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domingo, 15 de enero de 2012

Mirando el futuro.


Se balanceó en la noche., mientras su almohada le decía ¡levántate y emprende el camino! Así lo deseaba, librarse de todas aquellas indeseables, envidiosas de su genio y de su brillo de estrella fugaz.
Deseó cargar sus baúles, como Olivia Stone, y marcharse para desembarcar, con un camellero esperándola para llevarla a su pueblo. Escribir sus impresiones de cualquier roca que encontrase en el camino, pues allí estaba Dios y no en la Biblia. Adorar la llanura de la Hamada, con aquel color rojo fuego al atardecer.
Deseaba que la Diosa Fortuna le sonriese para que su raíz, aquel viaje inesperado, brotase, y mimarla, como se hace con las plantas cuando empiezan a despuntar. Quiso retener en su retina aquel color, a veces dorado, a veces blanco y a veces a la tarde rojo fuego. El mar resonaba en su oído, arrastrando los callados, roncando en la resaca de la ola. Echó de menos a su siamés, pegados los dos por el hombro desde que discutieron por García Lorca, y él logró convencerle. Pero entró en una catarsis, que le iba llevando cada vez más cerca de su sueño.

domingo, 1 de enero de 2012

El chiquillo del desierto.



El chiquillo que correteaba por los arenales en compañía de sus primos, lanzándose desde la proa del barco que llegaba una vez a la semana al muelle, había vuelto después de treinta y cuatro años al pueblo y se había encontrado una mini-ciudad, parecida a las del sur de Marruecos, con una arquitectura abarrotada, dispar y como no, adornada por las megalómanas construcciones de la época autonómica.
Se sintió alegre comiendo con toda aquella familia tan llena de gente que un día, muy atrás en su infancia, le dio la alegría de vivir. Sentados a la mesa sintió como si el tiempo no hubiera pasado y retomaran la convivencia tantos años después en el mismo punto en el que la habían dejado. Se sintió con una cálida y agradable sensación de sentirse querido y apreciado con sinceridad.
Ahora rondaban en su cabeza miles de planes, que las estrellas de Fuerteventura irían construyendo para él con paciencia, condición indispensable para vivir en el desierto. Tanto buscó sin saber que el Paraíso estaba tan cerca y era tan familiar.
No vería arañas en las montañas sino que sabría reconocer los camellos y burros de su infancia. El mar serenó y templó su ánimo, y pensó en el trabajo que tenía por delante, para llegar de nuevo al pueblo de su Felicidad..