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miércoles, 12 de enero de 2011

Farah y la muchedumbre ciudadana.


Descansó en el timbre de la voz de María Callas, escuchando como versaba su plateada cascada por la garganta, y prestó atención a la frase “folla cittadina”. Exactamente de esa “muchedumbre ciudadana” acababa de huir, cerrando la puerta de la terraza con un estruendo.

La llamada de su amigo, al que no veía desde hacía doce años, la había llenado de alegría. Sintió como un ciclo se cerraba en su vida. Continuó laboriosa en sus artesanías, que iban desde teñir telas, pintar otras ya teñidas, y celar la marcha de los marcos de sus amados muñecos. Recordó la frase de Egipto “teje, tejedora, telas para usar y telas para honrar...”

Pasó de una música a otra, hasta aterrizar en María Callas cantando a Puccini. Su gramófono digital recorrió el piano pulsado de África, las voces infantiles del Sáhara y los trombones de Transilvania.

De vez en cuando iba a la terraza a apurar un cigarrillo, y fumó de varias clases: de tabaco puro de Brasil cultivado en Arapiraca, virginia americano y rubio inglés, saboreando cada uno de ellos mientras su espíritu revuelto se asentaba.

Observó con atención la baraja de Tarot, y vio como cada una de las figuras le hablaba, en un lenguaje telepático, de unos y de otros. Necesitó refugiarse en su querida baraja por la escaramuza que había tenido esa mañana con un supuesto “derwish”, al que expulsó con cajas destempladas de su casa, al decirle éste que encerrara a su querida loba Habiba. No había opción posible. Todos los que rechazaban a la pequeña loba, la rechazaban a ella, en una prueba de fuego alocada, inventada por ella misma.

Tomó una pastilla de gas de basurero napolitano, para el dolor de cabeza, y se dispuso para la noche, mientras María Callas cantaba en alemán un asunto de una muchacha llamada María, repitiendo un saludo romano, que ella entendía a la perfección de su paso por Volúbilis, “Ave María...”

Ilustración Diego Rivera "Alameda".

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