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sábado, 12 de noviembre de 2011

Cortejo nupcial.


Contempló desde fuera el despliegue de plumajes, las vibraciones de las colas y demás cambios que dan los animales en su cortejo para aparearse, en los bares de la noche.
Revisó su idea de no competir jamás, y se sintió feliz de estar lejos de aquel ritual caduco, mientras centraba su atención en animales más interesantes que, naciendo macho, se van transformando en hembra para tener su propio hijo sin ayuda de nadie.... ¡Cuanto hubiera deseado formar parte de una de aquellas especies! Seguro le habría salido un bebé precioso, y lo hubiese educado en la mejor forma, la Universal.
Aborreció cualquier ambiente de pelanduscos, atiborrados de alcohol y drogas, para superar el miedo a quedarse solos, sin aparearse, y como, torpemente y aturdidos por el alcohol y los estupefacientes, sacudían sus plumas para atraer a la hembra de su especie.
Cuan afortunada se sentía, de no pertenecer ni a un bando ni al otro, y ni siquiera necesitaba ese despliegue de medios y vibraciones de cola. Mientras contemplaba aquel espectáculo agónico, pasaron una transexual y un gay, a pavonearse en un medio aparte, su propio “ghetto” apareador, ante la hostilidad de machos y hembras de su propia especie, y como uno de los machos contempló la silicona pegada al culo de la transexual.
Quién sabe si con un par de copas más, sería capaz de estafarla, como hacía con las hembras de su especie...
Deseó de nuevo ser Medea, y vengarse con toda su maldad perversa, de bruja redomada, ante tanta estafa, tanto sueño y promesa incumplido. Se retiró ante la única opción que le quedaba: expulsar a aquel gigante vikingo que se había instalado en su casa y se creía ya dueño de todo. A las seis de la mañana lo expulsó poniéndole sus pertenencias malolientes en la puerta. Él sólo atinó a decir: “no tienes corazón”, y ella deseó con todas las fuerzas de su alma que fuera cierto.

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