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viernes, 18 de febrero de 2011

Farah, el tonto Simón y la negra flor.


Había pasado los diez últimos días como en volandas. Sólo su encuentro con el tonto Simón la había devuelto a la realidad. De un golpe, contra la lamparilla china de la mesa de noche. De su párpado brotó un chorro de sangre, que no fue capaz de deshacer su abrazo con Simón. Apuró el último sorbo de café de su taza y se dispuso a encender un cigarrillo, mientras pasaban por su cabeza todos los minutos vividos en los diez días precedentes, agolpándose. Se le añadieron las sensaciones al entendimiento: olores a mar, arena mojada en los dedos de los pies, el esmalte rojo de sus uñas saliendo entre la arena, mientras intentaba asimilarlo todo. El mar helado de invierno la había saludado diciéndole: ¡Cuanto tiempo sin verte por aquí querida Farah!
Riccardo no la quiso acompañar al baño de mar, y se quedó mirándola desde la ribera, sentado en su toalla azul turquesa.
Soñó con que ese momento fuese eterno pues ya intuía la triste y tumultuosa separación que vendría días después.
Se fundió con las paredes derruidas del antiguo castillo para saber como se sentía una cuando el sentido de su vida se pierde. Fue una tarde de muchas sonrisas, ligera y con la luz del atardecer dorada, haciendo que todo tomase aquel color áureo.
Farah decidió esa mañana, mientras recordaba el pasado que parecía muy lejano, siendo tan próximo, que tomaría de nuevo a su loba Habiba junto a sus pocas pertenencias y buscaría otro lugar del desierto, dónde él no pudiera encontrarla jamás.
Se puso su cola de gata, sus uñas de leona, pintadas de esmalte rojo, y subió por la Rambla, en dirección a su casa, donde se sentiría segura, a salvo de aquel amor que hería hasta lo mas hondo de su alma. La distancia que Riccardo había tomado, regresando en una aeronave, a su mundo de mamá y spaghetti al dente, la mañana anterior, no la hacía sentirse más segura. Sabía, que él continuaría martirizándola desde la distancia, hasta con la soledad que pretendía imponerle. Pero Farah ya tenía planes para esa noche. Se iría con sus amigas a tejer otra red. Una red de pinturas, músicas, actores y alegría que sería, como siempre, inaccesible para el pobre Riccardo, anclado para siempre en el vestido de su madre, negro mediterráneo, ya que se había erigido en su defensor mas fiero, abandonando a la única mujer capaz de amarlo salvajemente.

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