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martes, 15 de abril de 2014

¿Y tú dónde estabas?


 ¿Dónde? Cuando Carlos Manghabeira escribía poemas, cuando lo tirotearon.
Cuando la Dictadura recorría el Planeta de Norte a Sur, de Este a Oeste, porque yo estaba allí.
Durante cien eclipses, aluviones, riadas, nevadas y tormentas. Con Luna llena o con Sol en Capricornio.
Con amor o desalmada. Con psicosis o perseguida, yo estaba allí.
Mientras el fútbol apagaba los gritos de la tortura y tiraban a gente sedada de los aviones del ejército. Mientras Leónidas Brezniev se apagaba, y nuestra esperanza con él, yo estaba allí.
Cuando derribaron el Muro, que en Berlín nos separaba de la ignominia que tenemos ahora. Cuando la heroína fue distribuida para acabar con lo más brillante y libertario de la vanguardia en 1980. Cuando llegó el terror del SIDA, yo estaba allí.
Cuando me dejaste esperando en una plaza inmunda de un pueblo mugriento, y nunca regresaste, yo me quedé allí.
Cuando me llamaste provocadora, hostil, áspera y me echaste de tu lado. Yo seguí estando, allí y aquí.
Aquí en mi vida, estaré siempre esperando, con mi corazón de pétalos blancos. Mi alma de perigeo alumbrará más allá de tu perfume caro. No necesitaré cirugías pues nací anciana, con el dolor y lo decrépito marcados a fuego en el corazón.
Por mis venas jamás ha corrido una gota de sangre, pues me la vaciaron toda, a fuerza de señalarme, darme puñetazos y arrancarme el pelo de raíz.
Y heme aquí como india salvaje, negra Malé y amazigh tumultuosa de estirpe romana. Lo más salvaje del Planeta embellece mi piel, mi corazón, mis ojos y mi alma.
Rodeé tu sintaxis para sortearte, a ti y a todas las que van por el camino cierto, pues el mío fue torcido ya antes de nacer.
Y así seguiré por el resto de la Eternidad, al frente de toda disputa, de todo lo innombrable que la gente vagabunda de sí, rehuye.
Al pie de la batalla y sin más bandera que mi cuerpo desnudo, sin miedo a nada. Al frente de la vida, al filo de lo doloroso por demasiado placentero.
 Y hoy que la Luna se oscurece del todo, para dejar que la verdad brille como el “Cuchillo de plata” de Cecilia Meirelles, te pregunto:

¿Y tú dónde estabas?

sábado, 12 de abril de 2014

La mirada desconcertante.



Los ojos de aquel hombre la miraban de una forma extraña. Queriendo saber, escudriñar y entenderla. No era una mirada  que le diese miedo, pero si la desconcertaba, pues no se correspondía con su actitud.
De hombros anchos, brazos muy fuertes. Preciosas piernas y poderosos pies, que se adivinaban debajo de aquel cabello largo y aquella barba. Para ella un hombre bellísimo. Desnudo, aún cubierto de ropa.
Lo que ella sería para él, era para ella un enigma. No se podía adivinar nada de su gesto cerrado y sus ojos entreabiertos por el alcohol. Su andar poderoso le producía seguridad y excitación. Deseaba que la estrechase en sus brazos al ver su potente zancada, y la excitaba el poder con el que mostraba su paso.
Era un hombre abrumador en el que no dejaba de pensar. Las circunstancias ayudaban bien poco y su compañía era dividida con otro amigo: siempre los tres en conversación.
 Él buscaba momentos a solas con ella, muy veladamente. Tímido y medroso al extremo. Ella le producía miedo, verdadero pavor de mostrarse como realmente era, sin excusas, sin más tardanzas.
Él le confesó que deseaba seguir sus pasos, de una manera muy sutil. Ella acogió el comentario con extrañeza, y el desconcierto aumentaba. Con cada pinta de cerveza que él tomaba, ella se tornaba confusa y embriagada por su presencia, mientras él sólo la miraba. La escrutaba queriendo saber, conversar, aturdido por el alcohol.

Recordó su rostro curtido, precioso, de boxeador. Sus tatuajes coloridos que embellecían sus poderosos brazos, aquellos que ella deseaba tanto sentir abrazándola… Pero él ya estaba casado con la cerveza.

viernes, 11 de abril de 2014

Corazón blanco.


