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lunes, 20 de febrero de 2012

Antropófagas.


Escudriñó su vida en busca de algo con lo que alimentar su tristeza, y no encontró nada. Sentía un apetito voraz por decepcionarse, encontrarse con personas cobardes, que no miran a los ojos de la gente, que lo personalizan todo, y se dan por aludidas ante todo. Pero se encontró absolutamente sola, con la única y sola compañía de sus coetáneas Tupinambás.
Deseó sentirse triste por el abuso de los hombres ante cualquier rasgo de feminidad, por el trabajo forzado al que se sentía sometida, al lavar interminablemente platos y recoger basuras que hombres, muy hombres, y hombres-no tan hombres, le habían condenado a sufrir en las últimas semanas, y pensó en su cuadro colgado, terminado y lanzado a la venta, llamado “antropófagas”, que seguramente no sería rentable, dada la incomprensión y el abuso al que estaban sometidas las mujeres alrededor de todo el planeta, incluso por las propias mujeres, llamadas madres, hermanas y amigas.
Flaco favor se hacían los “hombres devaluados”, de otro de sus cuadros, siempre mirándose el ombligo, y tan ciegos que veían en ella un espejismo, un revulsivo, y a veces el objeto de su envidia, por su valentía, su buen hacer y su honestidad.
Decidióse pues, a comer la pierna de alguien o el cerebro plagado de ideas de María Zambrano, Clarice Lispector o Alejandra Pizarnik, y tomar una comida que le durase tres o cuatro años alejada del mundo, mientras recordaba la letra de una vieja canción de juventud que cantaba “En que estarán convertidos mis viejos zapatos....”

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