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viernes, 14 de septiembre de 2012

De Farah, el Príncipe negro y el actor argelino.



Se debatía Farah entre el cortejo de un Príncipe de ébano, artista, serio y tranquilo. Su risa la transportaba a la lejana tierra suahili de dónde había llegado.
Pasaban noches enteras hablando, sobre el amor y la vida... Y ella aspiraba el perfume de su piel negra y brillante. Andaban en conversaciones sobre la tranquilidad en el amor, y la paz necesaria para una vida en común. A Farah le pareció escuchar palabras celestiales.... Todo eso, en medio del ambiente pueblerino que les rodeaba, y se acercaron varias mujeres para felicitarla por su conquista, ¡pobres!
Creían que ella se tiraba al vacío en un segundo, por un perfume o por unas palabras seductoras. No sabían cuan recio era su corazón y cuan difícil de conquistar. Una de ellas, se había encontrado un pajarito y le había puesto de nombre Farah, lo que para ella fue un halago, mientras ella, le preguntaba si le molestaba que se lo hubiese puesto... ¡Hay que ver en lo que pierde la gente el tiempo cuando bebe y se emborracha! ¡Quiá! como dice Al Corán...
Ella sólo tenía ojos y oídos para su príncipe suahili, y deseó que se realizara el sueño de los dos, juntos. Un marido como ese valía la pena...
Al despertar por la mañana, allí estaba el actor argelino, inventando que había venido a ver su correo, y que a la noche hablarían, ella se enfadó mucho, pues él la estaba enamorando, y lo estaba consiguiendo, sin saber que Farah no podía ser poseída por nadie, pues era libre y volaba con alas propias. Farah siempre pone límites al amor, no considera las pasiones que tanto la habían hecho sufrir toda la vida. Él no sabía de su peregrinar por el desierto desde que se hizo viuda, y su única y exclusiva confianza en lobos, cernícalos y estrellas. Sólo la arena del desierto la conocía...

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