Su corazón, delicado, de blancos pétalos y refinado aroma nocturno, se armó con pistolas de plata.
Herido después de haber sido amado, su corazón no comprendía el motivo de tanto lastimarla, después de darle tanto, tanto amor.
Una vez tras otra florecía, a pesar de los empellones recibidos. Del orgullo y del miedo. Del desamor y los desalmados.
Y se enfrentó a la cara femenina que, pretendiendo humillarla, quedó al descubierto por su amargura y resentimiento contra su propia feminidad, tiñéndose de misoginia. La cara de endemoniada y retorcida la contempló atónita, ante los balazos de sus ojos, que la ignoraban. Tan sólo acertó a preguntarle que si se encontraba bien, respondiendo el blanco corazón con un escueto: Yo sí.
La tarde transcurrió entre la bruma del polvo africano y las azucenas del balcón, amadas. Tan amadas que trajeron al hombre que tenía miedo de sentir lo que fuese con ella. Yacieron juntos en perfumado beso y, más tarde, él le escribió desde su timidez para disculparse por haber huido dejándola así.

Ella, sagaz y con carcasa de plata envolviendo su corazón, le dijo que no tuviese miedo de mostrarse vulnerable y con miedo ante ella. Él lo agradeció, dispuesto a entregar su corazón, oloroso como sus azucenas, para ser cosido a balazos.

martes, 8 de abril de 2014

Ella, la hiel del desamor y los pájaros del amanecer.


La mañana del día después al desamor fue llegando. En forma de tosco despertar, mal abrazo y canturreo de mirlos. Todo esto la sumió en el bucolismo que la acompañaba desde días antes, cuando pensó en él. Cuando recordó que hacía días que la rehuía, y no le hablaba.
Decidió hacerlo ella, tan dada a no tener orgullo en el amor, como hacen las buenas amantes.
Hubiera sido mejor haber sabido amar menos, y defenderse mejor. Elevar la alerta que avisa de los carroñeros que pululan alrededor del placer femenino para negarlo. Pura misoginia, pensó ella.
Después de una durísima discusión decidió acabar aquella historia, larga demás para su gusto, que llevaba sumiéndola en la incertidumbre desde al menos hacía tres años.
La cobardía de él no la cogió por sorpresa. Había dejado de escucharlo por un par de meses cuando la mostró por primera vez. Cuando supo que el armaba una treta para esconderla sintió lástima. Ella jamás tuvo miedo al amor ni a sus consecuencias, por muy nefastas que fuesen. Y así se encontraba de nuevo con el rechazo rudo al abrazo del amanecer, que debería haber sido de amor.
Nunca, en todo aquel tiempo, había encontrado más consuelo que la brisa en las palmeras imperiales de Recife, al lado del Palacio del Gobernador, y viendo la risa de los niños del Nordeste de Brasil, su patria lejana.
Una patria con olor a carne seca al sol y meado en la calle de arena. Una patria de océano helado para resistir el calor tropical. La patria de la música y el baile, dónde cualquier cosa es motivo de fiesta, y la añoró más que nunca, al punto de comenzar a llorar. Desconsolada por el amor cobarde, sólo derramó lágrimas por la valiente patria perdida.


Y tú.


Y tú me llamas indecisa, después de decirme que tienes miedo de que me enamore de ti.
Y deseo preguntarte.
Si acaso no te enamoraste de mí en secreto, y tuviste miedo hasta de tu pensamiento.
Me tutelas, presuponiendo que no debo sufrir por tu amor, y por ello me desprecias.
Y deseo decirte.
Que soy mayor de edad emocionalmente. Que si me enamoro de alguien no es necesario que me correspondan, pues hasta ahora sólo encontré mentira y acomodo. Que si sufro por amor es asunto mío, y que si no me amas o no te atreves a hacerlo, yo resolveré mis problemas como he hecho siempre.
¿Indecisa? ¿Quién decidió que yo fuera arrojada a una selva de hombres que se creen en el derecho de decidir por mí, lo que me hará bien y lo que no?
Y a ti que me has llamado indecisa te digo:
Que no necesito las migajas de tu compañía, que son saciadas con creces por el amor que le tengo a la amistad y la buena compañía, de las que ando sobrada.
Te digo que si te abruma mi talento y mi carácter, no eres el hombre que busco ni siquiera para un minuto de sexo lujurioso y que seguiré adelante sola, como siempre.
Definitivamente me alegra restar en soledad por siempre, si la alternativa es estar acompañada por alguien como tú.
Y yo te llamo Fraude.
Fraude por presuponer que debes tratarme con dulzura para llegar hasta mi ropa interior, si luego destruyes mi corazón lanzándome a la cara palabras peores que puñetazos.

 Te llamo Fraude por creer que eres un hombre cuando tienes el vestido de Supermán ajado, de tanto presuponer. Fraude, de niño caprichoso con la melena al viento, que se cree hombre para decidir cuándo debo sufrir o ser amada. Definitivamente, estoy mejor sin tutoriales de cómo ser mujer, porque lo soy desde hace miles de años.

lunes, 31 de marzo de 2014

Ahora.


