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viernes, 4 de febrero de 2011

Farah, el desamor y la oración del Viernes.


Se refugió en las palabras del muecín recitando una surah muy larga del Corán. Lo sucedido la noche anterior la había dejado muy deprimida, con el peso a sus espaldas de toda la nación árabe, la Umma...

Había contemplado en pantalla panorámica de los mesieus, la tragedia de su pueblo, llamado indígena por los colonialistas para convertirlos en subclase de su mundo maquiavélico y podrido.

La indiferencia de Riccardo ante el drama contemplado en el cine, previa discusión por su frecuencia a la hora de tener sexo la habían dejado al borde del colapso emocional. No sabía como salir de aquel agujero en el que ella solita se había sumido, al abrirle la puerta de su casa, habiendo jurado que lo había expulsado de su vida para siempre.

Se sentía despreciada y nada valorada en su esencia de mujer, trabajadora y luchadora infatigable contra el mundo de los mesieus. En el fondo, él era otro más de ellos. Pertenecía a su mundo, por mucho que quisiera escapar. Farah pensó con amargura que nunca es equivalente lo que uno desearía a la obvia y objetiva realidad de cada uno. Se vio obligada a subjetivizarse, para poder sumergirse en el mundo cotidiano, con sus varias explosiones volcánicas a lo largo del día...

Deseaba que el muecín terminase su recitación, para ir a sus cosas más vulgares, en las que se refugiaría del desamor más grande en sus últimos cinco años.

La oración la calmó y la centró, y esperaba con avidez la recitación de sus surahs favoritas, la 113 y la 114, para desembarazarse definitivamente de la negrura que el abandono de aquel hombre le haría sufrir de nuevo. Quería deshacerse de aquella energía antes de que la tocase. No quiso más impurezas a su alrededor y salió, enjugándose las lágrimas, colocando sus gafas de sol para que nadie la viera llorar...

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