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domingo, 9 de enero de 2011

Farah en el sertao bahiano. Idalicy, Mariana y Amarildo

Cuando Farah llegó a aquella ciudad del sertâo de Bahía quedó muy sorprendida con la arquitectura que aprovechaba la piedra del lugar y hacía con que las casas resultaran casi invisibles, confundiéndose con la roca de la Sierra Diamantina. Sus amigos habían comprado una casa y la invitaron a pasar el carnaval para así huir de la ciudad de Salvador que se transformaría en un ruidoso tropel de gente, música, comida y detritus humanos.

La primera persona que conoció en la aldea, llegaron después de un tortuoso viaje en autobús con parada del motor en mitad de la nada, fue a una anciana negra de noventa y siete años que fumaba en cachimba y calzaba unas sandalias de goma que dejaban ver sus dedos torturados y sarmentosos de los pies. Se llamaba Idalicy. Le habían llevado medicinas desde la ciudad y varios paquetes de café de aroma extra-fuerte. Farah contempló una botella de “Emulsión Sccot” y dos paquetes de café “Melitta”, muy común en Brasil. La anciana puso agua a hervir, mientras avivaba el fuego de brasa soplando, sin parar de hablar. Farah contemplaba en silencio la cafetera del siglo XIX, época en la que aquella pequeñísima ciudad había quedado suspendida después del agotamiento de los yacimientos de diamantes de la región, allá por 1930. La vieja cogió un tizón del hogar para encender su pipa y humeó varias veces para encenderla. Sujetaba su blanco cabello, de un color níveo, con un pañuelo atado detrás del cuello. Hablaba un portugués muy antiguo y usaba verbos remotos como “torné a tomar aquella medicina...” y “vamos a tomar café sentados en la marquesa...”, nombre de un banco de madera, cuyo asiento servía de tapa a un baúl en el que la anciana guardaba el encaje de bolillo que hacía para vender.

Después del café fueron a visitar a otra vieja de la ciudad de nombre Mariana, que era la mejor cocinera de palma, una hoja de cáctus de aquella región semi-desértica del nordeste brasileño. Tenía una casa distribuida en forma extraña para Farah, para acceder a la cocina había que bajar una empinada escalera de quita y pon, y allá pasaron siendo recibidos con la sonrisa iluminada de la vieja Mariana, cuyos cabellos canos llegaban a la cintura recogidos en una trenza enorme. La tía Aniña, otra anciana del pueblo, estaba sentada en el comedor anterior al precipicio que daba a la cocina. Tía Aniña tenía los ojos desorbitados y parecía decir incoherencias, que fueron cortadas de raíz por la voz de Mariana, advirtiéndole que de no callarse la obligaría a irse...

Se dirigieron a llamar por teléfono al único lugar de toda la ciudad que lo tenía, un locutorio de aspecto vetusto regentado por un tal Amarildo. La sala principal del locutorio estaba presidida por unos póster de “Xuxa” la cantante infantil, figura adorada por Amarildo, quien ejercía también de profesor de la escuela unitaria que existía en la ciudad llamada Xique-Xique de Igatú, una pequeña aldea a la orilla del río Paraguaçú.

Había oscurecido por lo que debieron dirigirse a casa atravesando las callejuelas de piedra y tierra sin iluminar. Al día siguiente comerían una gallina del patio de Idalicy, la anciana de la cachimba, y Farah contempló el cielo cuajado de miles de millones de estrellas.

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