Mi ventana tiene rejas, de un poco a esta parte. Siempre seguí el consejo de “El Loco” como me enseñó Khalil Ghibran, el poeta, y dejé que me lo robaran todo, para que mis máscaras de oro no me impidiesen ver el sol.
Ahora ya no quiero que me roben nada. Mantengo con celo mi corazón, tras una reja, a la que acceden muy pocas personas.
Mi corazón, que un día florecía como aquel tulipán, languidece ahora en una vida que no sé si merece la pena ser vivida.
Atravesé el Océano, el desierto, ríos y me revolqué en las arenas esperando comprender. Y no encontré nada. Nada, más que el sinsabor de una vida mezquina, que te escupe día a día que eres débil y repugnantemente vulnerable. No necesito esconderlo, jamás lo necesité. Siempre fui a la guerra sin armadura. Por eso ahora mis cicatrices hablan.
Hablan más de mí que yo misma, y sólo basta leerlas para comprender.
Parecieran latigazos propinados por un amo maligno que me ha poseído hasta la extenuación, y me ha hecho trabajar muy duro, por un vestido y una comida. Lo llaman manumisión, pero no debo saberlo porque soy una esclava.
No participo de las ganancias, y mi vida es reproducir el bien que va a otra mano. Mi mano está cansada de empuñar el libro, el lápiz y el papel. Mi esclavitud ahora tiene rejas, como si fueran necesarias.
Miles de talentos se convirtieron en mis grilletes, mis cadenas eran de pasos de baile y de notas musicales. Mis latigazos fueron cada palabra que me preguntó cuánto me pagaban por brillar como una estrella, sin miedo. Y ahora tendré mi Alforría.
Mi carta de Libertad de esclava vieja. Compraré mi vestido y pagaré mí comida, trabajando y sudando, una vez más, esta dicen que siendo libre.

Y yo me pregunto, si de verdad esta vida merece ser vivida.

viernes, 28 de marzo de 2014

Súper-heroína árabe.

http://www.alkalima.es/index.php?option=com_k2&view=item&id=55%3Asuperheroina-arabe&Itemid=912

Ella, el tulipán y el viento de Abril.


Nació una mañana, sin esperarlo. La cogió por sorpresa. Una corona de pétalos rosas, que mutaban desde la primera hora del día al comienzo de la noche.
Cerrada, como su cerebro y su corazón, amanecía la frágil flor de duro tallo. A la mínima luz solar se abría en una promesa de colores listados y que hacían un bonito tornasol, si los mirabas con los ojos entrecerrados, casi como la vida misma.
Despertó una mañana que anunciaba Abril en Marzo. Lo supo por el viento fuerte y los nubarrones que hacían del mar un espejo de color púrpura al amanecer. A lo lejos observó como la lluvia descargaba dentro del océano. El fuerte viento hacía mecerse a copas de árboles gigantes de más de cincuenta años de edad. La fuerte brisa en las copas de las palmeras washingtónias  era un frufrú de vestido nuevo, y se sentían aliviadas de despojarse de todo vestigio de hojarasca reseca del invierno. Se aprestaba toda la naturaleza a florecer, como un mes antes había hecho el tulipán solitario en su terraza. Abril comenzaba en Marzo, y sólo para ella. Ella sola, como el tulipán de duro tallo y vestido irisado…


lunes, 24 de marzo de 2014

Ella, el amor, la luna y la muerte.


Después del amor y la luna, vino a visitarla la muerte.
Una muerte vieja, conocida, que todo lo despelleja. Ella asintió. La esperaba hacía milenios. El amor de antes de la luna ya le anunciaba el amor, y este la muerte venidera.
 Hartazgo de muerte- pensaba ella, que moría interminablemente a cada luna, con cada nuevo amor…
 La primera vez, muy joven, embrutecida, por creer que cualquiera podía tomarla sin más. La luz se hizo, y vio a su amor del brazo de otra, y allí vinieron su primera Luna y la muerte, un abismo.
Muerte buscada para descanso de su dolido corazón, que no llegaba nunca pues se trataba de eso: de morir lentamente, con cada Luna, con cada atisbo de ternura y amor.

Se consolaba huyendo a cientos de miles de kilómetros, pero allí donde fuere la alcanzaba el fatídico destino de Luna, Amor y Muerte. Por más desiertos que alcanzó, mares encontrados al azar en los que purificar su cuerpo maltratado, siempre le llegaba la extraña maldición. El Amor, la Luna y la Muerte.

domingo, 9 de marzo de 2014

ELLA, LA RARA NIÑA POLÍTICA....


Desde que la fiebre se había apoderado de su garganta , la que le impedía llorar y casi hablar, recordó cuantas veces sintió la misma fiebre, de niña, sin saber lo que era. Ahora podía ponerle nombre a aquella enfermedad. Se llamaba familia, dolor y corazón desgarrado.

Su hado, el de la música portuguesa de sus abuelas, la acarició en la gélida mañana de Marzo.


