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martes, 30 de mayo de 2017

“Volando”.




El día amaneció feo, encapotado de nubes y lluvia horizontal, al modo canario, con los vientos “Alisios” parados encima de la Cordillera.
Llegó al aeropuerto y vio en las pantallas su vuelo amenazado, por las nubes, muy bajas, cuasi niebla y la lluvia fina.

Tomó café, fumó, y comenzaron a volar los aviones.

La hicieron descalzarse, despojarse de joyas, cinturón y chilaba de punto, con foulard a modo de “hiyab”.
En la bandeja de plástico fueron cayendo gafas de sol rosas, bolsa de viaje de plástico y bolsa de mano, color granate.
Quedó con vaquero, al cual era adicta, y camiseta verde-azulado.

Los pasajeros y el personal del aeropuerto la miraban.
Tal vez por exótica.
Tal vez por racismo, o por sus altos tacones italianos, o su chilaba de punto rosa…


Aterrizó y visitó el Museo, objeto de su viaje. 
Leyó “Hombre Capciense” y “Hombre de Metcha-El-Arbi” al referirse a homínidos, y pensó como desaparecían las mujeres desde la Pre-historia…
Contempló figuras de terracota, femeninas en su gran mayoría, y admiró el culto a la fecundidad, representado por vaginas en madera, piedra, pared de cueva o figura.


Una vez finalizó su visita, comenzó a hablar, informante clave de su investigación, mujer de mediana edad, canaria, simpática y agradable. Sufrió un ERE durante casi un año.
Hablaron sobre el estado actual del Museo, uno de los más antiguos de Canarias, si no el más antiguo.
La necesidad de un espacio renovado, con obra parada, los recursos y partidas económicas, ¡cielos!
Siempre aquellas dos palabras entre la Cultura y la Democracia, como dos piedras de gran tonelaje.


Almorzó frente a las olas del Norte de la ciudad.
Paseó las calles del pasado, antaño concurridas por la marinería y los múltiples idiomas del Puerto.
Oasis de Mauritania, lleno de telas de preciosos estampados y colores.
Cogió la guagua, de color amarillo canario, y escuchó la conversación majorera, Pájara y La Oliva. Qué pequeño es Canarias.

La ciudad se le antojaba enorme, rica y algo más arbolada que antaño.
Se refrescó sentada en un quiosco de estilo “modernista”, rodeado de palmeras washingtónias, terraza con calor muy fuerte, húmedo y contundente, casi brasileño.

No.

Estaba en África, aquella, la atlántica que repudió a Galdós.
Se percibía la presencia doblemente Colonial, de Europa y de la opresión criolla.
Las gentes agotadas por el “Periodo Especial”, inaugurado por Zapatero, la miraban, extenuadas.
Trabajaban por una misérrima cantidad, tal pareciera la maldición de una novela galdosiana.

Imaginó el arenal del istmo, que existió hasta los años treinta, devorado ahora por infames rascacielos de una ciudad norteafricana, oprimida y opresora.
La visión de un mendigo durmiendo a pleno sol de mediodía en una plaza, tumbado en el suelo negruzco, como su ropa y cabellos. A su derecha unas letras grandes, esculpidas en relieve, rezaban el nombre de la ciudad.

Infame, hubiese escrito ella.

Una voz cantando en la radio, en inglés de superventas, “locura”, entristecía la tarde de pesado calor.
Una mujer de zapatos ridículamente plateados, que centellearon al tórrido sol, se cruzó con un hombre-remedo de vestido antiguo canario.
Las gentes transitaban. Hablaban desde sus teléfonos móviles. Turistas despistados la miraban, sin saber dónde estaban.

Confundidos por su extraña identidad árabe, de marcado carácter, atuendo y andares… Colores.


Fotografía: "Vista aérea de Las Canteras" Archivo Fotográfico-Cabildo de Gran Canaria.

1 comentario:

  1. Es un relato muy visual que te hace transitar por los mismos lugares que su protagonista. Se nota que difrutaste escribiéndolo porque yo lo hice leyéndolo. Un abrazo

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