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domingo, 16 de enero de 2011

Farah, El Greco y el amor de los nómadas.

La usura de la tal María casi le había estropeado su encuentro con El Greco, aquel intelectual de figura alargada y maravilloso desaliño. Aún flotaba en su oído el argentino sonido de la risa del hombre, ¡por fin un hombre!, cuando tuvo que interrumpir su sábado, que creía placenteramente dedicado a sus conversaciones telefónicas con sus más íntimos. En vez de la gratificante jornada, tuvo que andar tras miserables veinte monedas, y la desfachatez de la tal María la abismó, cuando ni siquiera se ofreció para alcanzarle los traicioneros veinte denarios a su casa, teniendo ella un automóvil que pagaba con su mísera nómina de agente del Estado.

Cual Raskolnikova femenina, personaje pérfido y asesino de Dostoievsky en su cumbre “Crimen y castigo”, había pasado su día, de lesbiana encubierta, en la playa con la amiga chabacana, teniendo Farah que andar como una posesa de teléfono en teléfono, para recuperar su salario secuestrado.

Al caer la noche, cuando hubo aclarado a las dos usureras su punto de vista con respecto a los honorarios de su trabajo de cartomante, se refugió en el piano de Albéniz y recordó, volviendo a su sueño alcanzado la noche antes, de recuperar para su vida el amor de los nómadas.

Pensó en la faz tenebrista de su nuevo amor, un nómada que abría mucho los ojos al escucharla hablar y relatar, en primera y tercera persona, sus aventuras como amazona guerrera por el planeta Tierra, ayudada por sus colegas de juventud. Él, un treintañero ávido de experiencias decrépitas y nómadas, la había cautivado hacía tiempo, con su chilaba a rayas y su interpretación en una velada de cabaret, a la que Farah había acudido calzada de tacón alto y uñas pintadas con esmalte rojo, en espera de conocerlo. La noche anterior, le había dicho que no la recordaba, pero ella se lo perdonó, como sería capaz de perdonarle casi cualquier cosa.

Farah atesoró la velada pasada en lo más hondo de su corazón, mientras el pedal del piano pulsaba, para latir como un corazón ejecutando “Rondeña”, y se asomó a su terraza de emperatriz para fumar un cigarrillo, esperando ver aparecer a El Greco doblando la esquina de su calle, sonriéndole en silencio, mientras ella corría a abrir su portón para dejarle entrar como un huracán a su vida...

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