Recordó Marruecos y su maldad, dónde jamás imaginó que pudiera pasar algo tan cruel. Recordó, uno a uno, los días de su infancia, en su propia casa. Desde que pisó el país por segunda vez, allá por el año 2000 empezó a llorar, interminablemente, durante treinta y cinco días, sin parar.
Alcoholizada, huía con sus botellas a la casa de la Mezquita grande de Talborjt. Allí esperaba a que dieran las tres bebiendo, hasta cuando el muecín llamaba a la oración de madrugada. Era el único momento de su larga vida en que se sentía acompañada de alguien, sólo por las palabras. Palabras de un Dios que ellos habían hecho caníbal. Que devoraba todo, hombres, niñas, niños, mujeres.

Huyó de la casa del borracho de Agadir, que era primo de un gendarme real, de esos que dan pánico a los pobres, por su poder sobre la vida y la muerte. Y encontró aquella casa en el medio de la ciudad, desde dónde se escuchaba al muecín, sentada en su terraza con jardín, de borracha europea. Sólo ella escapaba a la tortura en aquel país maldito. Desde niña, se había entrenado para escurrirse de ella con su familia.
Eran ellos los torturadores. 
Unos la violaban, otros la esperaban sádicamente con jeringas de cristal a la puerta, cuando regresaba de su colegio infantil. Ella la brillante niña-bailarina, la estudiosa, tenida como ejemplo…
Todos la despreciaban y le decían palabras hirientes, que ella aprendió a saborear en su inocencia infantil. Tenían sabor de sangre seca, como cuando te dan un puñetazo en la boca. Se convirtieron en su desayuno, su almuerzo, y su cena. Así dejó de comer.

 Sólo le ponían una pega, era demasiado vieja para ser niña. Pensaba demasiado. Eso era muy peligroso en aquella casa y en aquellos tiempos. ¡Quiá, una niña política! ¡Dónde iremos a parar! Decían, o pensaban todos, mientras la marginaban, como a una loca. ¿Dónde se vio una niña con gorra de Ulianov Ilich, Lenin? ¡Qué antipática!

Todos los insultos en su niñez, la curtieron. La hicieron hermana del hombre-huevo de Alicia a través del espejo. Se adueñó de la palabra para defenderse.

Escribió al embajador soviético de 1978 con sólo ocho años. Él le respondió. Le mandó un sobre muy grande lleno de prospectos turísticos, rutas aéreas, fotos de ciudades maravillosas que se llamaban Leningrado. Dentro del sobre había una carta invitándola a visitar su país, que ella hubiera abrazado con los ojos cerrados. El embajador no sabía en qué tipo de mazmorra andaba encerrada, ella, sólo una niña. Mentalmente contempló los edificios de la “Perspectiva Nevsky”, que atesoró en el fondo de su corazón.

 Recordó su conversación con la hermosa muchacha del vestido de flores azules: “…No me siento de ningún lugar…”
A partir de ahí, esa fue su familia y ese su país.


sábado, 8 de marzo de 2014

8 DE MARZO DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER.


Leni Riefensthal fue detenida durante la ocupación americana de Alemania en 1946. Su marido enrolado en el ejército alemán estaba desaparecido. Su trabajo como cineasta fue secuestrado y jamás le fue devuelto.
Leni años antes había llegado a la conclusión de que deseaba hacer cine documental pues el futuro de la Educación pasaba por este. El cine argumental no le ofrecía ningún interés.
De niña fue hija única y de clase privilegiada. Se crio jugando al tenis y practicando la danza, la que fue su primera ocupación. Después fue actriz de cine y nunca fue sustituida por ninguna especialista. Habituada al deporte de invierno, la natación y demás disciplinas, rodó en un glaciar de Groenlandia y también en los Alpes Dolomíticos.
Más tarde se decidió a hacer cine por su cuenta. Se acercó al régimen nazi, que le encargó la película sobre el Congreso del Partido Nazi en Münich, y más tarde otra sobre la Olimpiada de Berlín en 1936, lo que le dio un impulso económico a su carrera que no habría obtenido de ninguna otra manera.
Su trabajo como directora de cine fue incansable y mandó construir unos fosos para filmar a los atletas desde el suelo lo que les daba la estética que ella deseaba. Inventó un raíl de tren que llevaba la cámara para rodar escenas en movimiento.
A los 95 años mintió sobre su edad para poder obtener el título de submarinista, y se dedicó a rodar en el fondo marino del Mar Rojo hasta su muerte a los 105 años de edad.
La ideología ultraderechista es reconocida en la Ciencia Política como segregadora de las mujeres y la aniquilación de su papel social relegándola al de ama de casa y madre, pero Leni Riefensthal nunca tuvo hijos.
A los 98 años nadaba junto a su novio de 40 para hacer una película sobre los arrecifes de coral.
Podemos pensar que el ministro Gallardón desea pasar a la posteridad como el reformador del Derecho español, que se nutre del Código Civil que data de Isabel II. La Ley del aborto, primero y la Ley llamada Mordaza, después, corroboran un giro hacia la ultraderecha, y lo banal de la maldad que encumbró a Hitler a las cimas de las estrellas de cine, pero en versión macabra, un monigote del mal.
Estas dos Leyes se promulgan en un momento en que la ciudadanía ha sido previamente amedrentada con una falsa crisis económica igual a la de 1929. Los nazis subieron al poder en 1933.
El bucle del mal y su banalidad, conformada de individuos sin alma, completamente estúpidos y embrutecidos, siguiendo el pensamiento de Hannah Arendt sobre Adolf Eichman en el proceso judicial de Jerusalén, se cierne sobre la ciudadanía española sin que podamos más que poner de nuevo nuestra sangre, arterias y órganos al servicio del Mal.
Seremos una nueva “generación del Toro”, en palabras de María Zambrano al referirse a la generación que murió y sufrió en la Guerra Civil española, esta vez en una guerra soterrada y sin trinchera.
Mujeres de uno y otro signo que jamás se sometieron a nada nos hablan hoy aquí: una capaz de utilizar el dinero nazi para realizar su obra artística, condenada y denostada por ello hasta su muerte, y la otra retornada de un exilio que duró más de cuarenta años, que no se doblegó ni siquiera ante los premios que le otorgó la corona española llegada la Transición y su regreso.
Mujeres por la Igualdad, desafiantes ante cualquier asomo de incapacitarlas para hacer lo que deseaban en todo momento.




