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domingo, 1 de enero de 2012

El chiquillo del desierto.



El chiquillo que correteaba por los arenales en compañía de sus primos, lanzándose desde la proa del barco que llegaba una vez a la semana al muelle, había vuelto después de treinta y cuatro años al pueblo y se había encontrado una mini-ciudad, parecida a las del sur de Marruecos, con una arquitectura abarrotada, dispar y como no, adornada por las megalómanas construcciones de la época autonómica.
Se sintió alegre comiendo con toda aquella familia tan llena de gente que un día, muy atrás en su infancia, le dio la alegría de vivir. Sentados a la mesa sintió como si el tiempo no hubiera pasado y retomaran la convivencia tantos años después en el mismo punto en el que la habían dejado. Se sintió con una cálida y agradable sensación de sentirse querido y apreciado con sinceridad.
Ahora rondaban en su cabeza miles de planes, que las estrellas de Fuerteventura irían construyendo para él con paciencia, condición indispensable para vivir en el desierto. Tanto buscó sin saber que el Paraíso estaba tan cerca y era tan familiar.
No vería arañas en las montañas sino que sabría reconocer los camellos y burros de su infancia. El mar serenó y templó su ánimo, y pensó en el trabajo que tenía por delante, para llegar de nuevo al pueblo de su Felicidad..

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