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lunes, 14 de febrero de 2011

Farah, el guitarrista y la ciencia ficción.

Se sintió muy mal al despertar aquel lunes. El recuerdo del fraude, llamado Riccardo, la acompañaba doquiera que fuese. La tarde anterior su fantasma flotaba a su alrededor mientras hacia un largo paseo con su loba Habiba. Llevaba en la memoria de su cuerpo el abrazo del guitarrista Róm que en la noche del sábado le agradeció así sus ganas de danzar, de estar viva en un plano muy alto de la felicidad. En silencio se midieron y se encontraron. Farah conversó mucho con sus amigos esa noche, y allá apareció "El Greco" con su cara de inverosimilitud y su parquedad oratoria. Ella le despachó, cortésmente pero sin ambages.

Recibió un mensaje en su teléfono móvil. Era de Riccardo, abortando la despedida que tendrían el próximo miércoles, antes de que él tomase su aeronave. Farah no supo que pensar, y reaccionó contándolo a todo el que quiso escucharlo, nerviosa.

Cuando pasó la noche, en la que echó mucho de menos a Riccardo al lado suyo en la cama, se puso al teclado y escribió un mensaje para él muy hiriente y dándole un adiós final, cosa que había hecho tantas veces antes...

Él le respondió que tenía ganas de verla aún, y ella dijo que debería ser él quién la llamase o buscase. Seguía muy triste y lloraba en la casa de su padre, empeorada la situación al su padre haber muerto, siete años antes. Haber hablado con su hermana no le ayudó en nada, todo se redujo a una conversación superficial, y a una marca de límites cuando hablaron de su hijo.

Se sentía sola, pero no en la soledad feliz que ella estaba acostumbrada a vivir. La falta del ser cálido, divertido y bellísimo que había compartido su lecho por más de diez días se había llevado su felicidad y su paz del espíritu. Ni siquiera el baño ritual para celebrar el cumpleaños de Muhammad, el Profeta, la calmó. Tampoco hicieron efecto en ella la liberación de Egipto y la incipiente revuelta en Argelia.

Necesitaba algo más. Más fuerte, bronco, que la devolviese a su cultura árabe y la salvase. Nacía en ella la idea, afirmada por Helena, su nueva amiga, de ser Cyborg. Mitad máquina, mitad mujer, mitad hombre y cruzar así el Atlántico a reunirse con los indios guaraníes, en Paraguay...

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