jueves, 6 de marzo de 2014

Él y ella.



Ella pensaba en él a veces, preocupada por su suerte. Él pensaba en ella, ya que sólo ella hablaba su lengua en aquella tierra extraña, y sólo ella era capaz de sentarse en cuclillas, a la moda de África.
Ella recordó la sonrisa de él cuando la vio así sentada, en aquella posición extraña, que sólo la gente de África encuentra placentera y cómoda. Vio los ojos de él brillando de alegría, al oírla decir palabras en su idioma, que sólo su abuela o su madre le habían dicho hacía años.
“Quién sabe, tal vez, un día…” Como decía la canción, con aquella letra que sólo ellos dos entenderían en aquella latitud.
Ella contempló la luna creciente, mientras extendía una sábana pintada a mano, de su país. Soñó con el abrazo de él, con sus besos y  recordó el calor de su piel morena. La Luna le habló del cuerpo de él, y le echó de menos, casi tanto como él a su familia el día en que lloró ante ella.
Ella se columpió en el antiguo abrazo de él, agarrando su cabello, recordando cuanto se amaban, y se desasosegó, por lo imposible de aquel amor.

Una vez más ella sola se acarició la cabeza, asomada en la terraza urbana, en pleno desierto de asfalto, otra vez acariciada y besada por la loba fiel. Ella miró una flor, contempló otra a punto de abrirse con la siguiente Luna, y sintió la falta de él para disfrutar de tanta felicidad.




sábado, 22 de febrero de 2014

La máquina monstruosa.



Contempló como el depósito, lleno de ropa y agua jabonosa, giraba haciendo un chirrido. La loba Habiba acudió pronta ante el rechinar del mecanismo, con sus orejas levantadas, intentado descifrar que decía la máquina que giraba con sus chilabas y medias dentro.
Lo dejó lavando, al monstruo jabonoso, en cuanto ella salía a airear su pellejo, después de tamaña carga transportada durante todo el día. Más parecía una camella vieja, aunque después de una ropa negra y un buen maquillaje quedó como nueva.
Paseó con altos tacones hasta la caverna de los Libros, mágica y siempre llena de sorpresas, que estrenaba mobiliario en tonos azules, que pronto, rebosarían de animada letra.
Más tarde se dirigió a la nueva fotografía y la música, siempre bienvenida, de su hermana Alessandra y la gente que siempre la rodeaba.
Allí tropezó con el bandido Fendetestas, que se había tirado a los caminos y sus asaltos “ante la falta de tabaco”…
Apareció luego, el bello doncel de nombre romano, que la interrogó acerca del amor, y animadamente charlaron sobre las últimas experiencias vividas por ambos.
Cansada del parloteo y acunada por la música que el brujo Daniel le dedicó a su “Magnífica Presencia”, se retiró aún con el eco de la canción “Corazón”, que acompañó sus pasos hacia el campamento.
En cuanto llegó vio el tambor jabonoso y chirriante aún en funcionamiento y supo que algo iba mal.
Se alejó del campamento, para digerir una imperfección más de la vida, en compañía de la loba- ¡pobre animal! pensaba ella imaginándola escuchar el chirriar jabonoso durante horas- y pasearon a la luz de la luna menguante.
A la mañana siguiente le toco abrir la sentina de tamaño dinosaurio, que vomitó agua azul marina. Deshizo el entuerto, a la espera de una solución que, pronto o tarde, llegaría. Con certeza.

martes, 18 de febrero de 2014

De cómo el ser palmípedo devino en Demonio.



