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jueves, 29 de noviembre de 2012

Farah, revolviéndose para no ser tomada como concubina.






Amaneció con una campanilla que resonaba a lo lejos, muy a lo lejos, mientras ella aún dormitaba, sin saber a que correspondía aquel tintineante sonido. Sólo después de sentir como el campanilleo se tornaba cada vez más próximo, adivinó que alguien, a lomos de un dromedario, se acercaba a su campamento, poblado por lobas, tortugas y cernícalos, además de los genios del hogar que mantenían la lumbre prendida toda la noche en el gélido desierto. Abrió los ojos y ya sintió náuseas, por saber que debería hablar con algún humanx.

Le sorprendió la presencia de aquel beduino delgado, visto ya en algún pozo, que sin pudor alguno desenrolló su turbante, mostrando su rostro sin velo. Se acercó a la lumbre, y sin más le habló pidiendo café, a lo cual ella accedió en completo silencio, para amedrentarlo, siendo consciente de su poder, pues ya su fama de mujer sola, guerrera e indómita, revoloteaba en los corros de los oasis y zocos de todo el Sáhara.

Tomaron café, y sólo entonces ella habló, mirando de soslayo como el hombre sacaba de su túnica una piedra de hashísh, y sin más comenzaba a preparar un cigarrillo. Ella dijo que no fumaría, y él continuó impasible al modo de los Imoagh, en su asunto.

El hombre bebía su café y fumaba su hashísh, de buen aroma, mientras acarició la mano de Farah, estremecida por el contacto inesperado. Un escalofrío recorrió su cérvix subiendo hasta su cerebro, recibiendo un vahído de deseo sexual.

Hicieron sexo, y él, cual pato la poseyó, como las bestias, abalanzándose sobre ella, creyendo que dos minutos y medio después, ella pondría un huevo...

Ella se lo dijo, recordándole las palabras del Profeta “no os abalancéis encima de vuestras mujeres como lo hacen las bestias, pues ellas requieren de vuestro cariño, buenas maneras y un largo cortejo, para estar prontas para sentir placer”. Él se excusó, diciendo que estaba muy cansado tras el largo viaje, pero ella muy enfadada le reclamó su placer, como mujer Touareg que era, dueña de si misma y libre de elegir al hombre que desease, siguiendo las leyes de su tribu.

Él dijo que volvería al día siguiente a cumplir como esposo, pero ella no le creyó ni una palabra y su cara de enfado hizo que no tuviera que decir nada más.

Él le contó que comenzaba a vivir con una buena mujer, y que deseaba estar con Farah, desde el momento mismo en que la vio acercarse al pozo de “Zem-zem”, ataviada ella con un fino velo azul con hilo de oro, a lomos de su camello, acompañada de su tribu de animales mágicos. Ella estaba a punto de romperse en millones de pedazos por dentro ante la mala práctica de aquel descarado beduino, de nombre Jasún, pero revolviéndose contra él desató su furia. Le dijo que su padre difunto, un verdadero Imoagh, y presente en el tatuaje de su barbilla, jamás hubiese permitido semejante atropello a su libertad, que era mejor que se fuese para siempre, con su buena mujer a su tienda “a poner muchos huevos de pato”.

Él permaneció en silencio pues Farah le había hecho dudar de su hombría, y podía estar seguro de que Al Láh había estado presente, cuando la defraudó. Jasún le pidió que le dejara pensar hasta la mañana siguiente, pues quedó muy turbado ante la honestidad de Farah, su compromiso con las leyes de la tribu, y miraba a su tatuaje, sin atreverse a tocarlo.

La tortuga Maïmouna le susurró a Farah “BismiLáh”, y ella gritó al hombre que se fuese por donde había venido, ya que ella jamás aceptaría ser la concubina de nadie, mucho menos de un hombre casado, y hecha una tormenta de arena roja, le expulsó de su tienda, mientras le escuchaba decir muy serio y apenado, que al día siguiente volvería con su respuesta....

Farah, acongojada, pasó el resto del día desmontando toda su tienda para purificarla del ultraje, llenando todas su telas de humo de hierbas medicinales, sus muebles, y hasta su loba, que estornudó ante el pesado humo del romero...

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