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miércoles, 21 de noviembre de 2012

De Farah, la tortuga Maïmouna, y el amor sensible.




Tenían una nueva habitante en el campamento. Una tortuga pequeña, heredada de una niña, que había viajado en el espacio-tiempo, trasladándose al cono sur. Le pusieron el nombre de la santa saharahui ya que nunca conocieron su verdadero nombre, y Habiba, la loba fiel, la había husmeado, creyéndola una pieza de caza más, por lo que hubo una reunión en el campamento, para declarar los derechos universales de la tortuga, aceptándola como miembro de pleno derecho de la tribu, escasa, formada por cernícalos, la loba Habiba, y ahora la tortuga, a la cual llamaron Maïmouna, de común acuerdo.
Por la tarde, después de dormir la siesta conoció Farah, al amor sensible, de piel morena refinada y dulce. La llevó en su camello enjaezado de azul celeste hasta su lecho, besándola y desnudándola, como nadie lo hacía, desde mucho tiempo atrás. Hablaron sobre la sensibilidad, y hasta pareciera que, estaban pactando los términos de un matrimonio por horas, a la moda iraní, que no acabó de disgustarla, ante la ausencia de su verdadero dueño, perdido en las fauces del tiempo, buscándola entre Parcas, Destinos y demás alimañas que se toparían en su camino, antes de encontrarla. No abandonaba jamás la esperanza de que ese hombre y no otro, llegara, y sabía que llegaría. A la usanza de las mujeres Touareg, se conformó con el amor sensible, mientras llegaba aquel que comprendería a cernícalos, lobos y tortugas, así como ella los comprendía, y pudieran vivir tranquilos, vagando por el desierto, a sus anchas, sin limitaciones, y su amor sería eterno...

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