La voz le delataba, de nuevo, haciendo un triste remedo de ánade ronco, encendiéndole la alarma al rojo vivo.
Lo libidinoso de su comportamiento la hizo rechazarlo días atrás, cuando tropezó con el amor-más-de-lo-mismo, y se apartó sin decir palabra.
El triste pato, demasiado viejo para abandonar su andar zambo, jamás se convertiría en cisne de azabache plumaje y ostentoso pico rojo coral. La maldad con la que había pululado le había convertido en un demonio de pueblo, de los que salen en la función de Navidad, allá en aquel Mal-país, en lo más hondo del oscurantismo.
Aquella conversación última, mezquina y soez, le revelaron la envidia y el ansia por destruirla, pero ya sabía cómo verle la cara al diablo. Interrumpió la conversación de un golpe seco, y recordó como virar el timón hacia el Norte. Giró en cuarenta y cinco grados su camino y en compañía de su fiel loba, emprendieron el camino a casa. Hambrientas y sedientas, pero con el alma intacta.


lunes, 17 de febrero de 2014

ELLA. DESEANDO ENCONTRAR ESPERANZA.


Se enfureció ante las lágrimas falsas de él, derramadas, sólo para conseguir más alcohol.
No creyó más en nada, y todas las ideas se borraron de golpe de su mente. Tembló de ira, ante la falacia de él, para conseguir bebidas extra.
Un burdo chantaje que ella misma había practicado diez años atrás…
Sintió la losa,  la de la gente que no tiene voluntad, caerle en el centro del alma, y sólo deseó la compañía de su loba fiel, siempre a su lado, al acecho. Guardándola, sintiendo cada latido de su corazón. Se durmió sola, una vez acabada la falacia del amor-comprador-de-cerveza, y sintió la ausencia de la loba en su lecho.
Deseó que la Esperanza se hiciese día, y con un último recuerdo a su loba Habiba, durmió…
A la mañana siguiente, atravesó el desierto urbano, apesadumbrada, con hiyab, y pañuelo grueso de lana, para soportar el gélido clima de la tormenta “Ulla”.
Sorteó los miles de impedimentos del satélite telefónico, hasta que halló al hermano saharaui, que la transportó en mecánico camello.
Lo cargaron de almohadas, plantas y platos, para transportarlos hasta su nuevo campamento, esta vez situado en un lugar más azocado.
La tarde transcurrió triste, y una leve esperanza la llevaba constantemente a llamarlo a Él, sin obtener más respuesta que la de una voz mecánica, que le repetía sin cesar que él estaba muy enojado con ella.
Finalmente, ya antes de dormir le escribió un mensaje, en el que le decía cuán helado resta el corazón sin el abrazo amado. Y se abrazó a su loba, que esta vez sí estaba a su lado en la cama.


LA REBELIÓN DE VALENTÍN.



Aquella tarde comenzó ya de una manera extraña. Subió pronto al tren, con el sol fuerte, para ayudar a las mujeres de su tribu en los preparativos de una reunión.
Comenzó la asamblea, con un clima tenso que no sólo no mejoró, sino que llegó a producirle una migraña, de las de manual neurológico.
La discusión con la gente que acudió al congreso fue ardua, y reveló la ignorancia, y hasta la tozudez de algún personaje en imponer sus propias interpretaciones sobre las del grupo.
Todo se disolvió con exquisito mus de chocolate y tarta de queso, irritándola aún más por lo burgués del “disolvente”…
Salió de allí disparada, rumbo a la música, para recuperar la paz perdida.
Pero -¡Oh!- su desdicha aumentó, cuando tropezó con aquel precioso hombre, con el que había acabado tan mal dos años atrás
Él la saludó, y ella fingió no verlo, girando su rostro, al compás de la música, y con una expresión de falsa paz.
Salió a la calle a fumar un cigarrillo, y él volvió a saludarla de nuevo, mientras ella se alejaba un poco, evitando mirarle. Él la siguió,  le preguntó que por que no le hablaba, y ella le espetó muy enfadada que no le conocía, y que si así hubiera sido, estaba arrepentida de haberlo hecho. Le miró a la cara, abofeteándolo con sus palabras, diciéndole: ¿Es obligatorio hablarte?
Continuaron mirándose, ambos en secreto, a hurtadillas, hasta que sus ojos tropezaron varias veces, saltando chispas de un volcán a punto de explotar.
Volvieron a hablar, y él hombre la invitó a pasear, temiendo quedar en ridículo delante de todo el mundo, habiendo ya probado la ira de su voz. Tramando besarla…
Sólo más tarde ella supo su propósito.
Hasta que al final lo consiguió. Casi logró que ella llorase, al recordar el desamor del pasado, y una vez sentados en un banco la besó con fruición.
Quedaron de acuerdo en marcharse juntos a la casa de él. Y se fueron de la mano, caminando felices hacia su Destino, que ella sabía que no era otro que restar sola, como siempre había sido, y sería por un muy, muy largo tiempo.


domingo, 9 de febrero de 2014

SOLA EN LA MULTITUD.




