un film de Tony Gatlif

Interesante banda sonora, flamenco sufí, y algunos cantaores excepcionales.

Farah y la Playa de los Artistas.


La aeronave surcó con un estruendo el cielo de la ciudad para enfilar la bahía y alejarse en dirección al océano Atlántico. Deseó estar volando en dirección a Brasil. Recordó la luna llena lamiendo el mismo océano, en la Playa de los Artistas en Salvador de Bahía. Recordó las risas felices, el olor de la lluvia y sus sandalias planas del mercado de “Nazaré”. Recordó el “Campo da Pólvora”, la casa de María y su baraja de póquer minúscula, desde la que adivinaba todo. Cuando le contó que había visto un genio con corona de rey, al lado de una zarigüeya que se columpiaba con el rabo en un arbusto del bar “Mordomía”, subiendo la Ladeira da Barra, ni se inmutó. Le dijo que el rey había venido para darle lo que desease, mientras le preparaba un elixir de Flores del Doctor Bach.

Vivió con intensidad aquellos días, que al final resultaron dos años, y nueve idas y venidas en un avión trasatlántico. Aún tenía presente el olor de las hierbas quemadas para agradar a algún Orixá, la música estremeciendo las viejas calles de Pelourinho y el sabor de las mazorcas de maíz con mantequilla.

Recordaba las caras de tanta gente que se le aparecían de aquel río humano que es Brasil. Deseó el calor de cuarenta y seis grados centígrados y la humedad viscosa que se te adhiere a la piel. La gente oliendo a jabón de patchouly en el autobús, las miradas de sorpresa, de maldad, de deseo. Los buitres posados en la puerta de su trabajo, durmiendo en el dintel, esperando el amanecer.

Le pasó por la mente la fugaz imagen de un mendigo completamente desnudo, cubierto con solo un plástico transparente, que atravesaba aquella multitud de gente y su asombro ante la indiferencia de todos.

Soñó con la luz de la luna iluminando el mar lleno de metano de los manglares, de un color plateado. Mientras navegaba en un barquillo de cabotaje del “Recóncavo bahiano”y escuchaba las voces ajenas de mujeres, niños, hombres, todos deseando desembarcar y a la vez perdidos para siempre en aquel canal que separaba la ciudad de Valença de la isla de Morro de Sâo Paulo.

Recordó sus travesías en fin de semana en los ferrys que se llamaban “María Bethánia” y “Gal Costa” llevándola descalza a la isla de Itaparíca, acompañada de su amigo, vestido con pareo y sombrero Panamá...