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domingo, 8 de enero de 2017

De Farah y el cuero corroído.



Se sintió abrumada por el peso de la vida, sin más. De repente.

Le cayó todo el peso del globo terráqueo encima, y fue mujer en un mundo repugnante.

Asqueada, se abandonó a su dolor de cabeza, las náuseas, esta vez reales, y el desamor.

Ella hablaba de un estudio sobre la violencia en los jóvenes árabes. Él hablaba de armas, sabía sus modelos, peso y calibre.
Parecían dos monólogos que nadie escuchaba.

Empezó a enfadarse, y apesadumbrada lo abandonó en la ducha, con una frase que ella sabía lo dejaría desconcertado.
Harta de un juego de dolor interminable, no sabía más que debía hacer. Ni siquiera quiso hacer nada. Hastío era la palabra.

Fingió no estar enfadada, ni decepcionada, cuando él le preguntó. Su cara jamás ha disimulado nada, y cien mil años de historia le cayeron en el rostro esa noche.
Él deambulaba, torpe, por la vida de ambos, sin saber que hacer o decir.
Ella lo despidió en la puerta con una mirada que contenía toda la tristeza del Océano.
Él se resistía a abandonarla, y ella dibujó una sonrisa que sabía lo alejaría.
Él continuó preguntándole, desconfiado, a través del teléfono que era lo que le pasaba, la noche llegó y ella cortó la conversación.


Al día siguiente decidió viajar a visitar a una amiga. Tomaría un avión que le borrase la tristeza de la faz. Habló con su madre y juntas lo planearon todo, quién cuidaría a la loba en su ausencia y algunos detalles más del dinero y más componendas cotidianas, de las que sólo las mujeres resuelven bien.

Deseaba tanto ver los ojos limpios de su amiga, tan amada. Hablarían deseosas, de saber la una de la otra, animadas por el cotarro político y la basura en la que se les había convertido el Mundo. La llamó para decirle que iría a visitarla, y una nueva esperanza, pequeña como la luz de una vela, comenzó a encenderse en su alma.

Su alma. La de las mil batallas, pedazos hechos jirones colgándole, cicatrices que sólo a él le había enseñado.
Miró a su loba dormir feliz, y verla la consoló.
Escuchó a la loba beber agua, con ese sonido familiar, de vida en comunión, sólo con ella.

Afiló sus colmillos, loba también, para comenzar una nueva andadura. Lavó su pelaje que brillaba más tarde con el sol de la mañana.

La conversación con los Tidjaníes le devolvió la fuerza que creía perdida. Hablaron de la Vida, el Alma y la Ciencia. ¡Oh Ciencia amada que no conoce fronteras! Omnisciencia del desierto, al fin. Se declaró observadora de la Baraka y ¡el tidjani la entendía!


Despertó a la mañana después del peso, la angustia y aquel parloteo sobre armas, que aún le rondaba la cabeza.

 Ella supo que sólo era cháchara, y le resultó tan infantil que abominó de aquel hombre. ¿Qué sabría él lo que era asustarse al ser encañonada en cualquier calle de Salvador, Bahía?
Ver la boca pequeña de un revólver plateado y feo, apuntándote.

Contemplar a los verdaderos bandidos blandir sus ametralladoras de culata corta, vigilando su bosque, al que una vez entrabas, salías bandida o cadáver.

Borró aquella presunción, aquella bravuconada de hombrecito patético, con sólo pensar en la valentía de una mujer iraní que afrontaba su historia. 

Recogió sus cabellos de henna, largos, y comenzó a preparar su hiyab, para emprender su nuevo camino. Mejor así, pensó,  sin que los bandidos observen el brillo del pelaje de una loba que cuida celosamente de su manada.