Deseó ser especialista en “estratagemas”, como su amada “Amelie Poulain”, pero se sintió torpe, y desmañada. La prohibición islámica de “urdir” iba en serio, y así lo comprendió desde muy pequeña.
No sabía de componendas, y la dignidad impuesta por su padre la hacía bajar los párpados ante la menor insinuación masculina.
Jamás hubo en su casa habladurías o se juzgó a nadie por las apariencias, y eso la hizo diferente.
Enfrentábase por aquellos días al amor tosco, hecho con argucias, desprovisto del placer femenino, y eso hizo que su alarma sonara como en un bombardeo aéreo.
Agradeció la independencia y honra que su madre les había enseñado, a la hora de tratar estos asuntos íntimos, debido a la gran sincronía que había en la relación de pareja entre sus padres.
Lloró ante la imagen de un amor soñador y colorido, ante lo burdo del engaño pretendido, que había llegado demasiado tarde, cuando ella ya había girado el timón de su nave hacia el norte.


lunes, 3 de febrero de 2014

La Peste.


Cayó sobre ella de pronto. Avanzando paso a paso, con su humor infectado y oscuro.
Un día en forma de amante, otra vez embozado en amor fraudulento, al final convertido en sexo lúdico del norte de Europa.
Lloró amargamente, hasta la Fiesta de Yemanyá. Su destino de quedar ciega de amor se había cumplido, como en la letra yorubá de Odudduwa.
Entonces tuvo la certeza de que había muerto para el amor, y se refugió en su Templo sagrado. Rodeada de sus más íntimas y familiares almas, compañeras de sino.
Tomó el mando del timón, y se esforzó para que la nave de su vida no embarrancara para siempre. Agarró con sus delgados pero firmes brazos la rueda que dirigía el codaste, vestigio de sus nobles ancestros navarros, que lo impusieron a la flota de su Reino.
Giró la nave hacia babor y puso rumbo al Norte, donde reside la Creatividad, desde tiempos inmemoriales.
Deseó sentir el gélido aire en su rostro, para despertar de aquella enfermedad ponzoñosa, que le había sido inoculada por los hombres venenosos.
Hombres a los que amaba sin dejar de aborrecerlos y, abominó de sí misma. De su buena fe, una y mil veces pisoteada.
Ella, poniendo su cabeza, una y otra vez, en aquel cadalso maldito, que desterró para siempre de su senda.

Abrazó su vida, y salvó lo que pudo, que no era cosa baladí, avanzando hacia la inmensidad del océano, rumbo al norte.

domingo, 19 de enero de 2014

Amargo, dulce...


Nunca llegó a comprender el sentido de aquel juego. Una partida diabólica en la que siempre perdía ella…
Tratábase de seducirla, dejarla rendida de amor. Más tarde se tiran los dados, y sale: amargo de hiel. Entonces toca rechazarla, hablarle de forma desagradable, hacerla sentir que no merecía aquel amor, que era demasiado procaz, por haberse entregado de aquella manera, sin barreras.
Después viene el silencio. Un silencio de muerte. Helado y desapacible, con un viento muy fuerte que barre las paredes del corazón. Ya llegarán las disculpas, pero esa es la siguiente tirada de dados.
Se atesoran los dados en la mano, se baten y se tiran en una superficie lisa, sin arrugas, a ser posible en la misma Puerta del Infierno.
Se piden disculpas alegando lo preocupado que estaba él por sus cosas… El trabajo no va bien, soy muy poco comunicativo, no quiero comprometerme a nada serio.
Subyacían en aquellas palabras las frases reales: ¡sucia árabe! ¿Cómo te imaginas que voy a mostrarme contigo delante de nadie? ¡Te lo creíste todo!
¿De verdad pensaste que tú y yo podríamos llegar a algo más que a revolcarnos en una cama, mujer rara y antipática?
¿Pensaste sinceramente que iba a dejar que la gente me viera junto a una mujer como tú?
Después de que ella haya puesto en marcha su neurósis, por el maltrato dado y las disculpas posteriores, se vuelve a estar con ella.
Se la enamora aún más, perdidamente. Después uno finge olvidar el reloj en el baño de su casa. Así tendrá algo en lo que entretenerse y pensará en mí- se decía él muy seguro de sí, embozado en su silencio malsano.

