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lunes, 4 de abril de 2011

De Farah frente a las calles desiertas, sola y desarraigada.


Al improviso se había encontrado varias noches, completamente sola, en el medio de una ciudad desierta de calles completamente vacías. Vagabundeó con sus botas de exploradora en busca de algún transporte público, mientras pensaba, con muchísima tristeza, en que había necesitado toda aquella experiencia negativa para retornar a su soledad amada. Hablando con un chico, le dijo que esta vez, ya no quería estar más tiempo en soledad. Necesitaba compartir el calor de su cuerpo desnudo en el abrazo nocturno, la risa hasta las lágrimas repasando las tonterías cotidianas, el olor del cabello enamorado, el café llevado a la cama, conociendo de sobra el mal humor de despertar sin café...
Divagó en la soledad de las calles nocturnas, completamente sola, contemplando el suelo mojado, y se entristeció cada vez más, hasta el punto de perder de vista la realidad para siempre. Ya no tenía más ganas de conversar, agotado para siempre el amor fraudulento, que la había sumido en el mutismo.
La conversación con el hombre-observador-de-aves, que tuvieron esa misma tarde después de hacer el amor, acabó de destrozarle el pedazo de corazón que conservaba especialmente para él. Tantas declaraciones de principios había hecho el día que se conocieron, que le hicieron amarle en silencio, sabiendo que existía otra mujer y otra familia.
Farah le planteó esa tarde la posibilidad de un compromiso en libertad, al que él ni siquiera respondió. Él solo añadió que ya tenía un compromiso y que no podía asumir ninguno mas, poniendo como excusa el horario de su trabajo y demás argumentos pueriles, genuinamente masculinos.
Lo que él jamás esperó es que Farah le dijera que no volviese a su casa nunca más, después de besarla con desgana, mientras ella cerraba la puerta, y él avergonzado ni se atrevía a mirarla...
Se sintió desarraigada, en un mundo que no la reconocía como una habitante más de aquella apestosa bola de color azul que giraba sobre si misma cada veinticuatro horas.
Reflexionó sobre la no pertenencia al calendario, el horario en función del meridiano, y recordó la cara de Elena Ceaucescu justo antes de ser ejecutada, sin venda en los ojos, a petición suya, ante el pelotón de fusilamiento, ya que habemos algunas que llevaremos siempre los ojos abiertos.
Pisó con fuerza el pavimento de piedras mojadas y se sintió triste, muy apesadumbrada, casi abrumada, por el miedo que daba a los hombres, cuando lo único que quería era un abrazo en medio de la noche, cuando se sentía terriblemente sola...

Fotografía y texto original de Jesús Azcona. Todos los derechos reservados.

2 comentarios:

  1. Quien, como Farah, sabe apreciar el olor del cabello enamorado, lo tiene muy difícil en esta bola, pero nos es imprescindible a muchas.

    Perdone la ausencia en el bar. No pondré excusas masculinas. Solo decirle que lo pensé y le debo una.

    Y mandarle un abrazo desde las entrañas.

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  2. Muy bonito pero también muy triste....me emocionó.

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