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domingo, 27 de marzo de 2011

De Farah acusada de astucia por la rata masculina, que antes era conocido como el hombre-amor-de-ovillo-de-hilo


Desterró toda gana de presagios y expectativas ante la carta recibida y se quedó mal asombrada, como dicen en el Agreste de Brasil. 

Quedó tan estupefacta al leer las palabras de aquella rata masculina, a la que ella había amado hasta la locura durante los últimos cinco años, que leía y releía el mensaje que él le había escrito la noche anterior.


Escuchó las letras del fado, sosegándola, mientras Amalia Rodrigues cantaba, “no es desgracia ser loca, si las locas no sienten nada...” mientras repensaba como aquella rata le había dicho que utilizaba su astucia para hacer girar el mundo en sus manos...



Aún no podía dar crédito a que él se describiese tan bien a si mismo, reflejándose en ella como en el espejo más limpio de todo el norte de África, mientras las bombas caían sobre Libia, no se sabe bien si sobre Cirenáica o Tripolitánia. 

Retiró su amor precipitadamente y cayó en la cuenta de cuanto se equivocaba a veces. De cuan inocente era y como adoraba descubrirse a su edad, aún engañada por el amor. Sí, por el Amor con mayúscula, no con nombre de persona sino más bien de diosa: Venus. 

Sintió que debía continuar su peregrinar por el avatar que la voluble diosa romana había preparado para marcar su sino, y se dispuso a andar hacia lo desconocido una vez más, sin temores, como la mujer aguerrida y seca que había sido siempre, desde que era niña.

Pensó en la astucia y en el sentido negativo que la rata había querido darle. Él ponía el acento en una habilidad para el engaño y la manipulación, que él mismo había usado con ella para comerse todas sus reservas de grano para lo que restaba de primavera. 

Rió divertida por la ironía de como había transformado aquella rata el cuento: la cigarra, antes de ponerse a cantar, e incluso mientras aporreaba de mala manera aquella pobre guitarra, había llenado sus buches de roedora antes de que llegase el fin del invierno.

La hormiga Farah recalentó su sopa marroquí mientras acariciaba en su mente la voz de su hermana Malika que la había telefoneado esa mañana...

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