Cuando ella descubrió su juego puso sus cartas sobre la mesa- su neurótica respuesta a tanto maltrato- él fingió no encontrarse bien, y guardó silencio, mientras pensaba en la siguiente tirada de dados. Y así pasaban sus día, él y ella. Uno jugando a los dados, la otra jugando a las cartas…

viernes, 10 de enero de 2014

claudio rabeca no joinha

Cláudio Rabeca no Joinha LAB from Joinha Records on Vimeo.

Ella, la tormenta y el amor.


Saboreó aquellos días que prosiguieron al amor, entre lluvia, relámpagos y granizos. Alguna cosa en la naturaleza se enfadaba mucho siempre que el amor no sale del todo bien.
Prosiguió sus días, sola, atesorando las miradas de él, sus besos. Le inquietaban la ausencia de sonrisa y la cortedad de palabras que lucía en su plumaje de enamorado. Subió, bajó, anduvo en guagua, cocinó, comió, hasta que él respondió a su mensaje, diciéndole que el reloj era suyo y que pasaría a buscarlo.
Ella comprendió que él amaba estar en su compañía, pero por alguna extraña razón no quería mantener un contacto más estrecho.
Ella llegó a pensar que la despreciaba en lo más hondo pero la segunda vez que se encontraron, sus besos lo desmintieron.
Él fue capaz de una dulzura que la dejó helada. Se aterrorizó al ver tan de cerca el amor, sin saber si él lo admitiría. Una vez más se tragaría la imposibilidad de amarla por prejuicios raciales, sexuales o sociales. Siempre existiría alguno, que no la dejaría descansar y ser feliz.
Recordó la soledad en el desierto y el placer que sintió al estar completamente sola en la nada más absoluta, poblada de huellas de pequeños animales, plantas y rocas, que desaparecían por el efecto abrasador del sol en aquel paisaje.
El sonido de la rabeca se quedó prendido en su mente, atrapada en el Nordeste brasileño, para siempre. ¿Y que podría ella explicarle a él, que nunca había escuchado una música semejante?





miércoles, 1 de enero de 2014

Ella, “Mal Nombre” y el aeropuerto de los Winter.




Deseó durante todo aquel largo día que la ignorancia no la alcanzase. Que la dejase de lado para siempre, como cuando te lanzan una piedra, y te inclinas para esquivarla.
De camino a la península de Jandía, había abominado ya de la mala compaña. Enervada, por aquellas toneladas de ignorancia y maltrato que poblaban la isla, supo que su destino era restar sola, con la única compañía de su loba Habiba, ahora distante, y había sido maltratada por un bando de asaltantes que había invadido su campamento mientras ella viajaba por Jandía.
Las mujeres de su tribu los habían expulsado, y ahora eran ellas quienes guardaban a la loba.
Se acarició con el paisaje desértico, abrazó las nubes para recordar besos pasados. 
Intentó abstraerse durante todo el día de aquel ser, que le hablaba con aquella triste voz de pato, con la que la Orixá Oxúm castiga a los ingratos, malvados, y de oscura energía. Procuró castigarla lo más que pudo, al saberla inalcanzable a su libidinoso paladar, y convirtió su día en un pequeño ensayo de lo que debía ser el Averno, o así pensó ella después de finalizar la jornada.

Anduvo por un sendero tortuoso, serpenteante, en compañía de aquellas palmípedas piernas, que la llevó al viejo aeropuerto que la familia Winter  había construido y  abandonado. Echó una mirada a la pista de tierra y fingió que la historia de aquella renombrada familia alemana, que se instaló en Cofete allá por los años cuarenta, no le interesaba, para no incitar al oscuro personaje con voz de ronco ánade. 
Pensó en el aciago sino que habría llevado a aquella familia a morar en el destierro de aquellas tierras inhóspitas…
Quizás, el mismo destino que la había atraído a ella a pasear su sombra desencantada por los arenales, por lo que se desnudó totalmente para zambullirse en el mar.

Con su sola piel por vestido, alzó un pañuelo de fino tejido, de color verde, haciéndolo volar a sus espaldas cual estandarte de su tristeza, dirigiéndose a la orilla.
Saludó a las Sirenas y Ondinas y se lanzó al mar helado del invierno sahariano. Nadó hasta alcanzar la zona profunda, alejándose de arrecifes y bancos de arena.
Allí entregó el pañuelo a las olas, para su Orixá Jemonjá, tras lo cual giró sobre si misma, bajo del mar, y empezó a nadar de espaldas, de una patada certera, contemplando como la ofrenda era aceptada, y tragada por las profundidades del océano Atlántico, esta vez al Norte de la Bahía de San Salvador, trayéndole recuerdos de otro fin de año antiguo…

De regreso al sótano dónde transcurrían sus días por aquel corto espacio de tiempo, vio un cartel que anunciaba el pueblo que se encontraba delante. Se llamaba “Mal Nombre”.