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sábado, 15 de octubre de 2011

Apartada del mundo.


Se sintió bien, después de que todo se torciera y la economía no le favoreciese. Volvió a sentirse en sus cabales y desechó toda relación con el mundo, por impropia, descentrada y manipuladora. Al contrario que otras veces, no sintió la necesidad de correr al teléfono a solicitar ayuda en forma de voz. Discutió desgarradamente sobre lo fácil que es presuponer de alguien a quien no se conoce. Escuchó la voz gitana de África y quedó en paz, al encontrarse en su mundo, que cada vez se recolocaba más, una vez destruido aquel vacío relativista de la Globalización, basado en la Tiranía y la mentira.
No quiso asistir a fiestas, ni tumultos acusadores de falta de Democracia, la “monstrua marroquí” a la que todos nombran pero ninguno ha visto jamás... “Haguza”. La trompeta elitista la rechazó, y recordó la felicidad que le daba vivir en el Nordeste de Brasil, dónde todo se arreglaba al borde del mar, lleno de cocoteros y palmeras imperiales, alrededor de una música popular cualquiera, sin tanta exigencia intelectual falsa y vacía de contenido.
Relleno de alcohol, el trompetista se sentiría en New York de los años 30, sin saber que estaba en una ciudad provinciana del norte de África, que ni era colonia ni era nada, llegado aquel momento de la historia.
Seguiría el domingo, repleto de almas inmigrantes en día libre para asistir a su servicio religioso evangélico, Biblia en mano, con rostro indígena y mirada de odio al blanco. Parejas embobadas se cogerían de la mano en aquel infra-tempo que el Capitalismo les daba para volver a la esclavitud del lunes.
Postergó el amor para otra civilización, y se dispuso a tender su lavadora, una vez lavados los platos. No sentía angustia ni falta de nada, y eso la hizo respirar satisfecha, en su infinita soledad.

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