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martes, 8 de abril de 2014

Y tú.


Y tú me llamas indecisa, después de decirme que tienes miedo de que me enamore de ti.
Y deseo preguntarte.
Si acaso no te enamoraste de mí en secreto, y tuviste miedo hasta de tu pensamiento.
Me tutelas, presuponiendo que no debo sufrir por tu amor, y por ello me desprecias.
Y deseo decirte.
Que soy mayor de edad emocionalmente. Que si me enamoro de alguien no es necesario que me correspondan, pues hasta ahora sólo encontré mentira y acomodo. Que si sufro por amor es asunto mío, y que si no me amas o no te atreves a hacerlo, yo resolveré mis problemas como he hecho siempre.
¿Indecisa? ¿Quién decidió que yo fuera arrojada a una selva de hombres que se creen en el derecho de decidir por mí, lo que me hará bien y lo que no?
Y a ti que me has llamado indecisa te digo:
Que no necesito las migajas de tu compañía, que son saciadas con creces por el amor que le tengo a la amistad y la buena compañía, de las que ando sobrada.
Te digo que si te abruma mi talento y mi carácter, no eres el hombre que busco ni siquiera para un minuto de sexo lujurioso y que seguiré adelante sola, como siempre.
Definitivamente me alegra restar en soledad por siempre, si la alternativa es estar acompañada por alguien como tú.
Y yo te llamo Fraude.
Fraude por presuponer que debes tratarme con dulzura para llegar hasta mi ropa interior, si luego destruyes mi corazón lanzándome a la cara palabras peores que puñetazos.

 Te llamo Fraude por creer que eres un hombre cuando tienes el vestido de Supermán ajado, de tanto presuponer. Fraude, de niño caprichoso con la melena al viento, que se cree hombre para decidir cuándo debo sufrir o ser amada. Definitivamente, estoy mejor sin tutoriales de cómo ser mujer, porque lo soy desde hace miles de años.

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