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miércoles, 5 de enero de 2011

Amber, la vieja nerviosa, y Farah.


Amber era una mujer que rondaba los sesenta años. Enjuta y de pellejo fláccido, manos hinchadas de fregar y voz cascada. Su conversación revelaba que era una mujer inculta, supersticiosa y malpensada. Amber andaba todo el día detrás de otra vieja del barrio, que daba de comer a los gatos callejeros. La vieja arrastraba tras de si a una perra más vieja que ella, si cabe. Usaba faldas negras bajas, y su aspecto le hacía recordar ciertos grabados que muestran a ancianas Rôm.

Amber estaba nerviosa y deseosa de que el viejo del estanco de los periódicos le hiciera caso. Pasaba todo el día allí dándole cháchara y el viejo se revolvía de disgusto pero halagado al mismo tiempo, muy masculino todo. Cuando el viejo o la mujer del viejo la echaban con cajas destempladas ella rondaba la calle de arriba a abajo haciéndose la que “pasaba por allí”. Sus nervios llegaban a tal punto que atisbaba la puerta del estanco, para ver si era su amado el que estaba trabajando o su mujer, que la espantaba en un segundo.

El quehacer frenético de Amber le recordó a Farah al suyo propio en pos de los hombres. De repente se sintió enjuta y de piel fláccida, y recordó como atisbaba en su ventana cuando algún hombre le decía que la visitaría. Sentía pena de Amber y de que se pusiera en ridículo por aquel viejo maloliente. Ella seguramente haría lo mismo con aquellos hombres que ella encontraba tan atractivos. En el fondo sólo serían unos proyectos de viejo maloliente, que acabarían como el viejo del estanco. Por suerte a Farah aún no se le había presentado ninguna esposa ultrajada a espantarla y amedrentarla...Pensó en su ogro tatuado y lo felices que se habían hecho mutuamente. Pensó también en sus mentiras y su forma mal resuelta de inventarlas. Lo del cumpleaños de la nieta ya había sido el colmo. Mientras lo decía ella le miró lanzándole un pensamiento de “se que estas mintiendo” y puso una expresión en su cara de desinterés por la conversación y por él mismo, que captó de inmediato. Nada de aquello era necesario y no aparecía un sólo hombre que pensara lo mismo que ella al respecto. Miró el reloj y apuró su bebida de jengibre con hierba limón, mientras enrollaba un cigarrillo...

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