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viernes, 7 de junio de 2013

فرح والجزيرة



Farah y la Isla.
Se sorprendió observada por los ojos negros enfundados en barba negra de aquel integrista de la moda, capaz de colorear su pelo a sabiendas de que no era lo que deseaba. Sintió su mirada clavada en la de ella, esperando a que le saludara, invitándola a conversar en el brillo de sus negras pupilas, llenas de ansiedad.
Al llegar a casa, después de una breve incursión en la Isla de realidad, sintió como un vahído de deseo la invadía, al recordar al muchacho alienado por la Moda. Le pareció todo confuso, formando parte de aquel ente, que había decidido denominar Al Djaza´ir, la Isla en árabe, para aclarar la confusión de su mente norteafricana. No podía pensar en nada sin sentir ahogo, una angustia beligerante que le hacían sentir la mayoría de las personas que decidían mirarla, por uno u otro motivo, ora desafiantes, ora despectivas.
La misma indecisión de su alma, la había probado en el alma del muchacho de negra barba, precioso, frágil e indefinido. Vio como él se disgustaba al no poder reanudar el diálogo iniciado por ella, con una excusa trivial, y que ambos habían disfrutado. Sus ojos se clavaron en el alma de Farah, expectantes, y ella pasó de largo, acongojada por la angustia del mínimo contacto con el rudo mundo que la observaba con extrañeza ante lo árabe de su tatuaje.
Culpada en silencio por la atrocidad de la masa Salafista, embozada en el dolor de la incomprensión, ajena a todo movimiento que no fuese el de aquellos preciosos ojos negros, rodeados por aquella preciosa barba, salvaje en su color negro por la juventud, que, en secreto, deseaba fundirse con su tatuaje en un beso afortunado, con Baraka. En fin, pensó ella, nunca había pensado algo tan disparatado como una barba joven y un tatuaje besándose.
Apartó aquel pensamiento, que le producía más angustia, si cabe. La Isla de lo externo no le ofrecía más que ilusiones pasajeras, irrealizables, como el sueño de Amina Tyler de ser libre en un Planeta gobernado por la sinrazón de la moral religiosa, sustituyendo a la cordura y al más mínimo asomo de sentido común.
Se refugió en aquel detalle negro, doblemente negro, erótico, y hasta libidinoso en su negrura salvaje. Los ojos y la barba del muchacho la seguían observando aún después, de estar en casa, ya sola y en paz. O eso creía ella…