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domingo, 23 de septiembre de 2012

De Farah, el mar agitado y el Ciclón.




Pasó tres semanas turbada, hasta que pudo hablar con el príncipe de ébano y le preguntó si sus palabras habían sido producto del alcohol, porque su vida ya nunca podría ser la misma, después de la última conversación a solas.
Él respondió que recordaba todo lo dicho a la perfección, y esto, le dio a Farah una falsa esperanza, que quedó descubierta gracias a su nueva paciencia, arropada por atardeceres de fuego, mares embravecidos y la Anarquía climática de la cola de un ciclón, que atravesaba en aquellos días el desierto, dejando a todo el mundo talmente descontrolado, de tal modo que se entregaban a si mismos, revelándose sus verdaderas intenciones.
La crueldad, la falta de respeto y de cultura emocional, la atravesaron como una lanza en su pobre corazón de niña de Charles Dickens, que la acompañaba desde su infancia.
Recordó a su verdadero amigo, el profesor itinerante, el cariño sincero que había nacido entre los dos y su manera de explicarse las cosas, él siempre guiándola en aquel trozo de desierto, nuevo para ella. Rebosante de crueldad, salvajismo, bajas pasiones y miedos.
Rememoró el último día pasado en mutua compañía, entre alisios húmedos y frescos, el mar rugiendo entre los solapones del mar de Barlovento.
 La cola del Ciclón, de nombre occidental, comenzaba a azotar la isla, y se alternaban momentos de lluvia suave y llamaradas de sol, en cuanto ella, sabía que el viento rugiría cada vez con más fuerza, mientras aumentaba la lluvia, al menos en el interior de su corazón de mujer Touareg, libre e indómita, incomprendida por unos y otros, siempre a caballo entre dos mundos.
Éste agitado, de tanto engaño y perversión, rugía furioso, y necesitaba una satisfacción, algún atisbo de humanidad entre tanta impiedad y corrupción del alma humana...
Pensó y se quedó callada, esperando...

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