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domingo, 2 de diciembre de 2012

Farah, el frío de la mañana y la soledad de la noche.




Despertó sola, aterida, en la tienda vacía. El muchacho-bonito, guerrero capaz, feliz al fin en su rostro. Había aparecido por sorpresa a su vida tres años después. El tiempo, en el desierto, es así pueden pasar diez años sin que no hayas hecho otra cosa que dar vueltas sobre y en ti misma, cabalgando mucho en el océano de dunas, interminable, dotado de vida propia. Los caminos desparecen, después de una fuerte noche de viento y tormenta desapacible. Y aparecen lugares y objetos que llevaban enterrados cientos, quizás miles de años, esperando a tu pie descalzo o a tu sandalia bordada.
Hablaron mucho y se sintieron los dos muy felices de reencontrarse, existía un invisible hilo de honestidad entre ellos que hacía que sus vidas hicieran círculos interminables, para acabar juntos de nuevo, esta vez hablando, desnudos en el lecho.
Volvieron a fingir que no deseaban ningún compromiso, odiando la soledad los dos, en silencio.
El debería volver a cabalgar hasta su destino a la mañana siguiente y ni siquiera pasaron la noche juntos, durmiendo abrazados al calor del hogar, desnudos, contemplándose, a su gusto.
Farah despertó aterida de frío en la gélida mañana del desierto, en el que llevaba casi una semana entera lloviendo. Sintió la soledad rasgar su día y deseó pasarlo entero soñando, durmiendo profundamente, por la soledad de la noche, que tanto mal hace al alma, y por la angustiante situación de haberse convertido en una especie de puerto de recalada de hombre solos, sin querer nada con nadie. Comenzó a pensar que debía levantar su tienda, lo cual lleva un tiempo, cargar todo a lomos de su camello, y emprender otra vez, el camino, acompañada de sus fieles animales que la hacían sentirse tan amada, que acabarían por convertirse en hijas de una madre más grande, gigante, como Tin-Hinan, para no sentirse solas.... ¡Ardua tarea la de las emociones humanas!


Fotografía Efrén Díaz Hernández.

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