Translate

domingo, 30 de enero de 2011

De Farah, por fin en su propia piel.


Al final, había hipado mentalmente un par de veces para salir del amor de los mequetrefes y luego se enfundó su propia piel, retirando las de Antígona y Penélope, no sin antes agradecerles lo mucho que la habían ayudado.

Se sintió bien de nuevo al volverse a sentir a si misma, saboreando la mujer libre, autónoma y decidida que era, y en silencio lo agradeció a su padre, caído en la batalla contra aquella máquina que lo muele todo, que es la vida.

Perdió las ganas de enfrentarse en guerras contra jequesas y bolsos habladores para ganar en independencia, creatividad y diligencia, lo cual devino en una gran sucesión de cosas que se pusieron en marcha, una vez hubo sabido que jamás se conformaría con el amor imberbe de aquellos mequetrefes. Sabía que se lo pondrían difícil, todos los saboteadores habituales, pero esta vez era diferente, ya podía ponerles cara, voz y hasta nombre. Abandonó a cada mamarracho que había tenido de amante y por cada uno que abandonaba le salía una escama nueva en la piel, de un color multicolor como un arco iris. Se estaba convirtiendo en una bella ofidia adulta, capaz de amar con tal intensidad que la llevaría a las más altas cimas de la sabiduría y la comprensión. Nunca más necesitó recurrir a los horóscopos, y ellos al verla lloraban por haberse quedado en el paro.

Realmente se sentía bien en su nueva piel. Se sentía aliviada de abandonar tragedias que deberían vivir los que las causaban y ella se desembarazó del peso grave del amor, para vivir como siempre había vivido: absolutamente libre y desapegada de los afectos engañosos, que no la dejaban explorar el mundo como a ella le gustaba, sin interferencias. Tomó su espada, su cola de crin de caballo y se alzó, dando el famoso grito que hace huir a los muertos para devolverlos a sus tumbas definitivamente. Pensó en su vestido rojo, de cosmonauta, hecho con hilo de cobre y plata, y deseó vestirlo para enfrentar, una vez más la nimiedad de la guerra diaria, que la entristecía sobremanera. Sólo la consolaba el recuerdo de haber sido muy amada, de haber tenido varias oportunidades de saciar su sed de compañía, una sed que a veces la había hecho abrir la boca a la orilla del océano, para beberlo de un golpe. Pero comprobó que cuando uno sacia su sed de esta manera, también traga piedras y algas del fondo, amén de troncos arrastrados por las corrientes y algún cadáver de ahogado, que ha bailado la danza de la muerte durante meses en el fondo.

Se dispuso a enfrentar un nuevo día, animada por sus nuevas herramientas, ¡que ocurrencia! una cola de crin de caballo... Y se sintió animada por la presencia de su espada, un florín curvado a la manera otomana con el que degollaría a cuanto mequetrefe se acercara a su vida...

1 comentario:

Comentarios "anónimos" no serán bien recibidos y jamás publicados.